Ha
llegado el final, el último capítulo de mi vida, aquella que perdí
en la playa de Gandia la noche del 28 al 29 de agosto de 1990 y que
años después todavía algunos recuerdan y otros no olvidan. Yo
siempre creí en la justicia y en la fe cristiana. Así me educaron
mis padres. Yo no soy nadie para juzgar lo que me hicieron. Me tocó.
Como le hubiera podido tocar a cualquier chica joven como lo era yo.
Simplemente quienes compartimos relación judicial con Roberto
sabemos cómo es y de lo que es capaz. No sé si este depredador
sexual, este psicópata agresivo repleto de músculos, se habrá
arrepentido alguna vez en su vida. Yo creo que no. Lo más chocante
es que no le deseo el mal. Él me lo hizo. Él nos lo hizo a mi
familia. Solo el día en que muera será juzgado por el único que
sí sabe la verdad. Y a él no se le puede ocultar. Me crié en el
seno de una familia muy religiosa. La justicia puede equivocarse. La
fe que he compartido estos 17 años de vida me ha permitido afrontar
mi nuevo estatus y por extensión, esa fe ha mantenido viva y unida
a mi familia. Mis padres y mi hermano y mi hermana, no hubiesen
nunca podido aguantar lo que me ocurrió de no ser por la fe que
profesan. Sé que para algunos de vosotros y vosotras esto os
parecerá irreal, que actuaríais movidos por la sed de venganza.
Nosotros solo actuamos movidos por la fe y por la justicia de hacer
justicia. La terrenal, en la medida de nuestras posibilidades, es
cuestión de tiempo y arrepentimiento. El perdón es mucho más
difícil de conseguir. Él no lo conseguirá de la sociedad. Os lo
aseguro.
Cuando
comenzaba el verano de 1993 y el sol empezaba a mostrar su lado más
fuerte… cuando volvería a calentar con sus rayos imponentes esa
arena fina que tenéis en la playa de Gandia… cuando se iban a
cumplir tres años de mi violación y mi asesinato… cuando algunos
daban por cerrado mi caso, esa tenacidad de mi padre y mi madre, esa
dedicación en cuerpo y alma de los agentes del Cuerpo Nacional de
Policía en Madrid y en Gandia, esa espina clavada que tenían
Celestino y Marchante…, consiguieron aportar ante el juez esos
indicios para que mi nombre volviera a retumbar en la cabeza de mi
asesino. El juez de Gandia ante el giro que estaba dando la
investigación dictó auto de imputación contra Roberto para que
fuera trasladado con urgencia de la cárcel de Carabanchel a Gandia.
La sala
de color caoba con el escudo constitucional detrás marca cierta
distancia entre quien acude voluntariamente y quien lo hace a
requerimiento de un juez o en este caso, un detenido por varias
agresiones sexuales. La tercera planta de los juzgados de Gandia es
fría. Como mi caso. En una parte, debajo del tablón de edictos
judiciales está una rubia despampanante, arreglada y acicalada,
entrando y saliendo a la escalera y empalmando cigarrillos uno
detrás de otro. Es ella. La que tantas veces intentaba negar la
evidencia, la que educó a Roberto, la que le asesoraba sobre la
asfixia sexual. La que nunca dio un bofetón a tiempo ni una
reprimenda a quien iba por ahí destrozando la vida de muchas
chicas, algunas de ellas forzadas a ser mujeres antes de tiempo. Le
incomoda la presencia de una persona en la sala. Es normal. Es el
amigo de mis padres. A ella no le gusta esa amistad. A mí sí.
Gracias por haber estado siempre ahí, a nuestro lado.
Llega
Roberto y lo entran por la puerta que da acceso al despacho del
juez. Los dos guardias civiles que le escoltan, así como los
refuerzos se mantienen de pie cercando a Roberto que, esposado,
sigue mostrando ese aire chulesco que le caracterizó y que le
sirvió para embaucar a muchas chicas. Está cuadrado, practica
full-contact y en la prisión no olvida su cita diaria con el
gimnasio.
Todos
entran en la sala de vistas. Mi abogado, el de Roberto, la Fiscal y
por último lo hace el juez quien, en nada más aclarar los
preceptos ordena a los agentes que traigan al detenido. Roberto pide
que le quiten las esposas para poder declarar mejor. Su Señoría
dice que nanai. Que no. Y Roberto se sienta cabreado. Su repeinado
no le respeta. El Juez le ordena que se levante y que comparezca de
pie y conteste a todo lo que se le pregunta. Roberto insiste en
poder sentarse y ponerse cómodo. Usted se calla y hace lo que le
ordeno. ¡Levántese y respeto a este tribunal! El juez sabe muy
bien a quien tiene delante y lo que representa. Es padre también.
Sabe que no puede dejarse llevar por sentimientos. No quiere
contaminarse de lo que ha hecho con otras chicas hasta hoy el reo
que dice llamarse Roberto. El juez es humano, la justicia no es
humana.
Lo
primero que el juez advierte a todos los presentes es lo que acaba
de firmar: un auto donde se rebela contra la Fiscal y le planta cara
señalando que no ha lugar anular las conversaciones telefónicas
entre Roberto, su hermano y su madre. Pronto protestaron los
abogados de Roberto y la Fiscal. El juez fue implacable e
inflexible. El tiempo transcurrido desde que yo autoricé las
grabaciones y la conexión de los teléfonos por parte de la Policía
fue de cinco días, por tanto, para mí el plazo de los 30 días son
a partir de la conexión no de cuando firmé la autorización.
¿Queda claro? Lo mando y firmo en Gandia…
Y el
dueño del pub PK2 volvió a pasar por la tercera planta de la
Comisaría de Gandia. Esta vez, tres años después de mi asesinato,
sí que conocía a Roberto y sí lo tenía de camarero en julio y
agosto de 1990. Reconoció que mantenía una amistad íntima con
Roberto y que salía con él a veces después de cerrar el pub. Dijo
conocer al matrimonio de Madrid pero nunca supo aportar datos sobre
ellos y se quitó de en medio señalando que esa noche, no estuvo
con Roberto. Tres años después se acordaba que justo esa noche, de
las 60 que estuvo con Roberto, no salió con él. Y no lo dudo, pero
no deja de llamarme la atención. Recordó también que Roberto esa
noche salió de trabajar del pub a las 2,30 porque al día siguiente
se iba a Madrid.
Por fin
el dueño del pub dijo ante el juez que yo había ido varias veces
al pub donde trabajaba Roberto, y que esa noche… mi fatídica
noche sí estuve en PK2 y que hablé con Roberto. Os acordáis que
me preguntó desde la cabina ¿qué buscaba? Las malditas llaves.
Mi
desgracia fue también que los medios que habían cuando a mí me
asesinaron no son los que hoy tenéis. Afortunadamente han mejorado
y especializado. En mi caso, mis padres tuvieron que pedir un
informe médico-legal realizado por expertos forenses donde se puso
en evidencia que en mi autopsia no se estudió nada sobre mí,
únicamente se escribió a duras penas cómo me habían encontrado y
las marcas que tenía. Ya lo sé que os parecerá increíble. Sé
que ahora de nada vale echar las culpas a nadie. Gracias a Dios y a
la Ciencia esto se ha podido mejorar y superar. Lo veis todas las
semanas en CSI. No olvidéis que la realidad siempre supera la
ficción. Y así pues, de mi autopsia no se pudieron aportar datos
como la causa de la muerte exacta, si había ingerido alcohol o
drogas antes de mi muerte, si fue el agua del mar quien me asfixió
por estar inconsciente y sumergida en el agua, si fallecí por
estrangulamiento, etc, etc, etc…
En él
los forenses, a tenor de mi rigidez cadavérica, pudieron aportar su
opinión científica para datar la hora de mi muerte hacia las 3,30
horas de la madrugada del 29 de agosto de 1990. Esa noche, esa hora,
esa coartada que nunca tuvo Roberto… ese fue mi final.
El dato
más revelador del informe médico-legal y que se les había pasado
a todos, incluido los agentes de la Científica que actuaron, fue
cómo me asfixiaron. Todos creían que era una mano derecha quien me
sujetaba por detrás para que otro pudiera violarme y asesinarme.
Craso error. Los forenses aportaron en 1993, tres años después y a
petición de mis padres, la verdad de mi agresión: no fueron
realizadas con una mano derecha. No olvidéis que la regla general
en la práctica médico forense difiere de la técnica de
investigación policial ya que aconseja que no se interpreten los
hallazgos traumáticos para establecer una hipótesis de cómo
pudieron tener lugar los hechos. Lo más adecuado es que, una vez
propuestas una o más teorías, se compruebe si pudieron dar lugar,
o no, a las lesiones encontradas.
Así se
pudo dejar claro que era necesario tener en cuenta la situación de
mi agresor: no es lo mismo que me atacara por delante que por
detrás, dado que las lesiones que yo tenía en el cuello variarían.
Y así logramos dar con ese detalle. Mi agresor era zurdo. Volcó
toda su fuerza y toda su ira sobre mi cuello mientras me violaba.
¿Os acordáis del episodio de la asfixia sexual de Roberto en las
oficinas de su madre con María y Luisa? Pues aquí se dejó claro
que la convexidad de las marcas las había hecho un zurdo. A mí me
violó y asesinó un zurdo.
Y así
quienes durante años no descansaron su mente hasta dar con mi
asesino, lograron reunir pruebas suficientes para encausar a Roberto
y acusarlo de la violación y homicidio de Belén Lomba Fernández.
Todas las agresiones sexuales en la que está implicado reúnen
entre sí características comunes tanto en cuanto a la relación
con las víctimas como las lesiones que produce en ellas y la
reacción posterior a la agresión.
Ya
sabéis que la Justicia tiende siempre a juzgar hechos aislados, en
lugar de personas, tendencia que suele ser alegada por los abogados
con una pretensión de defensa la mayoría de las veces, para hacer
ver siempre la explicación humana que justifica cualquier delito. Y
así lograron sentarlo ante un tribunal en la Audiencia Provincial
de Valencia.
Mi
abogado sacó toda su artillería pesada con esa educación
exquisita y ese hilo de voz que tranquiliza a vivos y muertos.
Desplegó todos sus encantos y mostró que la forma de actuar de
Roberto presenta una continuidad en el tiempo, lo que hace que se le
considere un multiviolador con un índice de peligrosidad y con una
manera de actuar siempre tan igual que constituye sus señas de
identidad como delincuente y como violador.
Todos
los amigos de Roberto hablan de un tipo violento, algunos le
califican de loco, tiene una característica afición por las artes
marciales, es pendenciero y se dedica a actividades más o menos
ligadas con el matonismo, entre ellas vigilante de discoteca. Pero
además tiene una peculiar idea de las mujeres, según quedó
acreditado en un informe psicológico. Por el contrario, a su madre
la tiene mitificada.
Todas
las víctimas de Roberto han sido chicas conocidas por él, jóvenes
con quienes entablaba relación antes y a las que deslumbraba al
principio hasta ganarse su confianza y llevarlas a una situación y
a un lugar donde ellas van confiadas y el perpetra su agresión.
Todas
las victimas de Roberto mostraban siempre las mismas agresiones
durante la violación como son los golpes en la cara y el intento de
estrangulamiento que produce una sensación de asfixia. Conmigo lo
consiguió. A mí sí me mató. En todas ellas dejaba sus señales
en el cuello.
En
todas las agresiones, excepto en la mía, Roberto lejos de huir
permanecía al lado de las víctimas. En un caso en la playa de
Gandia, anterior al mío, se quedó varios días sin separarse de la
cama donde dormía la chica que había violado. En el caso de María
y Luisa, acordaos, se metió en el taxi. En otra tercera, después
de violarla, la llevó en moto hasta su casa advirtiéndole de lo
que le iba a ocurrir si denunciaba. En mi caso, me desnudó
completamente y me tiró al mar llevándose aquella sombra maldita
mi ropa y arrojándola mientras se marchaba a su casa. Es pues un
hombre frío y peligroso que deja a sus víctimas, cuando las deja
vivas, absolutamente aterrorizadas. Un tardó un año en denunciar,
otra no se ha atrevido, otra se lo contó a un amigo pero no se
atreve a decirlo en un juzgado y a mí no me dio tiempo ni me dejó
que pudiera contarlo a nadie. Otros, estas semanas lo han hecho por
mí y lo habéis compartido y sentido conmigo.
Los
abogados de Roberto defendieron su inocencia, basaron los informes
en intentar hacer creer que se le culpaba a Roberto por sus
antecedentes como agresor sexual y no por las pruebas halladas. Ya
os dije cómo quedó la escena del crimen. Ya os dije que los
avances técnicos jugaron en contra de mi… hoy sería impensable
que el furgón del Laboratorio de Actuaciones Especiales, ese furgón
a caballo entre quirófano y sala de autopsias, no apareciese en la
avenida del Nord de la playa de Gandia donde yo aparecí. Hoy ya no
se estudia ni aplica la ciencia forense como se hizo aquel agosto de
1990. No se pudo probar un solo indicio racional, una prueba
irrefutable de que Roberto hubiese estado allí, en la arena,
conmigo buscando las llaves. No hubo principio de transferencia, no
se obtuvo ni una sola epitelial de mis uñas, ni un pelo que le pude
arrancar, nada de nada de nada que afirme al cien por cien o al
menos al 99,9% que Roberto me violó y me asesinó. Caso cerrado,
Caso juzgado. En España no se puede juzgar a una persona dos veces
por el mismo delito. Hemos perdido. Aun así gracias a todos por
ayudarme, me reconforta ver de nuevo a quien me vio por última vez.
Ahora Roberto puede jactarse de haber sido él. Han pasado más de
20 años y mi asesinato, el Crimen de Belén, ha prescrito. Ya no
hay culpable ante la ley. Sí ante mí y ante Dios. Algún día,
seguro, nos volveremos a cruzar…
Toda mi
historia se ha reducido en estos capítulos a contaros quien era,
como era y qué hacía en la playa de Gandia aquel agosto de 1990.
Habéis puesto cara al nombre de Belén. Ya os lo agradecí en aquel
capítulo donde os contaba quién era, cómo me fui de casa aquella
noche y como me despedí de mi padre. Durante estos capítulos
habéis recordado mi caso. Habéis formado parte de mi familia
virtual al dejarme compartir con vosotros episodios de mi vida que
solo conocían los allegados. Os habéis puesto en el sitio de mis
padres, y de qué ocurre cuando una hija tuya de 17 años se va a
los pubs de la playa de Gandia y ya no vuelve.
Hoy…
desde la distancia…., desde el paso de los años… me conforta
ver a mi hermano hecho todo un hombre y a mi hermana felizmente
casada. Mi hermana hace poco me ha hecho el mejor regalo de mi vida.
Desde aquí, desde ese lugar que muchos teméis, yo seguiré
aportándoles lo mejor de mí e intentaré guiarles tal y como
nuestros padres nos inculcaron.
Gracias
hermana por ese regalo que me has hecho y del que siempre cuidaré y
estaré orgullosa. Aunque nos conocimos poco porque yo era la mayor,
hoy sí que te puedo decir… te quiero tata. Y a ella… que crezca
sana y feliz. Y orgullosa de su nombre. Su tía siempre la adorará.
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