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miércoles, 29 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LOS CHINOS (1)



Me llamo Hu. Aunque ya no importa cómo me llame. El crimen ha prescrito y ya ninguna acusación por muy verídica o falsa que fuera me puede afectar. Por eso he decidido contaros todo lo que vi aquel día lleno de horror y cuyas imágenes me golpean siempre en lo más hondo de mi mente. El subconsciente sabe que, aunque dormidas, están ahí. Y salen de vez en cuando. No se si es una película de terror o que, en demasiadas ocasiones, la realidad continua superando la ficción.

No es que supiera que iba a pasar, pero algo me temía. Y lo temía porque estas cosas son así. Los pactos de por vida son eso, pactos de sangre. Lo único que me reconforta es que fue rápido. Así actúan las mafias. Ellos tal vez ni tuvieron tiempo a resistirse. Sabían que, un día u otro, alguien vendría a cobrarse en muerte lo que ya no puedes pagar en vida. Y así fue. Y así ocurrió.

Es sábado, primer día del año nuevo. Han pasado varios días y ya comienzan a echarnos en falta. El restaurante sigue cerrado. Lo ha estado en los últimos días. La compra para el cotillón permanece intacta en neveras, congeladores y estanterías. No hay redes sociales para comentar que El Ciudad de Mar no ha abierto y ha dejado colgados a muchos clientes que pensaban despedir el año con nosotros. Unos lo han despedido de verdad mucho antes. Y sin tiempo a despedirse de los suyos.

Entro en el restaurante por la ventana. Rompo el cristal. No se oye nada más que el ruido de las cámaras frigoríficas. Con sigilo, voy dando pasos y acercándome a la cocina. Abro la luz no sin antes tropezar con una bandeja que parecía estar preparada para salir. Eso ya me extrañó. No había nada en ella. No había nadie. La cocina debería estar limpia como una patena. Observo a mi alrededor. Silencio total. Apoyado sobre la pared y pasando las manos por detrás voy avanzando intentando dar pequeñas zancadas. La luz tenue que entra ilumina el borde de la bandeja a través de la rendija de la cocina desde donde se dejan los platos para servir. Está sucia. Más bien manchada. No es salsa agridulce, nosotros no la ponemos así ni tiene ese color tan negruzco. Me parece todo tan extraño... sigo recorriendo la cocina hasta llegar al interruptor. Le doy y se encienden las luces de la cocina.

Me acerco a la bandeja y toco con el dedo la mancha. No es salsa. Es sangre. Un frío escalofrío recorre mi espina dorsal. Algo ha ocurrido y me temo lo peor. Sabía que podría pasar. Estábamos avisados. No puede ser, no. Y un nudo en el estómago se apodera de mi. Con sudor en la frente y frío en el cuerpo doy la vuelta a la mesa central de la cocina y veo la mancha en el suelo, en la silla y en el resto del mobiliario de acero inoxidable. Hay mucha sangre. Está coagulada. Mas bien diría que seca. Lleva ahí varios días. No hay huellas de pisadas sobre ella, ni que se acerquen ni alejen. Lo han hecho desde aquí. Con certeza, limpieza y a conciencia. El reguero no miente y acaba justo en la nevera... Hay sangre también en el cajón de los cubiertos... Ando o levito, no lo sé; no lo noto, no lo siento. No se si mi instinto me lleva o soy yo quien no queriendo abrir, abro la nevera.

La veo y giro rápidamente la cabeza. No desprende olor pese a llevar varios días muerta. Vuelvo de nuevo la cabeza y la miro. Allí está Mei metida. El frío ha hecho mella en ella. Se ha quedado tal cual la han dejado. Al menos no la han tirado. Sus finos y blancos brazos le tapan su delgada cara. Los tiene en posición de defensa y sus manos le cubren la cabeza. Les vio venir. Sabía a lo que venían. La pobre... tan frágil... Me acerco y veo que le han dado bien. Un corte seco y certero. De profesional. Le han abierto la cabeza y ella, arrinconada, sentada sobre el suelo, llorando y suplicando se tapaba la cara, los oídos y parte de la cabeza. Y... zas... Ya está. Ejecutado silenciosamente. Uno de ellos, de los cuatro, saca el hacha de cortar la carne que le acaba de clavar en la cabeza. Cuesta. Apoya su pie en los azulejos de la pared. Y extrae el arma homicida. Ni la limpia. La contempla y ve que por ambas partes la sangre gotea y cae al suelo. El filo del hacha está lleno de restos de cuero cabelludo. Sin inmutarse se dirige al centro de la cocina y abre un cajón. Allí deja el arma. Ni la limpia. No tiene huellas en el mango. No hace falta, son profesionales. Y dejan ver el mensaje en forma de aviso para el resto, en el interior del cajón.

La contemplo así, tan callada, blanca y silenciosa, tan educada y tan... Mei. Atisbo a ver que uno de sus dedos meñiques le cuelga. Y pienso en lo que ha tenido que sufrir... recibir el hachazo sentada y arrinconada cubriéndose con sus manos la cabeza. Ahora ya está. No valen excusas ni remordimientos. Han estado aquí. Han venido y han cumplido su promesa. Su objetivo es el que es, por eso los manda mi Comunidad. La comunidad donde impera la ley del silencio. Hoy, lo he roto yo ese silencio por eso os cuento lo que vi, cómo lo vi y lo que tuve que vivir.

Tras pensar en Mei y verla allí, solo pienso en huir; en marchar; en desaparecer; se que vaya donde vaya me encontraran, porque así es la ley, la tradición, las deudas... y las tríadas. Se que tengo un pacto de por vida, un pacto de sangre, pero no se si puedo aguantar sabiendo lo que le han hecho a ella, lo que le estarán haciendo a mis otros compañeros de trabajo e incluso a familiares. Es lo que me espera a mi. He de huir. Tengo que marcharme. Y he de pasar por allí. Por casa. ¿Estarán o no? Espero no verlos ni que me vean...se que es un pacto de sangre, un pacto de por vida, pero ahora es la mía, mi vida o sin ella....

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