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viernes, 24 de agosto de 2018

EL CRIMEN DEL GURUGÚ

Tres dientes y una cadena de oro. Eso es lo que quedó de mí. Eso es lo que mi madre recibió tras mi muerte. Yo soy de Gandia. Han pasado muchos años como para que os diga cómo me llamo o de qué familia vengo. Os cuento esta historia real para que veáis que ahí fuera, como lo llaman algunos, sí que existe el mal; sí que hay gente dispuesta a todo por obtener algo o a alguien. No es usual ni el método que yo utilicé, dado que es muy antiguo, ni tampoco es usual cómo acabó la "fiesta". A pesar de mi situación económica, laboral y familiar todavía me pregunto si yo merecía un final así.

Era joven, muy conocido en Gandia, y aparentemente lo tenía todo a mis 28 años. Mi amigo de fechorías tenía 47 años. Los dos teníamos verdaderos problemas económicos, esos que se dicen complicados de resolver, y buscamos una opción para encontrar dinero fácil. Y en esa búsqueda encontramos en Valencia a un colega camerunés. Yo sabía que ya había intentado algo con un industrial para venderle algo. Y ese algo, yo lo quería y podía colocarlo en el mercado, venderlo y obtener un buen pico. Pero había que ir a Madrid. Pensar a lo grande. Y la segunda quincena de julio para allá que nos fuimos.

Estuvimos en un lujoso chalé de Villalvilla donde asistieron varios invitados. Querían que les demostrara que la máquina de fabricar billetes funcionaba. Si conseguía convencerles darían el siguiente paso y nos llevarían ante sus jefes para así poder cerrar la operación y que todo concluyera con éxito. Ellos con su máquina y yo bajarme para Gandia con el dinero y repartirlo entre mi amigo y el colega camerunés. Qué fácil parece. Qué ingenuo. En este oscuro mundo nada es verdad y nada es mentira, todo depende del cristal con el que se mira. Y en este caso, el cristal era opaco. Una vez te metes en este mundo siempre se juega a ganar. Pero esta vez... parecía tan fácil...

La máquina era un fraude. Yo lo sabía. Pero hay veces en la vida que tienes que hacer cosas por necesidad sin mirar el resultado final sino cómo quieres tu que sea el final. La máquina de mi colega era una sencilla multiplicación de billetes. Se coge un billete legal y por delante se le ponen tres o cuatro papeles en blanco. Por detrás lo mismo. Eso sí, deben ser un poco más grandes que el billete legal pues luego se encogerían. Se vertía tintura de yodo hasta quedar todos impregnados por completo y, posteriormente, se metían en una cubeta tipo barreño donde con agua, jabón líquido, y otro producto secreto que aplicábamos los dejábamos que se aclararan durante un espacio de tiempo y, hábilmente, mi colega los hacía desaparecer y los cambiaba por unos de curso legal. Un procedimiento rutinario y al mismo tiempo rudimentario.

Ahí estaban los nuevos billetes. Los vieron. Los cogieron. Los pusieron al trasluz. Intentaron romperlos estirándolos para ver su textura. Vieron que era copias exactas de un billete de curso legal. Ahora ya habían visto que sí que era posible fabricar billetes con esta rudimentaria máquina. Así que si la querían debían de pagar una buena suma de dinero. ¿Cuándo? En la próxima cita. Ya recibiréis instrucciones. Mi amigo y yo nos levantamos y junto con el camerunés nos marchamos dejando los billetes buenos sobre la mesa del salón donde mantuvimos la reunión.

Pasaron varias semanas. Sonó el teléfono. El gancho había dado resultado. Mis problemas económicos a punto de solucionarse con esta venta. Por fin... la cita era un 15 de agosto. Fenomenal. Es festivo y hay mucho movimiento por carretera así que podremos pasar desapercibidos y además, en Madrid, no habrá mucha peña que pueda interponerse en nuestro negocio. La ciudad da sus últimas bocanadas del verano y la gente no sale a la jungla de asfalto hasta bien entrada la noche.
Cogemos un Renault 19 y salimos de Gandia hacia Madrid. Aparcamos en un parking de la plaza del Carmen. Era poco más de las 10 de la noche. Lo recuerdo tal cual. Vinieron a por nosotros y nos subimos en un Volkswaguen Golf de color blanco, de esos de dos puertas y que tenías que tirar los asientos hacia adelante. Cojimos la carretera comarcal M-300 y, pasados unos veinte kilómetros, nos adentramos hacia el Barranco de Azaña, dentro del término municipal de Alcalá de Henares, a los pies justo del Monte Gurugú. 

Era poco más de la una de la madrugada. Nuestro contacto que había venido a recogernos, conductor y copiloto, abrieron las puertas. Creíamos haber llegado. Era extraño bajar en medio de la nada, pero véte tu a saber lo que tramaban. Por si acaso, nosotros no nos despegábamos de la máquina de fabricar billetes. Inmóviles y esperando instrucciones para bajar y cerrar el trato. Nos miramos. Les miramos. Respiramos hondo esperando algún gesto, palabra o llamada de teléfono para salir del vehículo y cerrar el trato en algún recóndito lugar del Monte Gurugú. Estábamos sentados en la parte trasera del Golf. Se echaron mano a la espalda. Sacaron sus armas. Y nos acribillaron a balazos. Un total de 16 disparos sino recuerdo mal. Disparos en medio de la nada. De esos que escuchas de noche en el campo y se te encoje el alma. Uno de los asesinos efectuó 10 disparos con una pistola semiautomática Star modelo PK-28. Se la había robado a un Policía. La munición mortal de 9 milímetros parabellum. Cuatro disparos más con una pistola del calibre 9 mm largo y un remate de un disparo con una escopeta cargada con cartuchos de caza con perdigones del número 8.

Uno de nosotros recibió los disparos en el pecho; el segundo en la cara y cuello; y el tercero en la cabeza. Vamos que nos ejecutaron allí sentados dentro del Golf agarrados a la máquina de fabricar billetes. Mientras todavía nuestros cuerpos estaban calientes, en ese contraste de la noche, el desenso de la temperatura y la expiración de una persona, me colocaron debajo de mi brazo derecho una lata de gasolina y en la parte delantera, una a los pies del conductor y otra a los del copiloto. En total tres latas de gasolina para tres ejecutados en el interior de un coche. Rociaron el vehículo. Nos prendieron fuego y se marcharon. Ardimos rápidamente por el acelerante que devoró en cuestión de segundos el coche y a nosotros e hizo que el fuego se propagara como un incendio forestal en pleno monte Gurugú. Hasta que llegaron los bomberos para sofocar lo que en principio creían era un incendio forestal y se tropezaron cuando sofocaron las llamas con un coche totalmente calcinado y en su interior, en la parte trasera, mis dos amigos y yo. Los autores se marcharon a pie, pues conocían bien ese paraje y tras cruzar el barranco estuvieron paseando por los tenderetes que se habían instalado con motivo de la verbena de La Paloma. Una muestra más de la frialdad de mis asesinos.

Llegó la Policía Judicial e intentó sacar pruebas de un escenario dantesco. El fuego había devorado cualquier prueba de identificación. El Golf, gracias al bastidor, se pudo saber que había sido robado días antes de nuestro triple asesinato. Deduzco yo que lo tenían premeditado. De ahí que entre la visita de julio y esta de agosto, hayan podido urdir este macabro plan que ha acabado con nuestras vidas.

Recoger vestigios en el escenario de un crimen como este era complicado pero se esforzaron al máximo dado que no era nada casual lo allí ocurrido. Desconocían quiénes éramos pero por el procedimiento de nuestra ejecución sabían que estaban detrás de algo gordo o de alguien, bien una banda bien algún grupo jerarquizado con múltiples posibilidades para perpetrar este tipo de crímenes.
En la inspección ocular se hallaron casquillos del 9 Pb, del 9 largo y perdigones de caza. Las pruebas de balística señalaban que habían sido disparadas por una pistola Star, la oficial entonces de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Del resto de armas utilizadas, era un misterio. En el suelo del coche, tras quitar el hollín y los restos del incendio, se pudo desprender debajo de la alfombrilla y pegada a ésta, un pasaporte de Camerún. Tras limpiarlo en el laboratorio central se pudo completar la numeración dado que, por aquella época, se troquelaban los documentos. Ello permitió dar con una personas de nacionalidad camerunesa que residía en Valencia y que era aficcionado a las estafas. A partir de ahí establecieron el vínculo del colega camerunés conmigo y también con mi amigo.

Pasaron días de incertidumbre y angustia. Mis padres no sabían nada de mi. Cuando la Policía pudo establecer que un grupo de tres personas había partido de Gandia y Valencia hasta Madrid comenzaron a tirar del hilo. Alertaron a mis padres y a los de mi amigo para que presentaran una denuncia por desaparición. Era la única forma de poder cotejar y tener acceso a los restos y ADN que pudiera haberse encontrado en este horrendo crimen. Ellos, mis padres, ya se temían lo peor. No sabían exactamente qué y cómo sucedió. El motivo yo creo que siempre lo supieron aunque nunca me lo dijeron. Al final, con los restos por llamarle así de mi persona, concretamente tres molares y una cadena de oro que el fuego no pudo destruir sirvió suficiente para ponerle nombre, apellidos y cara a uno de los cadáveres calcinados en el asiento trasero del Golf en el Monte Gurugú. Es decir, mi cuerpo calcinado ya tenía nombre. A partir de mis datos fue un poco más fácil dar con los de mi amigo y también con los del colega camerunés.

El Crimen del Gurugú ya tenía víctimas. Un triple asesinato que sirvió para investigar y recomponer nuestras últimas horas y días tanto en Gandia como en Valencia y el porqué de nuestra llegada a Madrid. Así, al cabo de unos meses, lograron dar con una banda especializada de robo de coches que era la base de toda esta agrupación criminal en cuyas viviendas guardaban desde coches sustraídos hasta placas, llaves, bombines, dinero, divisas, y todo un arsenal de armas de fuego de diverso calibre y procedencia así como munición. Hubo siete detenidos a lo largo de varios días, pero solo dos, los ejecutores del Crimen del Gurugú fueron los que pagaron por ello. Mis verdugos fueron dos porteros de discoteca, de 35 y 38 años. Trabajaban en Nueva Alcalá. Vendían coches y buscaban también dinero fácil.

Y fueron juzgados, esos ejecutores que acabaron con mi vida y la de mis amigos. Les impusieron 176 años de cárcel a los dos autores materiales. A quienes me descerrajaron los tiros y luego me quemaron. Ahora, por este triple crimen ya están en la calle. Tienen muchas otras causas pendientes. Yo, lógicamente, les perdí la pista después de lo que hicieron.

Solo os tengo que decir que ahora yo cumpliría los 50 años. Fallecí cuando tenía 27, mejor dicho me asesinaron. No tenía hijos. Mi amigo, estaba en trámites de separación tras casarse con una chica y haber tenido una hija. La pequeña tenía cuatro años cuando nos sucedió todo esto. Hoy no sé qué será de ella. Espero que le dijeran que su padre murió en un accidente. El colega camerunés estaba ya rondando la treintena de años y nunca supimos nada de su familia.

El móvil de este cruel triple asesinato pudo ser doble. Por una parte, el volcado de la máquina, es decir, el robarla, apoderarse de ella y acabar con los nosotros; y por otra, haberse percatado de la puesta en escena que hicimos en el chalé y vengarse de nosotros al descubrir que era una simple estafa al más alto nivel. Unas veces se gana otras se pierde. Yo perdí.

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