Me
llamo Hu. Aunque ya no importa cómo me llame. El crimen ha prescrito
y ya ninguna acusación por muy verídica o falsa que fuera me puede
afectar. Por eso he decidido contaros todo lo que vi aquel día lleno
de horror y cuyas imágenes me golpean siempre en lo más hondo de mi
mente. El subconsciente sabe que, aunque dormidas, están ahí. Y
salen de vez en cuando. No se si es una película de terror o que, en
demasiadas ocasiones, la realidad continua superando la ficción.
No
es que supiera que iba a pasar, pero algo me temía. Y lo temía
porque estas cosas son así. Los pactos de por vida son eso, pactos
de sangre. Lo único que me reconforta es que fue rápido. Así
actúan las mafias. Ellos tal vez ni tuvieron tiempo a resistirse.
Sabían que, un día u otro, alguien vendría a cobrarse en muerte lo
que ya no puedes pagar en vida. Y así fue. Y así ocurrió.
Es
sábado, primer día del año nuevo. Han pasado varios días y ya
comienzan a echarnos en falta. El restaurante sigue cerrado. Lo ha
estado en los últimos días. La compra para el cotillón permanece
intacta en neveras, congeladores y estanterías. No hay redes
sociales para comentar que El Ciudad de Mar no ha abierto y ha dejado
colgados a muchos clientes que pensaban despedir el año con
nosotros. Unos lo han despedido de verdad mucho antes. Y sin tiempo a
despedirse de los suyos.
Entro
en el restaurante por la ventana. Rompo el cristal. No se oye nada
más que el ruido de las cámaras frigoríficas. Con sigilo, voy
dando pasos y acercándome a la cocina. Abro la luz no sin antes
tropezar con una bandeja que parecía estar preparada para salir. Eso
ya me extrañó. No había nada en ella. No había nadie. La cocina
debería estar limpia como una patena. Observo a mi alrededor.
Silencio total. Apoyado sobre la pared y pasando las manos por detrás
voy avanzando intentando dar pequeñas zancadas. La luz tenue que
entra ilumina el borde de la bandeja a través de la rendija de la
cocina desde donde se dejan los platos para servir. Está sucia. Más
bien manchada. No es salsa agridulce, nosotros no la ponemos así ni
tiene ese color tan negruzco. Me parece todo tan extraño... sigo
recorriendo la cocina hasta llegar al interruptor. Le doy y se
encienden las luces de la cocina.
Me
acerco a la bandeja y toco con el dedo la mancha. No es salsa. Es
sangre. Un frío escalofrío recorre mi espina dorsal. Algo ha
ocurrido y me temo lo peor. Sabía que podría pasar. Estábamos
avisados. No puede ser, no. Y un nudo en el estómago se apodera de
mi. Con sudor en la frente y frío en el cuerpo doy la vuelta a la
mesa central de la cocina y veo la mancha en el suelo, en la silla y
en el resto del mobiliario de acero inoxidable. Hay mucha sangre.
Está coagulada. Mas bien diría que seca. Lleva ahí varios días.
No hay huellas de pisadas sobre ella, ni que se acerquen ni alejen.
Lo han hecho desde aquí. Con certeza, limpieza y a conciencia. El
reguero no miente y acaba justo en la nevera... Hay sangre también
en el cajón de los cubiertos... Ando o levito, no lo sé; no lo
noto, no lo siento. No se si mi instinto me lleva o soy yo quien no
queriendo abrir, abro la nevera.
La
veo y giro rápidamente la cabeza. No desprende olor pese a llevar
varios días muerta. Vuelvo de nuevo la cabeza y la miro. Allí está
Mei metida. El frío ha hecho mella en ella. Se ha quedado tal cual
la han dejado. Al menos no la han tirado. Sus finos y blancos brazos
le tapan su delgada cara. Los tiene en posición de defensa y sus
manos le cubren la cabeza. Les vio venir. Sabía a lo que venían. La
pobre... tan frágil... Me acerco y veo que le han dado bien. Un
corte seco y certero. De profesional. Le han abierto la cabeza y
ella, arrinconada, sentada sobre el suelo, llorando y suplicando se
tapaba la cara, los oídos y parte de la cabeza. Y... zas... Ya está.
Ejecutado silenciosamente. Uno de ellos, de los cuatro, saca el hacha
de cortar la carne que le acaba de clavar en la cabeza. Cuesta. Apoya
su pie en los azulejos de la pared. Y extrae el arma homicida. Ni la
limpia. La contempla y ve que por ambas partes la sangre gotea y cae
al suelo. El filo del hacha está lleno de restos de cuero cabelludo.
Sin inmutarse se dirige al centro de la cocina y abre un cajón. Allí
deja el arma. Ni la limpia. No tiene huellas en el mango. No hace
falta, son profesionales. Y dejan ver el mensaje en forma de aviso
para el resto, en el interior del cajón.
La
contemplo así, tan callada, blanca y silenciosa, tan educada y
tan... Mei. Atisbo a ver que uno de sus dedos meñiques le cuelga. Y
pienso en lo que ha tenido que sufrir... recibir el hachazo sentada y
arrinconada cubriéndose con sus manos la cabeza. Ahora ya está. No
valen excusas ni remordimientos. Han estado aquí. Han venido y han
cumplido su promesa. Su objetivo es el que es, por eso los manda mi
Comunidad. La comunidad donde impera la ley del silencio. Hoy, lo he
roto yo ese silencio por eso os cuento lo que vi, cómo lo vi y lo
que tuve que vivir.
Tras
pensar en Mei y verla allí, solo pienso en huir; en marchar; en
desaparecer; se que vaya donde vaya me encontraran, porque así es la
ley, la tradición, las deudas... y las tríadas. Se que tengo un
pacto de por vida, un pacto de sangre, pero no se si puedo aguantar
sabiendo lo que le han hecho a ella, lo que le estarán haciendo a
mis otros compañeros de trabajo e incluso a familiares. Es lo que me
espera a mi. He de huir. Tengo que marcharme. Y he de pasar por allí.
Por casa. ¿Estarán o no? Espero no verlos ni que me vean...se que
es un pacto de sangre, un pacto de por vida, pero ahora es la mía,
mi vida o sin ella....

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