Sigo
agazapado entre los zarzales de la gasolinera. Veo cómo salen del 53
de Calderón de la Barca, de nuestra casa, de donde tantas y tantas
horas hemos compartido y departido todos nosotros como buenos
compatriotas. Nos tenemos que ayudar unos a otros. Pero éstos, no
han venido a ayudar. Sale el primero. Sigiloso. Silencioso. Se
abrocha la americana. Mira a diestro y siniestro. A derecha e
izquierda. Vía libre. Y sale del portal seguido por los otros tres.
El Mercedes negro sigue en marcha, en un silencioso ralentí, a la
espera de si hay que salir huyendo. Pero son profesionales. Ellos son
elegidos. Silenciosos, palabra que repito una y mil veces porque
forma parte de nuestro ADN. El silencio y la ley; el pasar
inadvertidos; el no integrarnos mucho en la sociedad; en solo saludar
y siempre trabajar; en no mantener más contacto que el esencial con
los vecinos. Así somos y así nos conocen.
Abren
las puertas del coche y suben. Con una calculadísima y milimetrada
maniobra el chófer pisa el acelerador suavemente y sin levantar la
más mínima sospecha, el Mercedes desaparece en busca de la
carretera de Valencia. Pasan unos segundos... unos minutos... qué se
yo. A veces parecía corto y a veces largo ese espacio de tiempo que
aguardo titubeando si es el momento o no de cruzar la calle y subir
al piso. No se nada de ellos y en mi cabeza está todavía la fría y
pálida Mei. No quieron pensar que les haya sucedido lo mismo a Suli,
Li, Haoyi y Chi. He de afrontar la realidad y, al menos, atreverme a
subir hablar con ellos que me cuenten lo que querían o el ultimatum
que les han dado nuestros hombres de negro y yo contarles también lo
que he visto en el restaurante. No sé cómo lo voy a afrontar. Ni
tan siquiera me he preguntado qué va a suceder cuando les cuente que
Mei está muerta; no sé si han reparado en avisar a alguien, a las
autoridades, a nuestro tío y a nuestro primo; o si tenemos que
enterrarla o hacer desaparecer su cuerpo.... es que no me da para
más, para pensar... y he de subir... he de afrontar la realidad si
es que la hay.... si te caes siete veces, te tienes que levantar
ocho...
Saco
la llave de mi bolsillo, de ese mini bolsillo que llevamos los
camareros cuando vestimos el pantalón negro y la camisa blanca. Sí,
es muy pequeñito, a la derecha y justo bajo la línea del cinturón.
La saco y la introduzco en el portal, abro y subo a pie. No se oye
nada, es pleno invierno y ya a esta hora de la noche duermen la
mayoría de vecinos. Subo las escaleras del rellano, y me dirijo al
primer piso, doy la vuelta y subo al segundo.... a medida que me
acerco se me acelera el corazón. No sé, instintos naturales o que
las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos.
Allá voy. Mi llavero es solo un aro metálico, sin nombre ni
dirección, una simple anilla con las dos llaves, la del portal y la
de arriba. La introduzco en la cerradura y abro despacito, como quien
entreabre una puerta para mirar ocultamente algo sin querer ser
visto.... no se oye nada. A nadie. No hay luz. Es extraño. Y sé a
ciencia cierta que no se han llevado a mis compañeros y amigos.
Estar están; o no están; o sí, pero no pueden hablar y pedir
socorro y ayuda; o tal vez no estuvieran como yo y hayan tenido
suerte por llamarla de alguna manera. Mi padre me decía que es fácil
esquivar la lanza, mas no el puñal oculto. Y eso es justo lo que me
pasa a mi ahora mismo por el cuerpo. Atravieso unos centímetros la
puerto, alzo el brazo y alargo la mano. Ahí está la caja del
registro, de las conexiones eléctricas. Tocando tocando me doy
cuenta que no hay ninguna activada, que están todas bajadas. Repaso
con los dedos a la larga, de derecha a izquierda, y sí. Están todos
en la misma posición. Comienzo a ir subiendo uno a uno sin acordarme
o saber si son del salón, la cocina, el baño o las habitaciones. Y
al mismo tiempo, en la misma fracción de segundo pongo los dos pies
en el piso y cierro la puerta con la otra mano que me quedaba
libre....
Lo
primero que veo es a Haoyi tendido en el suelo del pasillo rodeado de
un gran charco de sangre. Me quedo petrificado, tan helado como mi
amiga Mei. No consigo tragar ni saliva. No atisbo ni a moverme. Estoy
paralizado ante lo que veo. Es él, es Haoyi. Antes de dar un paso si
es que consigo coordinar mis movimientos, recorro de arriba a bajo el
pasillo. No hay nadie. Se sigue sin oír nada. Me percato de una gran
mancha en la pared, a poco más de metro y medio de altura. Tiene una
forma muy peculiar, variada, uniforme, de salpicadura. Y es
direccional. Luego bajo la mirada y se ve el recorrido del reguero
que arrastraba agonizando los últimos alés en vida de mi amigo y
compatriota. Le miro la cara y está mirándome. Tiene una mano
doblada con los dedos rotos y otra cerca del tórax. Intentaba
taponarse. Le han asestado un certero y duro corte en la yugular. Los
borbotones así lo atestiguan. Debe ser con algún cuchillo de hoja
fina y grande, de esos que corta el agua....
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