miércoles, 29 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE BELÉN (7ª parte y final)




Ha llegado el final, el último capítulo de mi vida, aquella que perdí en la playa de Gandia la noche del 28 al 29 de agosto de 1990 y que años después todavía algunos recuerdan y otros no olvidan. Yo siempre creí en la justicia y en la fe cristiana. Así me educaron mis padres. Yo no soy nadie para juzgar lo que me hicieron. Me tocó. Como le hubiera podido tocar a cualquier chica joven como lo era yo. Simplemente quienes compartimos relación judicial con Roberto sabemos cómo es y de lo que es capaz. No sé si este depredador sexual, este psicópata agresivo repleto de músculos, se habrá arrepentido alguna vez en su vida. Yo creo que no. Lo más chocante es que no le deseo el mal. Él me lo hizo. Él nos lo hizo a mi familia. Solo el día en que muera será juzgado por el único que sí sabe la verdad. Y a él no se le puede ocultar. Me crié en el seno de una familia muy religiosa. La justicia puede equivocarse. La fe que he compartido estos 17 años de vida me ha permitido afrontar mi nuevo estatus y por extensión, esa fe ha mantenido viva y unida a mi familia. Mis padres y mi hermano y mi hermana, no hubiesen nunca podido aguantar lo que me ocurrió de no ser por la fe que profesan. Sé que para algunos de vosotros y vosotras esto os parecerá irreal, que actuaríais movidos por la sed de venganza. Nosotros solo actuamos movidos por la fe y por la justicia de hacer justicia. La terrenal, en la medida de nuestras posibilidades, es cuestión de tiempo y arrepentimiento. El perdón es mucho más difícil de conseguir. Él no lo conseguirá de la sociedad. Os lo aseguro.


Cuando comenzaba el verano de 1993 y el sol empezaba a mostrar su lado más fuerte… cuando volvería a calentar con sus rayos imponentes esa arena fina que tenéis en la playa de Gandia… cuando se iban a cumplir tres años de mi violación y mi asesinato… cuando algunos daban por cerrado mi caso, esa tenacidad de mi padre y mi madre, esa dedicación en cuerpo y alma de los agentes del Cuerpo Nacional de Policía en Madrid y en Gandia, esa espina clavada que tenían Celestino y Marchante…, consiguieron aportar ante el juez esos indicios para que mi nombre volviera a retumbar en la cabeza de mi asesino. El juez de Gandia ante el giro que estaba dando la investigación dictó auto de imputación contra Roberto para que fuera trasladado con urgencia de la cárcel de Carabanchel a Gandia.


La sala de color caoba con el escudo constitucional detrás marca cierta distancia entre quien acude voluntariamente y quien lo hace a requerimiento de un juez o en este caso, un detenido por varias agresiones sexuales. La tercera planta de los juzgados de Gandia es fría. Como mi caso. En una parte, debajo del tablón de edictos judiciales está una rubia despampanante, arreglada y acicalada, entrando y saliendo a la escalera y empalmando cigarrillos uno detrás de otro. Es ella. La que tantas veces intentaba negar la evidencia, la que educó a Roberto, la que le asesoraba sobre la asfixia sexual. La que nunca dio un bofetón a tiempo ni una reprimenda a quien iba por ahí destrozando la vida de muchas chicas, algunas de ellas forzadas a ser mujeres antes de tiempo. Le incomoda la presencia de una persona en la sala. Es normal. Es el amigo de mis padres. A ella no le gusta esa amistad. A mí sí. Gracias por haber estado siempre ahí, a nuestro lado.


Llega Roberto y lo entran por la puerta que da acceso al despacho del juez. Los dos guardias civiles que le escoltan, así como los refuerzos se mantienen de pie cercando a Roberto que, esposado, sigue mostrando ese aire chulesco que le caracterizó y que le sirvió para embaucar a muchas chicas. Está cuadrado, practica full-contact y en la prisión no olvida su cita diaria con el gimnasio.


Todos entran en la sala de vistas. Mi abogado, el de Roberto, la Fiscal y por último lo hace el juez quien, en nada más aclarar los preceptos ordena a los agentes que traigan al detenido. Roberto pide que le quiten las esposas para poder declarar mejor. Su Señoría dice que nanai. Que no. Y Roberto se sienta cabreado. Su repeinado no le respeta. El Juez le ordena que se levante y que comparezca de pie y conteste a todo lo que se le pregunta. Roberto insiste en poder sentarse y ponerse cómodo. Usted se calla y hace lo que le ordeno. ¡Levántese y respeto a este tribunal! El juez sabe muy bien a quien tiene delante y lo que representa. Es padre también. Sabe que no puede dejarse llevar por sentimientos. No quiere contaminarse de lo que ha hecho con otras chicas hasta hoy el reo que dice llamarse Roberto. El juez es humano, la justicia no es humana.


Lo primero que el juez advierte a todos los presentes es lo que acaba de firmar: un auto donde se rebela contra la Fiscal y le planta cara señalando que no ha lugar anular las conversaciones telefónicas entre Roberto, su hermano y su madre. Pronto protestaron los abogados de Roberto y la Fiscal. El juez fue implacable e inflexible. El tiempo transcurrido desde que yo autoricé las grabaciones y la conexión de los teléfonos por parte de la Policía fue de cinco días, por tanto, para mí el plazo de los 30 días son a partir de la conexión no de cuando firmé la autorización. ¿Queda claro? Lo mando y firmo en Gandia…


Y el dueño del pub PK2 volvió a pasar por la tercera planta de la Comisaría de Gandia. Esta vez, tres años después de mi asesinato, sí que conocía a Roberto y sí lo tenía de camarero en julio y agosto de 1990. Reconoció que mantenía una amistad íntima con Roberto y que salía con él a veces después de cerrar el pub. Dijo conocer al matrimonio de Madrid pero nunca supo aportar datos sobre ellos y se quitó de en medio señalando que esa noche, no estuvo con Roberto. Tres años después se acordaba que justo esa noche, de las 60 que estuvo con Roberto, no salió con él. Y no lo dudo, pero no deja de llamarme la atención. Recordó también que Roberto esa noche salió de trabajar del pub a las 2,30 porque al día siguiente se iba a Madrid.


Por fin el dueño del pub dijo ante el juez que yo había ido varias veces al pub donde trabajaba Roberto, y que esa noche… mi fatídica noche sí estuve en PK2 y que hablé con Roberto. Os acordáis que me preguntó desde la cabina ¿qué buscaba? Las malditas llaves.


Mi desgracia fue también que los medios que habían cuando a mí me asesinaron no son los que hoy tenéis. Afortunadamente han mejorado y especializado. En mi caso, mis padres tuvieron que pedir un informe médico-legal realizado por expertos forenses donde se puso en evidencia que en mi autopsia no se estudió nada sobre mí, únicamente se escribió a duras penas cómo me habían encontrado y las marcas que tenía. Ya lo sé que os parecerá increíble. Sé que ahora de nada vale echar las culpas a nadie. Gracias a Dios y a la Ciencia esto se ha podido mejorar y superar. Lo veis todas las semanas en CSI. No olvidéis que la realidad siempre supera la ficción. Y así pues, de mi autopsia no se pudieron aportar datos como la causa de la muerte exacta, si había ingerido alcohol o drogas antes de mi muerte, si fue el agua del mar quien me asfixió por estar inconsciente y sumergida en el agua, si fallecí por estrangulamiento, etc, etc, etc…


En él los forenses, a tenor de mi rigidez cadavérica, pudieron aportar su opinión científica para datar la hora de mi muerte hacia las 3,30 horas de la madrugada del 29 de agosto de 1990. Esa noche, esa hora, esa coartada que nunca tuvo Roberto… ese fue mi final.


El dato más revelador del informe médico-legal y que se les había pasado a todos, incluido los agentes de la Científica que actuaron, fue cómo me asfixiaron. Todos creían que era una mano derecha quien me sujetaba por detrás para que otro pudiera violarme y asesinarme. Craso error. Los forenses aportaron en 1993, tres años después y a petición de mis padres, la verdad de mi agresión: no fueron realizadas con una mano derecha. No olvidéis que la regla general en la práctica médico forense difiere de la técnica de investigación policial ya que aconseja que no se interpreten los hallazgos traumáticos para establecer una hipótesis de cómo pudieron tener lugar los hechos. Lo más adecuado es que, una vez propuestas una o más teorías, se compruebe si pudieron dar lugar, o no, a las lesiones encontradas.


Así se pudo dejar claro que era necesario tener en cuenta la situación de mi agresor: no es lo mismo que me atacara por delante que por detrás, dado que las lesiones que yo tenía en el cuello variarían. Y así logramos dar con ese detalle. Mi agresor era zurdo. Volcó toda su fuerza y toda su ira sobre mi cuello mientras me violaba. ¿Os acordáis del episodio de la asfixia sexual de Roberto en las oficinas de su madre con María y Luisa? Pues aquí se dejó claro que la convexidad de las marcas las había hecho un zurdo. A mí me violó y asesinó un zurdo.


Y así quienes durante años no descansaron su mente hasta dar con mi asesino, lograron reunir pruebas suficientes para encausar a Roberto y acusarlo de la violación y homicidio de Belén Lomba Fernández. Todas las agresiones sexuales en la que está implicado reúnen entre sí características comunes tanto en cuanto a la relación con las víctimas como las lesiones que produce en ellas y la reacción posterior a la agresión.


Ya sabéis que la Justicia tiende siempre a juzgar hechos aislados, en lugar de personas, tendencia que suele ser alegada por los abogados con una pretensión de defensa la mayoría de las veces, para hacer ver siempre la explicación humana que justifica cualquier delito. Y así lograron sentarlo ante un tribunal en la Audiencia Provincial de Valencia.


Mi abogado sacó toda su artillería pesada con esa educación exquisita y ese hilo de voz que tranquiliza a vivos y muertos. Desplegó todos sus encantos y mostró que la forma de actuar de Roberto presenta una continuidad en el tiempo, lo que hace que se le considere un multiviolador con un índice de peligrosidad y con una manera de actuar siempre tan igual que constituye sus señas de identidad como delincuente y como violador.


Todos los amigos de Roberto hablan de un tipo violento, algunos le califican de loco, tiene una característica afición por las artes marciales, es pendenciero y se dedica a actividades más o menos ligadas con el matonismo, entre ellas vigilante de discoteca. Pero además tiene una peculiar idea de las mujeres, según quedó acreditado en un informe psicológico. Por el contrario, a su madre la tiene mitificada.


Todas las víctimas de Roberto han sido chicas conocidas por él, jóvenes con quienes entablaba relación antes y a las que deslumbraba al principio hasta ganarse su confianza y llevarlas a una situación y a un lugar donde ellas van confiadas y el perpetra su agresión.


Todas las victimas de Roberto mostraban siempre las mismas agresiones durante la violación como son los golpes en la cara y el intento de estrangulamiento que produce una sensación de asfixia. Conmigo lo consiguió. A mí sí me mató. En todas ellas dejaba sus señales en el cuello.


En todas las agresiones, excepto en la mía, Roberto lejos de huir permanecía al lado de las víctimas. En un caso en la playa de Gandia, anterior al mío, se quedó varios días sin separarse de la cama donde dormía la chica que había violado. En el caso de María y Luisa, acordaos, se metió en el taxi. En otra tercera, después de violarla, la llevó en moto hasta su casa advirtiéndole de lo que le iba a ocurrir si denunciaba. En mi caso, me desnudó completamente y me tiró al mar llevándose aquella sombra maldita mi ropa y arrojándola mientras se marchaba a su casa. Es pues un hombre frío y peligroso que deja a sus víctimas, cuando las deja vivas, absolutamente aterrorizadas. Un tardó un año en denunciar, otra no se ha atrevido, otra se lo contó a un amigo pero no se atreve a decirlo en un juzgado y a mí no me dio tiempo ni me dejó que pudiera contarlo a nadie. Otros, estas semanas lo han hecho por mí y lo habéis compartido y sentido conmigo.


Los abogados de Roberto defendieron su inocencia, basaron los informes en intentar hacer creer que se le culpaba a Roberto por sus antecedentes como agresor sexual y no por las pruebas halladas. Ya os dije cómo quedó la escena del crimen. Ya os dije que los avances técnicos jugaron en contra de mi… hoy sería impensable que el furgón del Laboratorio de Actuaciones Especiales, ese furgón a caballo entre quirófano y sala de autopsias, no apareciese en la avenida del Nord de la playa de Gandia donde yo aparecí. Hoy ya no se estudia ni aplica la ciencia forense como se hizo aquel agosto de 1990. No se pudo probar un solo indicio racional, una prueba irrefutable de que Roberto hubiese estado allí, en la arena, conmigo buscando las llaves. No hubo principio de transferencia, no se obtuvo ni una sola epitelial de mis uñas, ni un pelo que le pude arrancar, nada de nada de nada que afirme al cien por cien o al menos al 99,9% que Roberto me violó y me asesinó. Caso cerrado, Caso juzgado. En España no se puede juzgar a una persona dos veces por el mismo delito. Hemos perdido. Aun así gracias a todos por ayudarme, me reconforta ver de nuevo a quien me vio por última vez. Ahora Roberto puede jactarse de haber sido él. Han pasado más de 20 años y mi asesinato, el Crimen de Belén, ha prescrito. Ya no hay culpable ante la ley. Sí ante mí y ante Dios. Algún día, seguro, nos volveremos a cruzar…


Toda mi historia se ha reducido en estos capítulos a contaros quien era, como era y qué hacía en la playa de Gandia aquel agosto de 1990. Habéis puesto cara al nombre de Belén. Ya os lo agradecí en aquel capítulo donde os contaba quién era, cómo me fui de casa aquella noche y como me despedí de mi padre. Durante estos capítulos habéis recordado mi caso. Habéis formado parte de mi familia virtual al dejarme compartir con vosotros episodios de mi vida que solo conocían los allegados. Os habéis puesto en el sitio de mis padres, y de qué ocurre cuando una hija tuya de 17 años se va a los pubs de la playa de Gandia y ya no vuelve.


Hoy… desde la distancia…., desde el paso de los años… me conforta ver a mi hermano hecho todo un hombre y a mi hermana felizmente casada. Mi hermana hace poco me ha hecho el mejor regalo de mi vida. Desde aquí, desde ese lugar que muchos teméis, yo seguiré aportándoles lo mejor de mí e intentaré guiarles tal y como nuestros padres nos inculcaron.


Gracias hermana por ese regalo que me has hecho y del que siempre cuidaré y estaré orgullosa. Aunque nos conocimos poco porque yo era la mayor, hoy sí que te puedo decir… te quiero tata. Y a ella… que crezca sana y feliz. Y orgullosa de su nombre. Su tía siempre la adorará.

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