Me llamo Kathleen Yvonne, soy inglesa y tengo 44 años. Llegué a Gandia a principios del mes de julio de 2000, hace justo ahora 17 años. Muchos de vosotros no sabréis mi historia y otros, por el contrario, la recordarán vagamente. SaforCrim bautiza los crímenes cometidos en la Safor de una forma peculiar. Y en mi caso, el de una turista que no regresa viva a su tierra, he de reconocer que para que perdure mi caso en la memoria colectiva el nombre del mismo hace que algunos no lo olviden: el Crimen de La Casona. No os alarméis, no tiene nada que ver con el restaurante que había allí y que cerró sus puertas años más tarde. La urbanización Sant Nicolau también tiene un tramo denominado La Casona. Así que, me guste o no, seré para siempre la inglesa asesinada en La Casona. Así pues, el Crimen de La Casona.
Llegué, como os decía, en julio de 2000, pues unos amigos míos me invitaron a pasar mis vacaciones en su casa. Hablaban tan bien del clima y su gente que no me pude resistir. Y llegué a vuestra tierra. Una tierra que, por cierto, era tan idílica como mis amigos ingleses me la habían descrito. Lo ocurrido, es harina de otro costal. Yo había cerrado el billete para regresar a mi gris y fría Inglaterra el 27 de julio así que, durante muchos días disfruté de los rayos de sol clavados en la arena, del ambiente, de su gente, de vuestro mar y sobre todo de la hospitalidad de mis amigos. Gracias a ellos conocí esta tierra y aún hoy siguen sin explicarse cómo me pudo ocurrir. Incluso estoy segura que algo de sentimiento de culpabilidad guardan en algún rincón de su corazón. No les culpo. Ellos han seguido sus vidas. Yo no. Pero no por ello se les puede reclamar el más mínimo reproche. Las cosas suceden y, como en mi caso, son imprevisibles.
Hoy es 24 de julio y hay un gran ambientazo en la playa de Gandia. No sé si es por ser la víspera del Patrón de España, Santiago Apóstol, o como me relataban unos vecinos valencianos de los apartamentos, porque siempre el día de San Jaime es una fecha tórrida, señalada y anteriormente festiva. Ese año, aún recuerdo, me dijeron que el Ayuntamiento de Gandía la había elegido como festiva. Sea como fuere el ambiente era extraordinario, jamás vi tanta gente por la calle divirtiéndose. También es cierto que en mi país natal, estas cosas ni se ven ni se sueñan. Esta claro que el carácter mediterráneo vuestro me fascinó.
Estuve cenando en uno de esos restaurantes o bares como les llamáis por vuestra tierra. Una cena de verano, con fritura de pescado, tellinas, mejillones o clóchinas (lo digo por la discusión de la mesa de al lado) y sobre todo bebida. Mucha bebida. Ver que podías pedir y beber botellas de vino de cualquier región española o incluso pedirte una sangría era para mi un pecado original. Lógicamente, a mis 44 años, yo pequé. Y me lo pasé pipa. ¿se dice así, en español?
Tras la cena anduvimos un rato paseando por ese marco incomparable del paseo de la playa. El olor a mar, el zumbido de las olas, las luces, la gente, los helados, la música, todo era una ciudad abierta al turismo y que os aseguro me enganchó. Solo pensaba en cómo lo contaría a mi regreso a Inglaterra. Y andando y riendo llegamos a un pub que muchos de vosotros desconocéis. Estaba en unas escaleras y una gran terraza. Había un bufet, tiendas, restaurantes, de todo y sobre todo, elevado al mar. Y encima de todo esto, una mole de apartamentos con sus decenas de luces en sus terrazas donde la gente compartía cena y tertulia. Se veía tan idílico que por qué no. Y allí subí. Creo recordar que se llamaba el complejo Aquarium. Y entramos en el pub, y estuvimos charlando y bailando, incluso salimos a la terraza y estuvimos un buen rato en las sillas de mimbre acariciando la poca suave brisa del mar que a esas horas acariciaba mi cuerpo.
Y continuamos bebiendo y hablando. Mirad si bebimos que mi amigo se quedó totalmente dormido en esa sillas. Y no era para menos. La brisa y la cogorza que cogimos no invitaba a menos. Pero no había forma de despertarlo. Y es que los ingleses cuando nos desmelenamos con la bebida allá que vamos. Y alrededor de las cuatro de la madrugada del ya 25 de julio, el camarero nos indicó que iban a cerrar, pues el ruido de recoger las sillas de la terraza así lo atestiguaba. Mi amigo despertó y quería más marcha, le habían dicho que las noches de discoteca en la playa de Gandia son interminables. Supongo que ahora en 2017 siguen siendo igual. Qué suerte tenéis algunos.
El camarero, muy educado él, viendo la escena donde yo me quería ir a casa y mi amigo de marcha se ofreció a llevarme. No penséis mal, el chico lo hizo por bien. Así que acepté dado que, aunque no lo conocía, estaba claro que nosotros los ingleses habíamos sido buenos clientes y no nos olvidaría. Cogió su ciclomotor y me monté en él. Dio algunas vueltas por la playa de Gandia, no sé si para lucir de MILF o para que me diera el aire y no llegara tan ebria a casa. Me dejó, le dí las gracias y se marchó.
Sería alrededor de las seis de la madrugada cuando intenté poner la llave en la cerradura del apartamento. ¿Tu podías? Yo tampoco. Y en ese instante nada más entrar en casa oí una discusión tremenda, supongo que entre mi amigo y mi amiga porque no creo que la culpa fuera mía de llegar tan tarde y en ese estado. O tal vez sí. Eso me hizo sentir culpable y no quería amargarles las vacaciones a mis amigos, por lo que decidí ir a dar una vuelta. Esperar a que los ánimos estuvieran más calmados o que a mí me pasara la cogorza que llevaba encima.
Y anduve. Y me dio el aire. Y me crucé con él. Qué curioso os resultará este término el de cruzarse con él, como en otros crímenes que os ha contado SaforCrim. Y así es, la muerte te puede sorprender en cualquier esquina. Y a mí me sorprendió en forma de José. Parecía atento, educado, y suponía que a sus 30 años no tenía nada que temer, pues mis 14 años de diferencia le impondrían respeto o es que realmente se interesaba por mí. Y estuvimos andando por las calles de la playa. Me explicaba edificios y zonas e incluso, cuando le dije que tenía previsto partir a Inglaterra en dos días, me invitó a conocer zonas nuevas para cuandro regresara de nuevo a España. Sabía que me había quedado prendada de la playa de Gandia y de sus gentes. Era todo un adulador, y eso, a mi edad no parecía tener peligro.
Pasamos por el puerto, me indicó las barcas y la lonja de pescado, luego seguimos y me dijo que el edificio que había a la entrada del Grau antes era un cuartel de la Guardia Civil, y seguimos junto a la vía del tren andando y charlando. Insistió en mostrarme mansiones de chalés que habitaban en una urbanización: La Casona. Yo mostré interés en esa terminología por curiosidad de saber cómo sería esa gran casona. ¿Un hotel?¿Una mansión?¿Un castillo? Véte a saber lo que pasó por mi imaginación en esos instantes. Y seguimos andando… Y nos adentramos en el camino a La Casona…
Y surgió el monstruo de José. Me puso la mano por la cintura y me apretó hacia él. Yo intenté separarme, pues estaba todo oscuro y la bebida ya había sido asimilada por mi sangre. E intentó besarme. Me negué. Le dí un bofetón para que desistiera. Me agarró fuertemente por la cintura y la espalda y estrechó mi cuerpo contra el suyo. Yo intentaba zafarme. No sabía dónde estaba ni cómo regresar a casa. Y me dio un puñetazo certero. De esos que saben dónde y cómo dan. Solo un puñetazo bastó para dejarme inconsciente. Noté que mi cuerpo balanceaba, que estaba a merced de cualquiera, como un saco de patatas que lo arrastras si pesa para cambiarlo de un lugar a otro. Y me dejó caer con cuidado al suelo y me arrastró.
Me metió entre unos arbustos. Lo sentía por el ruido de las hojas al arrastrarme. Noté como seguía besándome y acariciándome. Yo le hablaba. Déjame cerdo. Pero hablaba para mi interior. Ni con toda la fuerza del mundo podía escucharme. Sin embargo, yo sí sentía de cerca su sudoroso cuerpo de demonio. Bajó su mano hasta el muslo y subió lentamente al tiempo que me subía el vestido. Sus manos apretaban mis senos con dureza. Yo me quejaba. Él no me oía. Nadie me oía. Ni en las casas de la urbanización. Era como experimentar la muerte en vida, saber lo que te hacen sin poder decir ni hacer nada. Sacó mis senos por encima del sujetador y con sus dos asquerosas manos los rodeó y me los lamió. No era placer era una cerdada. Tenía su peso sobre mí, y supongo que su cara y sus ojos desencajados. No lo veía pero lo sentía.
Con el vestido a la altura de mi sujetador, el cerdo de José siguió lamiendo mi cuerpo. Sí mi cuerpo, aunque hasta ese momento yo creyera que era dueña de mi cuerpo ese cerdo se adueñó de él sin mi consentimiento. Y notaba como su asquerosa lengua bajaba por mi vientre hasta llegar a la costura de mis braguitas. Las manos que en ese momento aprisionaban mis senos las bajó hasta mis caderas y acto seguido me quitó la parte inferior de mi ropa interior. Noté como besó mi sexo. Incluso os diría que me imaginaba su cara de psicópata sexual. Yo me preguntaba si un hombre, por llamarlo así, de 30 años hace eso ¿sería su primera vez o estaba acostumbrado a adueñarse de cuerpos ajenos? Nunca sabré la respuesta. Y me penetró. Violó mi sexo entre los matorrales de mi idílica Casona. No os doy más detalles de mi asqueroso calvario. Se levantó, lo noté porque se agilizó la presión sobre mí y oí el chasquido de un mechero. Se encendió un cigarrillo mientras me contemplaba, mientras contemplaba a su presa. Allí estaba yo tendida entre zarzales, espatarrada y con el vestido levantado hasta la altura de mi sujetador. Espero volver a la realidad, a la conciencia real para poder contar todo esto y que localicen a este cerdo infrahumano.
Pero no. El muy cabrón después de contemplar a su víctima y de regocijarse viéndome allí tirada como su propia colilla, se volvió a poner sobre mi. No creáis que volvía a violarme. No. Eso, aunque es asqueroso y crea un trauma vital, con ayuda podría salir adelante. Lo que ya no tiene ayuda es la muerte. Y me apretó el cuello. Me asfixió con las cerdas manos que habían manoseado mi cuerpo. Y apretó y apretó hasta que dejé de latir. Una turista inglesa muerta y arrojada en unos matorrales, nadie preguntaría por ella. Como no es de Gandia nadie la echará en falta y, nadie me relacionará con ella, debió pensar José. Y se marchó. Y la luna que yo veía desde el Aquarium fue mi última noche. El alba despuntaba y, supongo, debía de regresar a su casa o a su trabajo. Yo no llegué a ver el sol de aquel 25 de julio de 2000, día de vuestro patrón. A las 8 de la mañana dejé este mundo.
José se fue a una gasolinera cercana y compró gasolina para regresar de nuevo. Ya sabéis una de las máximas del crimen: el asesino vuelve al lugar de los hechos. Vertió la gasolina sobre mi cara y sobre mi sexo, pues todavía estaba yo espatarrada y el rigor mortis ya comenzaba a aparecer. Encendió de nuevo un cigarrillo y con su mechero (otra vez este artilugio clave en otro asesinato en Gandia) me prendió fuego. Quería destrozar mi cara para que fuera irreconocible y borrar además sus huellas de ADN de mi vagina. Me prendió fuego y se marchó. Imaginad por un momento que hubiese regresado al lugar y no me hubiera encontrado. Lo que hubiera dado por ver su cara en ese instante. Pero, una vez más, la realidad supera la ficción. Se marchó mientras yo ardía. Bueno, lo de yo es un decir, lo que quedaba de mi ser. Yo ya había expirado.
Un vecino que paseaba el perro me descubrió y alertó a la Comisaría del Cuerpo Nacional de Policía de Gandia. Inmediatamente acordonaron la escena y comenzaron las investigaciones. Afortunadamente no me quemó las huellas dactilares, lo que apuntaba a una agresión sexual y un asesinato propios de alguien que no lo había planeado milimétricamente. A medida que avanzaba la mañana llegaban más agentes. Esta vez, el Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Policía de Valencia. Con su laboratorio LAE comenzaron a recoger muestras de mi cadáver y de los alrededores. Los pusieron en bolsas y los dataron. En una de esas bolsas había un mechero.
Mi amigo y compañero de farra, y que se había quedado dormido todo borracho en el pub de Aquarium se había ido a casa a dormir la mona como decís los españoles. Durmió y al levantarse y no verme regresó al pub. Y preguntó por mí. Nadie sabía nada. La policía también acudió al pub y localizó a mi amigo inglés y le preguntó. El contó cómo empezó y cómo acabó la noche conmigo. Los agentes registraron el apartamento donde yo estaba con mis amigos. No faltaba nada. Estaban mis joyas, mi dinero y mi pasaporte. Mi amigo era a todas luces, el primer sospechoso. Me conocía y sabía qué día marchaba al Reino Unido. Mi amigo declaró en la Comisaría que no sabía nada y contó nuestra borrachera. Mientras otros agentes preguntaban por el complejo Aquarium el camarero de la moto apareció para iniciar su jornada laboral. Lo interrogaron y contó que me llevó a casa. Dijo la hora exacta en la que me dejó y todo fue corroborado. Incluso la discusión en el apartamento. A la policía le faltaba la pieza del rompecabezas de lo ocurrido entre las 6 y las 8 de la mañana, hora de mi agresión sexual y de mi muerte. Qué familiar os resultará también esto con otro crimen y agresión sexual en la playa de Gandia.
Los de Homicidios de Valencia están hechos de otra pasta. Y lo saben. Comenzaron a reconstruir horas y lugares que, junto con los informes de la autopsia y la inspección ocular fueron hablando por mí. Los errores de un asesino juegan a favor de la policía y de la víctima. Y los agentes, vestidos de particular, acudieron a un bar del Grau de Gandia. Que ¿por qué? Pues porque en un mechero hallado en la zona del crimen ponía Bar… y se supone que, al menos, algún cliente de ese bar recibió o utilizó el mechero. Y pidieron un café. Y sentados en la barra hacían como si hablaran mientras sus ojos se clavaban en todos y cada uno delos clientes que entraban en el bar. Clientes y no clientes. Y cae una copa, y tropieza con la mesa, y luego con una silla. Y los de Homicidios se miran fijamente a los ojos. Este camarero que no sabe quiénes somos nosotros por tanto o es un torpe o está nervioso. Y si está nervioso es porque lo es o porque no ha dormido lo suficiente. Y si uno no duerme lo suficiente es por insomnio o porque la noche la ha deparado fiesta. Y una fiesta puede acabar en borrachera y dolor de cabeza o de otras mil maneras. Y entre esas mil maneras está la de violar y asesinar. El camarero estaba nervioso. Y eso que no sabía que esos dos nuevos clientes vestidos de particular eran de Homicidios. Y se identificaron. Y se puso más nervioso. Le pidieron el DNI y lo pasaron a la Sala del 091. El Jefe de Sala comprobó en la línea de datos sus antecedentes. Y tenía antecedentes. El tanto por cien iba en aumento. Sus contradicciones lo delataron y en el mismo bar, al no concretar qué hizo anoche entre las 6 y las 8 de la mañana, fue detenido y llevado a la Comisaría.
El resto lo hicieron las pruebas que, magníficamente, recogieron los de Homicidios y los de la Comisaría de Gandia en el lugar de mi muerte. Las pruebas, ya se sabe, son irrefutables. Es la ciencia forense contra la barbarie humana en forma de camarero llamado José.
Ese camarero tan amable de 30 años que se cruzó en mi camino y que se llama José, fue condenado por mi agresión sexual y mi asesinato a 22 años de cárcel y a que abonara una indemnización a mis familiares de 150.253 euros, unos 25 millones de pesetas, recordad que ese año entró en vigor el euro. En el juicio se puso de manifiesto que me asesinó por negarme a mantener relaciones sexuales con él y sus explicaciones fueron inverosímiles ya que, al margen de las contradicciones en las que incurrió resultaba llamativa la frialdad con la que expuso lo ocurrido y entonces el juez le dijo que no podía olvidarse lo enorme, desproporcionado y carente de sentido que resultó la violencia desplegada sobre mi persona.
Esta ha sido mi historia. Mi cadáver fue repatriado a Inglaterra. Una turista asesinada en la playa de Gandia. Una más. Pero esta vez, mi asesino ha pagado, aunque con ello no me devuelva la vida, al menos sé que se hizo justicia. Mis amigos y mis familiares me lloraron pero se sintieron aliviados a la vez. Volví a casa, a mi verdadera casa, pero no el 27 de julio y por mi propio pie, sino en una caja de madera y con una historia horrible que ni a mi peor enemigo le deseo que sufra. Gracias a quienes pusieron tanto empeño en esclarecer mi asesinato, pues una turista que no conoce a nadie y está unos días de vacaciones, no es un caso fácil de resolver. Cuando habléis de vuestra Policía pensad en mi caso. Lo resolvieron ellos. Y como reza a la entrada de algunos sitios, un cadáver habla más muerto que vivo. Y yo hablé y, por fin, alguien me entendió.


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