viernes, 31 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LOS CHINOS (3)


Sigo agazapado entre los zarzales de la gasolinera. Veo cómo salen del 53 de Calderón de la Barca, de nuestra casa, de donde tantas y tantas horas hemos compartido y departido todos nosotros como buenos compatriotas. Nos tenemos que ayudar unos a otros. Pero éstos, no han venido a ayudar. Sale el primero. Sigiloso. Silencioso. Se abrocha la americana. Mira a diestro y siniestro. A derecha e izquierda. Vía libre. Y sale del portal seguido por los otros tres. El Mercedes negro sigue en marcha, en un silencioso ralentí, a la espera de si hay que salir huyendo. Pero son profesionales. Ellos son elegidos. Silenciosos, palabra que repito una y mil veces porque forma parte de nuestro ADN. El silencio y la ley; el pasar inadvertidos; el no integrarnos mucho en la sociedad; en solo saludar y siempre trabajar; en no mantener más contacto que el esencial con los vecinos. Así somos y así nos conocen.

Abren las puertas del coche y suben. Con una calculadísima y milimetrada maniobra el chófer pisa el acelerador suavemente y sin levantar la más mínima sospecha, el Mercedes desaparece en busca de la carretera de Valencia. Pasan unos segundos... unos minutos... qué se yo. A veces parecía corto y a veces largo ese espacio de tiempo que aguardo titubeando si es el momento o no de cruzar la calle y subir al piso. No se nada de ellos y en mi cabeza está todavía la fría y pálida Mei. No quieron pensar que les haya sucedido lo mismo a Suli, Li, Haoyi y Chi. He de afrontar la realidad y, al menos, atreverme a subir hablar con ellos que me cuenten lo que querían o el ultimatum que les han dado nuestros hombres de negro y yo contarles también lo que he visto en el restaurante. No sé cómo lo voy a afrontar. Ni tan siquiera me he preguntado qué va a suceder cuando les cuente que Mei está muerta; no sé si han reparado en avisar a alguien, a las autoridades, a nuestro tío y a nuestro primo; o si tenemos que enterrarla o hacer desaparecer su cuerpo.... es que no me da para más, para pensar... y he de subir... he de afrontar la realidad si es que la hay.... si te caes siete veces, te tienes que levantar ocho...


Saco la llave de mi bolsillo, de ese mini bolsillo que llevamos los camareros cuando vestimos el pantalón negro y la camisa blanca. Sí, es muy pequeñito, a la derecha y justo bajo la línea del cinturón. La saco y la introduzco en el portal, abro y subo a pie. No se oye nada, es pleno invierno y ya a esta hora de la noche duermen la mayoría de vecinos. Subo las escaleras del rellano, y me dirijo al primer piso, doy la vuelta y subo al segundo.... a medida que me acerco se me acelera el corazón. No sé, instintos naturales o que las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos. Allá voy. Mi llavero es solo un aro metálico, sin nombre ni dirección, una simple anilla con las dos llaves, la del portal y la de arriba. La introduzco en la cerradura y abro despacito, como quien entreabre una puerta para mirar ocultamente algo sin querer ser visto.... no se oye nada. A nadie. No hay luz. Es extraño. Y sé a ciencia cierta que no se han llevado a mis compañeros y amigos. Estar están; o no están; o sí, pero no pueden hablar y pedir socorro y ayuda; o tal vez no estuvieran como yo y hayan tenido suerte por llamarla de alguna manera. Mi padre me decía que es fácil esquivar la lanza, mas no el puñal oculto. Y eso es justo lo que me pasa a mi ahora mismo por el cuerpo. Atravieso unos centímetros la puerto, alzo el brazo y alargo la mano. Ahí está la caja del registro, de las conexiones eléctricas. Tocando tocando me doy cuenta que no hay ninguna activada, que están todas bajadas. Repaso con los dedos a la larga, de derecha a izquierda, y sí. Están todos en la misma posición. Comienzo a ir subiendo uno a uno sin acordarme o saber si son del salón, la cocina, el baño o las habitaciones. Y al mismo tiempo, en la misma fracción de segundo pongo los dos pies en el piso y cierro la puerta con la otra mano que me quedaba libre....

Lo primero que veo es a Haoyi tendido en el suelo del pasillo rodeado de un gran charco de sangre. Me quedo petrificado, tan helado como mi amiga Mei. No consigo tragar ni saliva. No atisbo ni a moverme. Estoy paralizado ante lo que veo. Es él, es Haoyi. Antes de dar un paso si es que consigo coordinar mis movimientos, recorro de arriba a bajo el pasillo. No hay nadie. Se sigue sin oír nada. Me percato de una gran mancha en la pared, a poco más de metro y medio de altura. Tiene una forma muy peculiar, variada, uniforme, de salpicadura. Y es direccional. Luego bajo la mirada y se ve el recorrido del reguero que arrastraba agonizando los últimos alés en vida de mi amigo y compatriota. Le miro la cara y está mirándome. Tiene una mano doblada con los dedos rotos y otra cerca del tórax. Intentaba taponarse. Le han asestado un certero y duro corte en la yugular. Los borbotones así lo atestiguan. Debe ser con algún cuchillo de hoja fina y grande, de esos que corta el agua....

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