viernes, 31 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LOS CHINOS (3)


Sigo agazapado entre los zarzales de la gasolinera. Veo cómo salen del 53 de Calderón de la Barca, de nuestra casa, de donde tantas y tantas horas hemos compartido y departido todos nosotros como buenos compatriotas. Nos tenemos que ayudar unos a otros. Pero éstos, no han venido a ayudar. Sale el primero. Sigiloso. Silencioso. Se abrocha la americana. Mira a diestro y siniestro. A derecha e izquierda. Vía libre. Y sale del portal seguido por los otros tres. El Mercedes negro sigue en marcha, en un silencioso ralentí, a la espera de si hay que salir huyendo. Pero son profesionales. Ellos son elegidos. Silenciosos, palabra que repito una y mil veces porque forma parte de nuestro ADN. El silencio y la ley; el pasar inadvertidos; el no integrarnos mucho en la sociedad; en solo saludar y siempre trabajar; en no mantener más contacto que el esencial con los vecinos. Así somos y así nos conocen.

Abren las puertas del coche y suben. Con una calculadísima y milimetrada maniobra el chófer pisa el acelerador suavemente y sin levantar la más mínima sospecha, el Mercedes desaparece en busca de la carretera de Valencia. Pasan unos segundos... unos minutos... qué se yo. A veces parecía corto y a veces largo ese espacio de tiempo que aguardo titubeando si es el momento o no de cruzar la calle y subir al piso. No se nada de ellos y en mi cabeza está todavía la fría y pálida Mei. No quieron pensar que les haya sucedido lo mismo a Suli, Li, Haoyi y Chi. He de afrontar la realidad y, al menos, atreverme a subir hablar con ellos que me cuenten lo que querían o el ultimatum que les han dado nuestros hombres de negro y yo contarles también lo que he visto en el restaurante. No sé cómo lo voy a afrontar. Ni tan siquiera me he preguntado qué va a suceder cuando les cuente que Mei está muerta; no sé si han reparado en avisar a alguien, a las autoridades, a nuestro tío y a nuestro primo; o si tenemos que enterrarla o hacer desaparecer su cuerpo.... es que no me da para más, para pensar... y he de subir... he de afrontar la realidad si es que la hay.... si te caes siete veces, te tienes que levantar ocho...


Saco la llave de mi bolsillo, de ese mini bolsillo que llevamos los camareros cuando vestimos el pantalón negro y la camisa blanca. Sí, es muy pequeñito, a la derecha y justo bajo la línea del cinturón. La saco y la introduzco en el portal, abro y subo a pie. No se oye nada, es pleno invierno y ya a esta hora de la noche duermen la mayoría de vecinos. Subo las escaleras del rellano, y me dirijo al primer piso, doy la vuelta y subo al segundo.... a medida que me acerco se me acelera el corazón. No sé, instintos naturales o que las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan solo deseos. Allá voy. Mi llavero es solo un aro metálico, sin nombre ni dirección, una simple anilla con las dos llaves, la del portal y la de arriba. La introduzco en la cerradura y abro despacito, como quien entreabre una puerta para mirar ocultamente algo sin querer ser visto.... no se oye nada. A nadie. No hay luz. Es extraño. Y sé a ciencia cierta que no se han llevado a mis compañeros y amigos. Estar están; o no están; o sí, pero no pueden hablar y pedir socorro y ayuda; o tal vez no estuvieran como yo y hayan tenido suerte por llamarla de alguna manera. Mi padre me decía que es fácil esquivar la lanza, mas no el puñal oculto. Y eso es justo lo que me pasa a mi ahora mismo por el cuerpo. Atravieso unos centímetros la puerto, alzo el brazo y alargo la mano. Ahí está la caja del registro, de las conexiones eléctricas. Tocando tocando me doy cuenta que no hay ninguna activada, que están todas bajadas. Repaso con los dedos a la larga, de derecha a izquierda, y sí. Están todos en la misma posición. Comienzo a ir subiendo uno a uno sin acordarme o saber si son del salón, la cocina, el baño o las habitaciones. Y al mismo tiempo, en la misma fracción de segundo pongo los dos pies en el piso y cierro la puerta con la otra mano que me quedaba libre....

Lo primero que veo es a Haoyi tendido en el suelo del pasillo rodeado de un gran charco de sangre. Me quedo petrificado, tan helado como mi amiga Mei. No consigo tragar ni saliva. No atisbo ni a moverme. Estoy paralizado ante lo que veo. Es él, es Haoyi. Antes de dar un paso si es que consigo coordinar mis movimientos, recorro de arriba a bajo el pasillo. No hay nadie. Se sigue sin oír nada. Me percato de una gran mancha en la pared, a poco más de metro y medio de altura. Tiene una forma muy peculiar, variada, uniforme, de salpicadura. Y es direccional. Luego bajo la mirada y se ve el recorrido del reguero que arrastraba agonizando los últimos alés en vida de mi amigo y compatriota. Le miro la cara y está mirándome. Tiene una mano doblada con los dedos rotos y otra cerca del tórax. Intentaba taponarse. Le han asestado un certero y duro corte en la yugular. Los borbotones así lo atestiguan. Debe ser con algún cuchillo de hoja fina y grande, de esos que corta el agua....

jueves, 30 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LOS CHINOS (2)

Salgo del restaurante sin que me vea nadie. No se qué hacer. No se si huir. No se a quién acudir. Mei ya es historia. Han acabado con ella y de qué manera más cruel. Así sin piedad; sin remordimiento; sin titubeos; y yo lo único que he podido hacer ha sido acariciarle el pelo, ese pelo negro que redondeaba una cara de piel blanca, fina, tersa y suave. Tiene escarcha en los párpados que, a medio cerrar, dejan entrever que fue sorprendida por ellos; que no se lo esperaba ni los esperaba. ¡Pobrecita! Parecía tan frágil y tan atenta que podría haber sido una excelente persona al frente de cualquier negocio chino. Se estaba adaptando a occidente pero sabe, por familia y tradición, que la deuda de venir, la deuda de abrir, y la deuda de tu vida, es de ellos. Tan joven y nada ingenua ante la llegada de sus cuatro verdugos.

Deambulo sin rumbo por varias calles de Gandia. Primero hacia la de Alzira, luego bajo por Plus Ultra buscando la estación de tren. Allí en ese árbol grande que parte la calzada me apoyo. No se qué hacer. Llamar, alertar o marchar. Sigo andando por unas escaleras que bajan a una calle de casas iguales. Las recorro sin cruzarme con nadie. Sigo dándole vueltas a aquella fría mirada de la nevera, a aquella tez blanca de pálida mirada. No me lo quito de la cabeza. Regreso sobre mis pasos y subo de nuevo esa pequeña cuesta empinada. Veo la gasolinera y me hago el ánimo. Hay que ir, hay que cruzar, hay que pasar...


Agazapado, entre los arbustos de la gasolinera los diviso. Son ellos. Aún en la fría y oscura noche helada de un 27 de diciembre, se les reconoce. Altos, flacos, con traje, sin inmutarse y sin levantar sospechas. Yo ya los caté en mi país. Se cómo son, cómo piensan y cómo actúan. No pueden regresar sin haber cumplido el cometido. El coche está en marcha. Es un Mercedes de color negro. De él se han bajado los cuatro. Andan unos metros desde la esquina, dos delante y dos detrás, hasta el portal del 53 de Calderón de la Barca. Es ahí. Mientras dos simulan que entran al portal a llamar al fonoporta, los otros dos miran a derecha e izquierda de la calle. Está solitaria. Es de noche y hace frío. La gente se reserva para la nochevieja. No hay ganas de jaleo y las ventanas, rodeadas algunas de luces de Navidad, permanecen cerradas a cal y canto.

Segundo izquierda. Llaman. Dicen una contraseña y les abren. No lo quiero ver. No lo puedo remediar. No puedo hacer nada. Mi indefensión se apodera de mi y le doy un puñetazo a una señal que hay en la gasolinera. No es justo. No hay derecho. Se que es mi cultura, mi religión, mi... mi todo, pero no es justo. No lo es por unos minutos.... hubiera podido advertirles que venían, que llegaban, o simplemente que habían estado en el restaurante. Yo ya había estado en él. Sabía que era su sello y que venían a lo que venían... simplemente que me hubiesen dado unos minutos... tal vez todo hubiese cambiado. O tal vez no. Quizá no hoy o mañana, pero sí este año. Quizá los hubiera salvado, pero por poco tiempo. En esta comunidad donde impera la ley del silencio, todos saben dónde nos ocultamos y quiénes somos. No hay salida. Es un callejón. Por eso, no se a veces si es mejor haber llegado antes que ellos al piso para advertirlos; llegar al mismo tiempo y ver a los verdugos que ejecutarán fríamente el cobro de la muerte; o llegar esos segundos después y poder desaparecer entre la gélida noche gandiense que saborea los últimos coletazos de este 1993. Es el destino o es la suerte la que me rodea. No atisbo a saber si merezco yo vivir con esto o ser el único superviviente. No lo llego a comprender. Si actúo seré uno más de esta matanza de chinos. No serán cinco sino seis. No se hablará del quíntuple asesinato de los chinos en Gandia sino del séxtuple. ¿Vale la pena? ¿Arriesgo, salgo y subo al piso o me oculto y espero cobardemente a que el trabajo esté finiquitado? No se si puedo ayudar o canalizar ese poderío en ayudarme a mi mismo. Son mis compatriotas. Son ellos. Somos todos. No lo comprenderán y tarde o temprano, ellos u otros clanes, súbditos todos ellos el silencio amurallado que nos rodea, pondrán fin a mis días. Saben que tenemos restaurantes y locales por Cullera, en Tavernes y en Gandia. También nuestros familiares poseen diversos locales en China. Es imposible huir de ellos. Están por todas partes; en todos los países; en todos los rincones donde haya un farolillo rojo y unas letras en forma de pictogramas. Desde la dinastía Han, dos siglos antes de Cristo, que todos identificamos lo mismo.

Si me planto en el piso soy presa fácil. No me van a escuchar ni tan siquiera dejar explicarme. Ya no hay más plazos. Hay que pagar. Y han venido a cobrar. Y lo hacen....

miércoles, 29 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LOS CHINOS (1)



Me llamo Hu. Aunque ya no importa cómo me llame. El crimen ha prescrito y ya ninguna acusación por muy verídica o falsa que fuera me puede afectar. Por eso he decidido contaros todo lo que vi aquel día lleno de horror y cuyas imágenes me golpean siempre en lo más hondo de mi mente. El subconsciente sabe que, aunque dormidas, están ahí. Y salen de vez en cuando. No se si es una película de terror o que, en demasiadas ocasiones, la realidad continua superando la ficción.

No es que supiera que iba a pasar, pero algo me temía. Y lo temía porque estas cosas son así. Los pactos de por vida son eso, pactos de sangre. Lo único que me reconforta es que fue rápido. Así actúan las mafias. Ellos tal vez ni tuvieron tiempo a resistirse. Sabían que, un día u otro, alguien vendría a cobrarse en muerte lo que ya no puedes pagar en vida. Y así fue. Y así ocurrió.

Es sábado, primer día del año nuevo. Han pasado varios días y ya comienzan a echarnos en falta. El restaurante sigue cerrado. Lo ha estado en los últimos días. La compra para el cotillón permanece intacta en neveras, congeladores y estanterías. No hay redes sociales para comentar que El Ciudad de Mar no ha abierto y ha dejado colgados a muchos clientes que pensaban despedir el año con nosotros. Unos lo han despedido de verdad mucho antes. Y sin tiempo a despedirse de los suyos.

Entro en el restaurante por la ventana. Rompo el cristal. No se oye nada más que el ruido de las cámaras frigoríficas. Con sigilo, voy dando pasos y acercándome a la cocina. Abro la luz no sin antes tropezar con una bandeja que parecía estar preparada para salir. Eso ya me extrañó. No había nada en ella. No había nadie. La cocina debería estar limpia como una patena. Observo a mi alrededor. Silencio total. Apoyado sobre la pared y pasando las manos por detrás voy avanzando intentando dar pequeñas zancadas. La luz tenue que entra ilumina el borde de la bandeja a través de la rendija de la cocina desde donde se dejan los platos para servir. Está sucia. Más bien manchada. No es salsa agridulce, nosotros no la ponemos así ni tiene ese color tan negruzco. Me parece todo tan extraño... sigo recorriendo la cocina hasta llegar al interruptor. Le doy y se encienden las luces de la cocina.

Me acerco a la bandeja y toco con el dedo la mancha. No es salsa. Es sangre. Un frío escalofrío recorre mi espina dorsal. Algo ha ocurrido y me temo lo peor. Sabía que podría pasar. Estábamos avisados. No puede ser, no. Y un nudo en el estómago se apodera de mi. Con sudor en la frente y frío en el cuerpo doy la vuelta a la mesa central de la cocina y veo la mancha en el suelo, en la silla y en el resto del mobiliario de acero inoxidable. Hay mucha sangre. Está coagulada. Mas bien diría que seca. Lleva ahí varios días. No hay huellas de pisadas sobre ella, ni que se acerquen ni alejen. Lo han hecho desde aquí. Con certeza, limpieza y a conciencia. El reguero no miente y acaba justo en la nevera... Hay sangre también en el cajón de los cubiertos... Ando o levito, no lo sé; no lo noto, no lo siento. No se si mi instinto me lleva o soy yo quien no queriendo abrir, abro la nevera.

La veo y giro rápidamente la cabeza. No desprende olor pese a llevar varios días muerta. Vuelvo de nuevo la cabeza y la miro. Allí está Mei metida. El frío ha hecho mella en ella. Se ha quedado tal cual la han dejado. Al menos no la han tirado. Sus finos y blancos brazos le tapan su delgada cara. Los tiene en posición de defensa y sus manos le cubren la cabeza. Les vio venir. Sabía a lo que venían. La pobre... tan frágil... Me acerco y veo que le han dado bien. Un corte seco y certero. De profesional. Le han abierto la cabeza y ella, arrinconada, sentada sobre el suelo, llorando y suplicando se tapaba la cara, los oídos y parte de la cabeza. Y... zas... Ya está. Ejecutado silenciosamente. Uno de ellos, de los cuatro, saca el hacha de cortar la carne que le acaba de clavar en la cabeza. Cuesta. Apoya su pie en los azulejos de la pared. Y extrae el arma homicida. Ni la limpia. La contempla y ve que por ambas partes la sangre gotea y cae al suelo. El filo del hacha está lleno de restos de cuero cabelludo. Sin inmutarse se dirige al centro de la cocina y abre un cajón. Allí deja el arma. Ni la limpia. No tiene huellas en el mango. No hace falta, son profesionales. Y dejan ver el mensaje en forma de aviso para el resto, en el interior del cajón.

La contemplo así, tan callada, blanca y silenciosa, tan educada y tan... Mei. Atisbo a ver que uno de sus dedos meñiques le cuelga. Y pienso en lo que ha tenido que sufrir... recibir el hachazo sentada y arrinconada cubriéndose con sus manos la cabeza. Ahora ya está. No valen excusas ni remordimientos. Han estado aquí. Han venido y han cumplido su promesa. Su objetivo es el que es, por eso los manda mi Comunidad. La comunidad donde impera la ley del silencio. Hoy, lo he roto yo ese silencio por eso os cuento lo que vi, cómo lo vi y lo que tuve que vivir.

Tras pensar en Mei y verla allí, solo pienso en huir; en marchar; en desaparecer; se que vaya donde vaya me encontraran, porque así es la ley, la tradición, las deudas... y las tríadas. Se que tengo un pacto de por vida, un pacto de sangre, pero no se si puedo aguantar sabiendo lo que le han hecho a ella, lo que le estarán haciendo a mis otros compañeros de trabajo e incluso a familiares. Es lo que me espera a mi. He de huir. Tengo que marcharme. Y he de pasar por allí. Por casa. ¿Estarán o no? Espero no verlos ni que me vean...se que es un pacto de sangre, un pacto de por vida, pero ahora es la mía, mi vida o sin ella....

EL CRIMEN DE BELÉN (7ª parte y final)




Ha llegado el final, el último capítulo de mi vida, aquella que perdí en la playa de Gandia la noche del 28 al 29 de agosto de 1990 y que años después todavía algunos recuerdan y otros no olvidan. Yo siempre creí en la justicia y en la fe cristiana. Así me educaron mis padres. Yo no soy nadie para juzgar lo que me hicieron. Me tocó. Como le hubiera podido tocar a cualquier chica joven como lo era yo. Simplemente quienes compartimos relación judicial con Roberto sabemos cómo es y de lo que es capaz. No sé si este depredador sexual, este psicópata agresivo repleto de músculos, se habrá arrepentido alguna vez en su vida. Yo creo que no. Lo más chocante es que no le deseo el mal. Él me lo hizo. Él nos lo hizo a mi familia. Solo el día en que muera será juzgado por el único que sí sabe la verdad. Y a él no se le puede ocultar. Me crié en el seno de una familia muy religiosa. La justicia puede equivocarse. La fe que he compartido estos 17 años de vida me ha permitido afrontar mi nuevo estatus y por extensión, esa fe ha mantenido viva y unida a mi familia. Mis padres y mi hermano y mi hermana, no hubiesen nunca podido aguantar lo que me ocurrió de no ser por la fe que profesan. Sé que para algunos de vosotros y vosotras esto os parecerá irreal, que actuaríais movidos por la sed de venganza. Nosotros solo actuamos movidos por la fe y por la justicia de hacer justicia. La terrenal, en la medida de nuestras posibilidades, es cuestión de tiempo y arrepentimiento. El perdón es mucho más difícil de conseguir. Él no lo conseguirá de la sociedad. Os lo aseguro.


Cuando comenzaba el verano de 1993 y el sol empezaba a mostrar su lado más fuerte… cuando volvería a calentar con sus rayos imponentes esa arena fina que tenéis en la playa de Gandia… cuando se iban a cumplir tres años de mi violación y mi asesinato… cuando algunos daban por cerrado mi caso, esa tenacidad de mi padre y mi madre, esa dedicación en cuerpo y alma de los agentes del Cuerpo Nacional de Policía en Madrid y en Gandia, esa espina clavada que tenían Celestino y Marchante…, consiguieron aportar ante el juez esos indicios para que mi nombre volviera a retumbar en la cabeza de mi asesino. El juez de Gandia ante el giro que estaba dando la investigación dictó auto de imputación contra Roberto para que fuera trasladado con urgencia de la cárcel de Carabanchel a Gandia.


La sala de color caoba con el escudo constitucional detrás marca cierta distancia entre quien acude voluntariamente y quien lo hace a requerimiento de un juez o en este caso, un detenido por varias agresiones sexuales. La tercera planta de los juzgados de Gandia es fría. Como mi caso. En una parte, debajo del tablón de edictos judiciales está una rubia despampanante, arreglada y acicalada, entrando y saliendo a la escalera y empalmando cigarrillos uno detrás de otro. Es ella. La que tantas veces intentaba negar la evidencia, la que educó a Roberto, la que le asesoraba sobre la asfixia sexual. La que nunca dio un bofetón a tiempo ni una reprimenda a quien iba por ahí destrozando la vida de muchas chicas, algunas de ellas forzadas a ser mujeres antes de tiempo. Le incomoda la presencia de una persona en la sala. Es normal. Es el amigo de mis padres. A ella no le gusta esa amistad. A mí sí. Gracias por haber estado siempre ahí, a nuestro lado.


Llega Roberto y lo entran por la puerta que da acceso al despacho del juez. Los dos guardias civiles que le escoltan, así como los refuerzos se mantienen de pie cercando a Roberto que, esposado, sigue mostrando ese aire chulesco que le caracterizó y que le sirvió para embaucar a muchas chicas. Está cuadrado, practica full-contact y en la prisión no olvida su cita diaria con el gimnasio.


Todos entran en la sala de vistas. Mi abogado, el de Roberto, la Fiscal y por último lo hace el juez quien, en nada más aclarar los preceptos ordena a los agentes que traigan al detenido. Roberto pide que le quiten las esposas para poder declarar mejor. Su Señoría dice que nanai. Que no. Y Roberto se sienta cabreado. Su repeinado no le respeta. El Juez le ordena que se levante y que comparezca de pie y conteste a todo lo que se le pregunta. Roberto insiste en poder sentarse y ponerse cómodo. Usted se calla y hace lo que le ordeno. ¡Levántese y respeto a este tribunal! El juez sabe muy bien a quien tiene delante y lo que representa. Es padre también. Sabe que no puede dejarse llevar por sentimientos. No quiere contaminarse de lo que ha hecho con otras chicas hasta hoy el reo que dice llamarse Roberto. El juez es humano, la justicia no es humana.


Lo primero que el juez advierte a todos los presentes es lo que acaba de firmar: un auto donde se rebela contra la Fiscal y le planta cara señalando que no ha lugar anular las conversaciones telefónicas entre Roberto, su hermano y su madre. Pronto protestaron los abogados de Roberto y la Fiscal. El juez fue implacable e inflexible. El tiempo transcurrido desde que yo autoricé las grabaciones y la conexión de los teléfonos por parte de la Policía fue de cinco días, por tanto, para mí el plazo de los 30 días son a partir de la conexión no de cuando firmé la autorización. ¿Queda claro? Lo mando y firmo en Gandia…


Y el dueño del pub PK2 volvió a pasar por la tercera planta de la Comisaría de Gandia. Esta vez, tres años después de mi asesinato, sí que conocía a Roberto y sí lo tenía de camarero en julio y agosto de 1990. Reconoció que mantenía una amistad íntima con Roberto y que salía con él a veces después de cerrar el pub. Dijo conocer al matrimonio de Madrid pero nunca supo aportar datos sobre ellos y se quitó de en medio señalando que esa noche, no estuvo con Roberto. Tres años después se acordaba que justo esa noche, de las 60 que estuvo con Roberto, no salió con él. Y no lo dudo, pero no deja de llamarme la atención. Recordó también que Roberto esa noche salió de trabajar del pub a las 2,30 porque al día siguiente se iba a Madrid.


Por fin el dueño del pub dijo ante el juez que yo había ido varias veces al pub donde trabajaba Roberto, y que esa noche… mi fatídica noche sí estuve en PK2 y que hablé con Roberto. Os acordáis que me preguntó desde la cabina ¿qué buscaba? Las malditas llaves.


Mi desgracia fue también que los medios que habían cuando a mí me asesinaron no son los que hoy tenéis. Afortunadamente han mejorado y especializado. En mi caso, mis padres tuvieron que pedir un informe médico-legal realizado por expertos forenses donde se puso en evidencia que en mi autopsia no se estudió nada sobre mí, únicamente se escribió a duras penas cómo me habían encontrado y las marcas que tenía. Ya lo sé que os parecerá increíble. Sé que ahora de nada vale echar las culpas a nadie. Gracias a Dios y a la Ciencia esto se ha podido mejorar y superar. Lo veis todas las semanas en CSI. No olvidéis que la realidad siempre supera la ficción. Y así pues, de mi autopsia no se pudieron aportar datos como la causa de la muerte exacta, si había ingerido alcohol o drogas antes de mi muerte, si fue el agua del mar quien me asfixió por estar inconsciente y sumergida en el agua, si fallecí por estrangulamiento, etc, etc, etc…


En él los forenses, a tenor de mi rigidez cadavérica, pudieron aportar su opinión científica para datar la hora de mi muerte hacia las 3,30 horas de la madrugada del 29 de agosto de 1990. Esa noche, esa hora, esa coartada que nunca tuvo Roberto… ese fue mi final.


El dato más revelador del informe médico-legal y que se les había pasado a todos, incluido los agentes de la Científica que actuaron, fue cómo me asfixiaron. Todos creían que era una mano derecha quien me sujetaba por detrás para que otro pudiera violarme y asesinarme. Craso error. Los forenses aportaron en 1993, tres años después y a petición de mis padres, la verdad de mi agresión: no fueron realizadas con una mano derecha. No olvidéis que la regla general en la práctica médico forense difiere de la técnica de investigación policial ya que aconseja que no se interpreten los hallazgos traumáticos para establecer una hipótesis de cómo pudieron tener lugar los hechos. Lo más adecuado es que, una vez propuestas una o más teorías, se compruebe si pudieron dar lugar, o no, a las lesiones encontradas.


Así se pudo dejar claro que era necesario tener en cuenta la situación de mi agresor: no es lo mismo que me atacara por delante que por detrás, dado que las lesiones que yo tenía en el cuello variarían. Y así logramos dar con ese detalle. Mi agresor era zurdo. Volcó toda su fuerza y toda su ira sobre mi cuello mientras me violaba. ¿Os acordáis del episodio de la asfixia sexual de Roberto en las oficinas de su madre con María y Luisa? Pues aquí se dejó claro que la convexidad de las marcas las había hecho un zurdo. A mí me violó y asesinó un zurdo.


Y así quienes durante años no descansaron su mente hasta dar con mi asesino, lograron reunir pruebas suficientes para encausar a Roberto y acusarlo de la violación y homicidio de Belén Lomba Fernández. Todas las agresiones sexuales en la que está implicado reúnen entre sí características comunes tanto en cuanto a la relación con las víctimas como las lesiones que produce en ellas y la reacción posterior a la agresión.


Ya sabéis que la Justicia tiende siempre a juzgar hechos aislados, en lugar de personas, tendencia que suele ser alegada por los abogados con una pretensión de defensa la mayoría de las veces, para hacer ver siempre la explicación humana que justifica cualquier delito. Y así lograron sentarlo ante un tribunal en la Audiencia Provincial de Valencia.


Mi abogado sacó toda su artillería pesada con esa educación exquisita y ese hilo de voz que tranquiliza a vivos y muertos. Desplegó todos sus encantos y mostró que la forma de actuar de Roberto presenta una continuidad en el tiempo, lo que hace que se le considere un multiviolador con un índice de peligrosidad y con una manera de actuar siempre tan igual que constituye sus señas de identidad como delincuente y como violador.


Todos los amigos de Roberto hablan de un tipo violento, algunos le califican de loco, tiene una característica afición por las artes marciales, es pendenciero y se dedica a actividades más o menos ligadas con el matonismo, entre ellas vigilante de discoteca. Pero además tiene una peculiar idea de las mujeres, según quedó acreditado en un informe psicológico. Por el contrario, a su madre la tiene mitificada.


Todas las víctimas de Roberto han sido chicas conocidas por él, jóvenes con quienes entablaba relación antes y a las que deslumbraba al principio hasta ganarse su confianza y llevarlas a una situación y a un lugar donde ellas van confiadas y el perpetra su agresión.


Todas las victimas de Roberto mostraban siempre las mismas agresiones durante la violación como son los golpes en la cara y el intento de estrangulamiento que produce una sensación de asfixia. Conmigo lo consiguió. A mí sí me mató. En todas ellas dejaba sus señales en el cuello.


En todas las agresiones, excepto en la mía, Roberto lejos de huir permanecía al lado de las víctimas. En un caso en la playa de Gandia, anterior al mío, se quedó varios días sin separarse de la cama donde dormía la chica que había violado. En el caso de María y Luisa, acordaos, se metió en el taxi. En otra tercera, después de violarla, la llevó en moto hasta su casa advirtiéndole de lo que le iba a ocurrir si denunciaba. En mi caso, me desnudó completamente y me tiró al mar llevándose aquella sombra maldita mi ropa y arrojándola mientras se marchaba a su casa. Es pues un hombre frío y peligroso que deja a sus víctimas, cuando las deja vivas, absolutamente aterrorizadas. Un tardó un año en denunciar, otra no se ha atrevido, otra se lo contó a un amigo pero no se atreve a decirlo en un juzgado y a mí no me dio tiempo ni me dejó que pudiera contarlo a nadie. Otros, estas semanas lo han hecho por mí y lo habéis compartido y sentido conmigo.


Los abogados de Roberto defendieron su inocencia, basaron los informes en intentar hacer creer que se le culpaba a Roberto por sus antecedentes como agresor sexual y no por las pruebas halladas. Ya os dije cómo quedó la escena del crimen. Ya os dije que los avances técnicos jugaron en contra de mi… hoy sería impensable que el furgón del Laboratorio de Actuaciones Especiales, ese furgón a caballo entre quirófano y sala de autopsias, no apareciese en la avenida del Nord de la playa de Gandia donde yo aparecí. Hoy ya no se estudia ni aplica la ciencia forense como se hizo aquel agosto de 1990. No se pudo probar un solo indicio racional, una prueba irrefutable de que Roberto hubiese estado allí, en la arena, conmigo buscando las llaves. No hubo principio de transferencia, no se obtuvo ni una sola epitelial de mis uñas, ni un pelo que le pude arrancar, nada de nada de nada que afirme al cien por cien o al menos al 99,9% que Roberto me violó y me asesinó. Caso cerrado, Caso juzgado. En España no se puede juzgar a una persona dos veces por el mismo delito. Hemos perdido. Aun así gracias a todos por ayudarme, me reconforta ver de nuevo a quien me vio por última vez. Ahora Roberto puede jactarse de haber sido él. Han pasado más de 20 años y mi asesinato, el Crimen de Belén, ha prescrito. Ya no hay culpable ante la ley. Sí ante mí y ante Dios. Algún día, seguro, nos volveremos a cruzar…


Toda mi historia se ha reducido en estos capítulos a contaros quien era, como era y qué hacía en la playa de Gandia aquel agosto de 1990. Habéis puesto cara al nombre de Belén. Ya os lo agradecí en aquel capítulo donde os contaba quién era, cómo me fui de casa aquella noche y como me despedí de mi padre. Durante estos capítulos habéis recordado mi caso. Habéis formado parte de mi familia virtual al dejarme compartir con vosotros episodios de mi vida que solo conocían los allegados. Os habéis puesto en el sitio de mis padres, y de qué ocurre cuando una hija tuya de 17 años se va a los pubs de la playa de Gandia y ya no vuelve.


Hoy… desde la distancia…., desde el paso de los años… me conforta ver a mi hermano hecho todo un hombre y a mi hermana felizmente casada. Mi hermana hace poco me ha hecho el mejor regalo de mi vida. Desde aquí, desde ese lugar que muchos teméis, yo seguiré aportándoles lo mejor de mí e intentaré guiarles tal y como nuestros padres nos inculcaron.


Gracias hermana por ese regalo que me has hecho y del que siempre cuidaré y estaré orgullosa. Aunque nos conocimos poco porque yo era la mayor, hoy sí que te puedo decir… te quiero tata. Y a ella… que crezca sana y feliz. Y orgullosa de su nombre. Su tía siempre la adorará.

EL CRIMEN DE BELÉN (6ª parte de 7)



Os lo dije en el primer capítulo, en el que me describía yo a mí mismo a la perfección, aquel capítulo donde me conocisteis cuando encandilé a María y a Luisa. Os dije que esos cabrones de Homicidios querían implicarme en lo de Belén y la playa de Gandia. Y me pringaron. Los de Homicidios, me espiaron día y noche, semana tras semana a mí y a toda mi familia. Esos polis lograron reunir en una maldita caja un total de 131 cintas donde salía mi voz, la de mi madre y la de mi hermano. Todo les vale para colgarme el marrón de aquel agosto de 1990 en la playa de Gandia. A mí, que como sabéis, soy un chico atractivo, cachas, al que le gusta darle a las mujeres lo que piden, aunque no lo pidan pero a mí me pone verles la cara de susto y dejarles mi huella.


Yo creo que la culpa de todo esto lo tienen el padre y la madre de Belén, un matrimonio que ha perdido a su hijita y que como están muy bien posicionados en Madrid buscan y rebuscan para averiguar con quién se marchó, y nunca mejor dicho, su hija esa noche. Yo sí sé con quién me marché. Belén también sabe con quién se marchó esa noche. Y lo peor de todo es que todos les hacen caso, han puesto toda la maquinaria del estado policial a buscarme las cosquillas. Y no solo a mí, sino a toda mi familia. 

Me sientan en una sala y ponen una cinta con la voz de mi madre y la de mi hermano Luis que está estudiando en Estados Unidos…

Luis: Te mandé una carta… esa en la que te puse lo de Roberto.
Madre: A mí no me ha llegado nada.
Luis: Pues a mí me extraña de que… iba lo de Gandia… iba lo otro…
Madre: Pero te dije que no explicaras demasiado, que me dijeras… ¿qué ponía?
Luis: Por encima, sabes ¿… lo que hicimos, pero… que… no sé, todavía no sé lo que pasó con lo de Gandia; lo que hacíamos… que las vimos… que estuvimos con ellas… hola, buenos días y ya está.
Madre: Ah! Buenos días… pero tú de ese día no sabes nada…?
Luis: Ese día… yo me fui pronto a casa, el Roberto volvió más tarde, pero me extraña… no creo que haya pasado nada.
Madre: ¿Pero estuvo él ese día con ella?
Luis: Pues… a primera hora de la noche. A primera hora de la noche estuvimos mi hermano y yo con ellas, luego se fue mi hermano, me quedé yo con ella, ella no salió, y luego… yo no se si me fui a casa y Roberto siguió con ella o no sé…

Madre: Pero tu ¿hasta qué hora estuviste con ellas?
Luis: No, yo no estuve… o sea estuve media hora con ellas.
Madre: A las nueve de la noche?
Luis: No, a las doce o por ahí
Madre: y te invitaron a la fiesta esa que decían en la playa?
Luis: Eh… no. Yo fui a una fiesta en la playa… no, yo no estuve… no; en la fiesta de la playa yo no fui, porque mi hermano si fue, pero esa era una fiesta fuera de la playa… no era…
Madre: Bueno, bueno…
Luis: Entonces esa no… y que luego vi a una de las amigas.
Madre: Y ¿qué te dijo?
Luis: qué tal? Y no sé qué, pero eso debe ser… que está mi hermano también… que … le conocía; si quieres yo con ellas me llevo bien con todas, lo único es que después de eso ya…; una de las amigas empezó a contar…
Madre: Pero ese mismo día estuvisteis… porque no sabes que tu hermano estuviera con ellas hasta tarde?
Luis: Nosotros las vimos un rato y nos fuimos, pero… si no… yo no sé luego qué pasaría, yo me piré.
Madre: Bueno… tú te quedaste con ellas y él se marchó.
Luis: pero yo luego me fui a casa a las cuatro de la mañana, cuando empezó
Bacarrá, la discoteca… entonces…
Madre: O sea, tu estuviste con ellas hasta las cuatro?
Luis: yo estuve… a las… entre doce y dos y media, por ejemplo, yo me fui a otro pub
Madre: él estaba allí contigo?
Luis: Él se fue también, se metió en el PK2 y luego yo, cuando me aburrí me fui a casa.
Madre: El PK2 que era?
Luis: El pub
Madre: El pub?
Luis: …donde se suponía que trabajaba Roberto.
Madre: Es que como yo leí que ellas se habían ido a la discoteca… Bueno, es igual, ya miraré a ver si llega el correo hoy, porque es tan lento…
Madre: Bueno, lo máximo que puede ocurrir es que te la devuelvan, me entiendes?
Luis: Eso puede ser…
Madre: Pero pone…
Luis: A mí ya me extraña… van tres semanas por lo menos, y a Madrid no tarda más. Le llegó la carta a Ana?
Madre: No
Luis: Pues hace bastante, la mandé en febrero más o menos.
Madre: A mí no me ha dicho nada…
Luis: Le quieren meter una cosa de… eso… de lo de Gandia o…? algo de eso?
Madre: No, de momento se paró todo, o sea que ya veremos a ver… me pone mal cuerpo…
Luis: Y a qué tuvo que ir el miércoles o el jueves al juzgado?
Madre: Pues a que le mirase el forense las heridas, pues como dice que le cortaron, pues a mirarle a ver las heridas que tiende de cuando… pero no le escribas a tu hermano nada de que te vas a ir a Cancún ni a ningún otro sitio, eh?
Luis: No, no… nada
Madre: Me refiero porque encima va a decir, él aquí…
Luis: Bueno…
Madre: Eh?
Luis: Para que no se ponga nervioso…
Madre: Nada, nada más que tu vida de allí y ya está… a ver cómo te va… nada que se pueda leer en una carta, me entiendes?
Luis: Ya, ya
Madre: O sea, tu cuando le escribas… nada que se pueda oír… o sea que si un día se pierde una carta… nada que hable de nada… nada más que vuestra vida y… de que…
Luis: Le digo yo lo que hago aquí y ya está…
Madre: Nada, que bueno… que… nada que puedan coger una carta y que ponga cosas que no debamos… vale?



Y así, los de Homicidios interceptaron todas mis conversaciones y las de mi familia en 131 cintas además de cuatro cartas mías y tres de mi hermano Luis que le habíamos mandado a mi madre. Puto sistema democrático, ahí no les duele violar mi intimidad, serán cabrones… Y ante el cariz que tomaban los hechos, la cabezonería de los policías de Gandia y los del Grupo VI de Homicidios del Cuerpo Nacional de Policía, mi mamá supo reaccionar a tiempo, dando instrucciones a mi hermano para que no nos pillaran las conversaciones ni por teléfono ni por carta, y además me contrató a lo mejor de lo mejor de la abogacía madrileña, que para eso están. Mi madre contactó con José Emilio Rodríguez Menéndez y con Marcos García Montes para que me sacaran de este embrollo, de este lío que me querían colgar los polis de Gandia y de Madrid.

Las cartas ya se habían decantado. Era normal que yo buscara cualquier resquicio legal para que no me culparan de la violación y muerte de Belén. Se destapó cuando el juzgado tuvo que comunicar a mi madre y al dueño del PK2 que sus teléfonos, por orden judicial, habían sido intervenidos. Las conversaciones ya las habían grabado, así que solo me quedaba confiar en mis abogados, no en la justicia. Por culpa de la justicia estoy yo aquí en Carabanchel preso por dos pavas pijas a las que me llevé a la oficina de mi madre, así que no pienso pagar por otro delito y menos con un cadáver por en medio. Hasta ahora me he librado de todas las violaciones que he cometido. Nunca podrán probar nada. Las tengo al querer, atemorizadas, aterrorizadas, y cuando más tiempo pasa más difícil es que me acusen de lo de Semana Santa, así que por culpa de las heridas que me causaron María y Luisa solo he tenido que pagar por ello, por esas dos niñas pijas de 14 y 16 años que por su culpa estoy aquí entre estos fríos barrotes de acero. Y por ahí no paso. No me voy a comer más marrones. Soy el puto amo y siempre he salido airoso de todas las agresiones que he cometido. Bueno, de todas menos la de las pijas. Joder, no me las quito de la cabeza, por su culpa estoy yo aquí, mi madre por ahí sufriendo por mí, y mi hermano viajando y estudiando por medio mundo. No hay derecho.

Ya os decía yo que mis abogados eran la caña. Han pedido que se anulen las conversaciones que nos han grabado a toda la familia, que lo han hecho a traición y además como saben de leyes se les ha pasado un par de días desde que el juez ordena intervenir nuestros teléfonos hasta que la Telefónica lo hace y por esos días se va a ir todo a la mierda. Son unos cracs. Son nulas de pleno derecho ya que las han obtenido ilícitamente. Que se jodan!!! Los polis, los de Gandia, los de Madrid, las niñas pijas, los padres de Belén, tooodo el mundo que se joda…. Os dije que soy el puto amo y no me creías eh!

Nos llamaron a mí y a mi madre. Esa mañana los del furgón de conducción de presos me llevaron de Picassent a Gandia. Yo había hecho noche en la cárcel valenciana y solo pensaba en ver a mi madre y abrazarla. Allí estaba, toda rubia ella y perfecta, como siempre. Al verme entrar esposado en el juzgado número tres de Gandia se levantó y quiso abrazarme. Los de verde, esos cabrones de la Guardia Civil no la dejaron. Si fueran hombres, no me lo hubieran hecho si no llego a estar esposado. Les meto una que se tragan el tricornio. Mi madre no se la toca, y si pide una cosa se le da y punto. Tiene derecho a ver a su hijo, a abrazarme, a tranquilizarme, a besarme, a tocarme… pero no, el puto sistema dice que soy un preso por violación que voy camino de otra condena. Para ellos soy escoria humana. Y una mierda. Ellos sí son hijos del sistema, del que inventaron ellos. Yo no. Yo soy libre, hago lo que me da la gana. Así me han enseñado y así lo he hecho toda mi vida. Mamá te quiero.

El repeinado del juez abre ante nosotros, ante mi madre y ante mí, las cartas que nos hemos enviado todos. Gilipollas. En la primera, facturas. En la segunda, papeles de la empresa. La tercera, el muy listo se la queda, dice que hay cosas que pueden tener relevancia con lo de Belén. Y él que coño sabrá de Belén, de la playa y de mí. Será… y la mete en un sobre grande del juzgado y nos hace firmar detrás a todos los que estamos en la habitación. Emilio Rodríguez, mi abogado, me sonríe entre esa barba canosa que le caracteriza. Este tío vale, este tío me gusta mamá.

Y el repeinado del juez dice que me siente en el primer banco de la sala de vistas. Que van a preguntarle a mi madre. Por Dios que no la metan en esto que me los cargo a todos. Por ahí sí que no paso. Le advierten que si quiere puede no declarar porque soy su hijo. A buenas horas, después de todo lo que han montado. Pero mi madre… es mi madre. Contesta con esa energía que la caracteriza y dice que no tiene miedo de nada, Que no recuerda qué apartamentos alquilamos ese maldito agosto de 1990, que solo sabe que era al final de la playa antes de llegar a unos chalets y cerca del Hotel Tres Anclas. Y no recuerda qué fecha volvimos a Madrid. Tampoco recuerda a qué hora volví yo la noche del 28 al 29 de agosto, dado que no suele controlarnos. Somos mayorcitos repeinado. Mi madre le responde al juez que se enteró de la muerte de Belén cuando bajó a tomar café, sobre las ocho o las nueve de la mañana. Solo la pillan cuando dice que al hacer averiguaciones sabe que yo conocía a Belén, Joder, mamá, me has fallado y mira que lo habíamos ensayado… Poco a poco se caldea el ambiente, veo que mi madre no está saliendo tan airosa como esperaba. Yo sudo. Es raro, porque solo me ocurre cuando hago pesas en el gimnasio. Sudo porque el repeinado del juez le pregunta por qué mi hermano Luis cuando le manda una carta a mi madre nunca cita el nombre de Belén, sino que lo hace con una “V” y un círculo… ella contesta que por el miedo que tenía a que me involucraran en el caso de Gandia. Aprieta y le vuelven a preguntar por qué mi madre nos da instrucciones por teléfono para que no hablemos del tema. Y ella contesta seria que para que no involucren a ninguno de sus hijos. Amor de madre, sí señor.

Y el pesado del abogado de Belén erre que erre. No está contento con haberme traído de Carabanchel aquí que ahora empieza a meterme el miedo en el cuerpo. Otro gilipollas. Va y me pregunta si soy zurdo o diestro. Pues claro que soy zurdo, no lo ve? Pero mi abogado sale al quite de esta pregunta envenenada y me pregunta si tenía yo el brazo escayolado. Yo le digo que sí, que tenía el brazo zurdo escayolado. Y de repente, otra vez… el abogado de Belén… que si cuando fui a Madrid a firmar al juzgado estaba escayolado o no. Joder…. Que nos pillan. Si fui a firmar… y soy zurdo… y firmé… pues cuando fui a Madrid no llevaba la escayola. Y para qué coño querrá saberlo si yo fui a Madrid el 14 de agosto y volví. Putos picapleitos liantes…

Os acordáis del matrimonio de Madrid que me vio en el Bacarrá? Pues dale que te pego, otra vez. Y me preguntan por ellos. Sí, los conozco, no sé cómo se llaman, pero estaban casados y no tenían hijos. Mira… el picapleitos de Belén frunce el ceño. Será gilipollas el tío. Y se pasan media hora preguntándome si conocía a Belén, si me dijo lo de las llaves, si había hablado con ella, si Belén, si Belén, si Belén… y yo a todo no. Parecía el Doctor No.

Y vuelve el repeinado del juez a preguntarme a qué hora volví a casa esa noche. Joder, a la hora normal, a las seis de la mañana por lo menos. Y sí, me fui solo, dejé al matrimonio y al dueño del PK2 cuando cerraron Bacarrá y me fui a mi casa andando al final de la playa sí. Vamos con la siguiente pregunta señor juez. Un respeto a Su Señoría, usted se calla y aquí quien dice las cosas soy yo no usted, entendido? Vaya rapapolvo que me pega el repeinado. Ahora me pregunta si estoy dispuesto a someterme a una prueba hematológica. Pues si, no tengo nada que esconder. Y el abogado de Belén me pregunta a qué fui yo a Madrid el 14 de agosto de 1990. A ti te voy a contestar… pues me negué a decirle la verdad. Me negué a contestarle. Si quería que le dijese que fui a firmar porque estaba en libertad condicional acusado de un delito de violación y otro de abusos sexuales, pues se quedó con las ganas. No contesto a esa pregunta señor letrado ¿se dice así?

Y me subo al furgón de nuevo. No me dejan despedirme de mi madre. El protocolo de conducción de presos es muy estricto. Y una mierda. Mira Julián Muñoz. Y de vuelta a Picassent y de ahí a la mañana siguiente a Carabanchel. Allí me llega una buena noticia. Gabriela Bravo, la fiscal confirma lo de mis abogados, que en aras de la seguridad jurídica, decreta la nulidad de las intervenciones telefónicas. Esto pinta bien. Son unos putos cracs esos abogados míos.

Ale repeinado juez, chúpate esa…


EL CRIMEN DE BELÉN (5ª parte de 7)



Entra el sol por los barrotes de mi celda. Estoy en el módulo tres de la quinta galería de Carabanchel. Aquí paso largas horas entre cuatro paredes. Hay un patio, sala de televisión y juegos, y un economato. Me tratan bien. Saben como las gasto y estoy aquí por una encerrona que me metieron dos pijas pavas de Madrid. Soy inocente. Como el resto de mis compañeros de galería. Me tienen respeto. Saben que no soy quien dicen ser que soy. Lo demuestro mostrando fotos de mis amigas. Si fuera culpable mi madre no me visitaría. Como mujer hubiese renegado de su hijo. Eso les convence. Yo soy así. Os dije que era el puto amo de la noche madrileña. Os dije en mi primer capítulo que me querían liar, que me querían meter aquello de la playa de Gandia, a mí por el solo hecho de pasar las vacaciones allí, a mí que ninguna chavalita por muy pija que sea se me resiste a la fuerza.

Mi madre está en Madrid. En su amplia y acristalada oficina. Mi hermano Luís está estudiando en Estados Unidos. Somos casi como dos gotas de agua. Luís sabe cómo soy y cómo me gusta divertirme. Mi madre está nerviosa por todo. Pero es mi madre. Me defiende siempre. Sabe que en el fondo… no soy mala persona. Mi madre está tan asustada por los comentarios que circulan por aquí Madrid que llama a EEUU a mi hermano. El Grupo Sexto de Homicidios, esos desgraciados que se han convertido en mi sombra, pillan la conversación y la graban, solo buscan implicarme. Menudos cabrones…



Madre: Bueno, yo te he mandado una carta
Luís: Ah, Ah.
Madre: Y lo que te explico ahí… también va para ti ¿me entiendes?
Luís: Ah, Ah
Madre: Te digo para que pienses… las cosas, porque vamos, que recapacites y todo, mientras estás allí, así que te he escrito un pliego.
Luís: Hum.
Madre: Así que…
Luís: ¿Cómo va todo por ahí?
Madre: Bien, tu padre también bien, estuve ayer a verle, está fuera y bueno, que te mandaba todos los lunes lo del Barcelona
Luís: Sí, me manda lo de la liga. Hoy he venido y no hay ninguna carta, me ha llegado la de mi hermano nada más.
Madre: Bueno, la otra la mandaría… si él dice que todos los lunes manda lo del Barcelona o lo que sea, de baloncesto de fútbol, o de…
Luís: Sí, le dije que me lo mandara de vez en cuando ¿y el primo? ¿Al final se ha ido a Salamanca?
Madre: Pues la verdad es que no he hablado de nada… Y oye, es que no me atrevo, hum… no sé, te lo preguntaría por carta. Del tema de aquello de Gandia… vosotros conocías a las chicas.
Luís: A aquello que pasó.
Madre: Sí.
Luís: Yo sí, y mi hermano también.
Madre: Madre mía.
Luís: ¿Por? ¿También lo están metiendo?
Madre: Me parece que sí.
Luís: Ah, Ah.
Madre: ¿Entiendes?
Luís: Ah, Ah
Madre: Lo que pasa es que no me…
Luís: Eso mándalo por fax, lo que sea
Madre: ¿Eh?
Luís: Que lo que sea, por ejemplo eso, que me lo puedes mandar o por fax o en una carta.
Madre: De todas formas sí, en una carta, a ver si me escribes tu lo que sepas o lo que no ¿entiendes?
Luís: Ah, Ah.
Madre: Y relaciones y todo, lo que conozcáis o lo que tu sepas.
Luís: Ah, Ah, vale.
Madre: ¿Entiendes?
Luís: Ah, Ah, pero por qué sabes que a lo mejor lo estaban metiendo.
Madre: Pues por… una llamada que he tenido… a Ignacio. ¿Ignacio qué puede tener que ver aquí?
Luís: ¿Ignacio?
Madre: Sí.
Luís: Pues… Ignacio nada, pero te ha llamado un amigo de Ignacio o…
Madre: Pues no. Bueno, pero es que no quiero hablar ¿sabes? Me da miedo.
Luís: Eso mándalo por fax, mándamelo por fax, así me dices lo de Ignacio o lo que sea.
Madre: Bueno, luego cuando recibas eso me escribes.
Luís: Ah, ah
Madre: Cuando recibas lo que…
Luís: Ya que lo único… espero a que llegue tu carta y te mando lo que sepa de eso, y luego mándame eso por fax y te lo mando todo en la misma carta ¿o no?
Madre: Vale.


Y mi madre y mi hermano Luís continuaron hablando de diversas cosas pero que nada tienen que ver con la investigación. Los sabuesos de Homicidios del Cuerpo Nacional de Policía en Madrid, los cabrones de mi sombra y los polis de la Judicial de Gandia no paraban de pisarme lo talones. Sabían que mi hermano y mi querida madre se iban a poner en contacto por carta dado que dudaban de las conversaciones telefónicas. Y así lo hicieron, ambos se escribieron mutuamente. Y solicitaron al juez que autorizara la orden al Jefe Provincial de Correos para intervenir la correspondencia y entregarla en el juzgado. Serán hijos de puta…todo vale para implicarme.

Yo estoy preso por la violación de María y la agresión sexual a Luisa. Aquí, entre barrotes y ruidos de puertas metálicas, paso las horas. Me entero de lo que se está tramando fuera, de lo que van largando los colegas por la noche de Madrid y pido permiso en la cárcel para poder llamar a mi madre. Es mi derecho, lo saben. Y me lo conceden. La llamo a casa y está. Se pone y charlamos…

Roberto: Oye, que sobre lo que me decías ayer, tu despreocúpate de eso.
Madre: Yo es que me cago por todo, hijo.
Roberto: Ya lo sé que te cagas por todo, mamá, ya sé que te cagas por todo, por todo, por todito; no hace falta que me lo digas, que ya lo se yo.
Madre: Entonces… claro, en cuanto me dicen una pregunta que asocio con algo…
Roberto: Si, ya lo sé; lo asocias con lo que pasó…
Madre: Sí.
Roberto: Entonces no te preocupes; a mí no me tienen nada que decir. Si aquel caso quedó cerrado hace mucho tiempo, eh?
Madre: Un momento; sí, pero lo están mirando.
Roberto: No, no, no; hacia mí no me pueden mirar nada.
Madre: Bueno, a mí el que lo miren, hijo mío, no me preocupa, ¿me entiendes? Lo que no quiero es que estés tú por el medio, ¿entiendes?
Roberto: Tú no te preocupes, ¿vale?
Madre: eh?
Roberto: Tú de eso no te preocupes; de ese caso no te preocupes, eh?
Madre: Es que han hecho preguntas.
Roberto: No; solamente me preguntó que donde veraneaba; como en la declaración…
Madre: Pero han preguntado, Roberto, por ahí…
Roberto: El psiquiatra.
Madre: No. Me han llamado hace poco para saber dónde habías estado en el verano del 90.
Roberto: ¿Que te han llamado?
Madre: Sí.
Roberto: ¿Quién?
Madre: Ignacio
Roberto: ¿Ignacio García?
Madre: Sí.
Roberto: Y eso ¿por qué?
Madre: ¿Eh?
Roberto: Bah! Tú déjate de eso.
Madre: Sí; que lo habían llamado a él.
Roberto: ¿Dónde había estado él?
Madre: Sí, que su había estado él pero contigo.
Roberto: ¿En el verano del 90?
Madre: Sí.
Roberto: ¿Conmigo Ignacio?
Madre: Sí.
Roberto: Ignacio no pudo estar conmigo en el verano del 90.
Madre: Sí, ya lo sé, pero bueno… el hecho de que pregunten, Roberto, no te lo quise decir porque no quería preocuparte. Claro, como ayer me has hecho esa pregunta, o sea…
Roberto: Tu de eso déjate de ese tema ¿vale? Ese tema… además hay una declaración en la que los del pub PK2 y una familia, una gente de Madrid, dice que estuve con ellos toda la noche en el… Bacarrá.
Madre: ¿Cómo, qué dices?
Roberto: Sí, que el dueño del PK2 dice que estuve toda la noche con él en el Boca Loca, digo en el Bacarrá, y una pareja de madrileños también dice que estuve con ellos en…
Madre: Pero cómo que dicen… ¿cómo tiene que ver contigo?
Roberto: Joder, cuando ocurrió aquello, que ocurrió en Gandia.
Madre: Sí,… no me hables.
Roberto: ¿Eh? pues me lo dijeron. Me dijeron que había ido la policía preguntando por mí y por… porque yo conocía a la persona, ¿sabes?
Madre: Sí.
Roberto: Entonces dijeron eso, y dijeron vale; y ahí se quedó todo. ¿Entiendes? Y luego no han vuelto a preguntar por mí ni nada, ya no ha vuelto a saberse nada. Entonces a Ignacio no entiendo cómo lo han llamado para preguntarle eso.
Madre: Pues porque alguien debe conocerte aquí en Madrid que tenga relación con él. Pero estuviste allí.
Roberto: ¿dónde?
Madre: Allí.
Roberto: ¿En dónde?
Madre: Bueno…
Roberto: En el 90 estuve contigo.
Madre: Sí, ya lo sé.
Roberto: Pues ya está.
Madre: Bueno… pues te digo que yo no sé, hijo mío.
Roberto: Tú déjate de ese tema, ¿vale?
Madre: Bueno,… pues te digo para que… si hablan fechas o cosas…
Roberto: Sí, del 1 al 15
Madre: Pues más o menos… pero dices, pues no me acuerdo cuantos días. Normalmente siempre íbamos del 1 al 15.
Roberto: Yo le dije semanas santas y puentes de mayo; es lo que dije.
Madre: O sea, que ya habían preguntado por ese tema por ti.
Roberto: Claro. Lo han preguntado por la declaración de la chica; dice que me ve en Benidorm, que me vio ese verano en Benidorm, ¿entiendes?
Madre: Bueno, pero te digo que el hecho de que me pregunten… no me cabe, ¿me entiendes? Y claro, pues ya es que me cago.
Roberto: Tu deja eso ¿vale?
Madre: Bueno
Roberto: Dile a Ignacio que diga la verdad. Ignacio no tiene por qué mentir. Ignacio no estuvo en el verano del 90 conmigo.
Madre: Sí, ya lo sé.
Roberto: Estuvimos tu y yo del 1 al 15, y se acabó.
Madre: Bueno, si ya lo sé, pero como le preguntaron…
Roberto: Y el día 15, además el día 15, si te acuerdas, nos fuimos a firmar a Madrid. El 14 nos fuimos a firmar.
Madre: Eso fue más tarde.
Roberto: No, no, no: en agosto fuimos a firmar al Juzgado porque estábamos cagados.
Madre: No, fuimos… bueno, pero… porque…
Roberto: Sí, nos fuimos hasta Madrid.
Madre: Pero que no tenía nada que ver con esto.
Roberto: Pero, bueno… que firmamos en el 15.
Madre: Pero es que no es del 15, te estoy hablando que eso fue después.
Roberto: Bueno, pero ya se sabe que yo estoy el 15 en Madrid, y que vuelvo otra vez, o sea que tu de ese tema despreocúpate.
Madre: Ya, ya, el caso es que están preguntando ¿eh?

Como veis, mi madre está preocupada. No para de llamar a unos y a otros para saber qué está tramando la Brigada Central. No se fía de nadie ni de nada. Ya sabe lo que es tenerme a mi preso, ya sabe lo que es visitar a un hijo en la cárcel por culpa de unas niñatas de 14 y 16 años que año y medio después se inventan lo que se inventan y como saben que tengo un corte en la mano y donde vivo me condenan por violarlas. Puto sistema corrupto…

Y mi madre erre que erre, vuelve a llamar a Estados Unidos para hablar con mi hermano mientras yo me pudro y paso mis años de inocente entre estas paredes…

Madre: Oye, ¿qué sabe Juan de las cosas de tu hermano?
Luís: Sabe… sabes aquella… sabe de una cosa nada más.
Madre: ¿Qué?
Luís: No sé si sabe lo primero ¿sabes?
Madre: Si.
Luís: Lo primero no sé si se lo contaron mi hermano o no, pero sabe… uno… lo que pasó, eso que te lo dije también, que se la llevó mi hermano en el vespino a una, que al final no la hizo nada, o sea, lo intentó pero no la hizo nada.
Madre: Si

Luís: Te lo conté cuando estuve en Madrid, ¿te acuerdas?
Madre: Sí, que me dijiste, bueno, que lo intentó, pero que luego no hizo nada, ¿no?
Luís: Sí, bueno, lo intentó, le empezó a dar un beso y no quería, y al final, nada, la llevó a casa. Pero no pasó nada ¿sabes? Y eso lo sabe, porque Juan la conoce mucho a esa chica, uy le dijo que le iba a denunciar y todo eso ¿sabes? La chica esa…
Madre: Madre…
Luís: Esta se llama… tu vete apuntando los nombres por si le salen…
Madre: Y ésta, ¿no sería del colegio?
Luís: Esa… no… esa era amiga de Chus. Del vecino, o sea que Chus lo tiene que saber también.
Madre: Buff, bueno, pero…


Y así, mi madre volvió a conocer un nuevo episodio mío mientras yo estaba en Carabanchel. Pero mi hermano Luís ya se encargó de decir que no había pasado a mayores. La muy guarra… Y así poco a poco supongo que os habréis hecho una idea de cómo soy y a qué me dedico cuando salgo. Os parecerá un perfil de psicópata sexual. Puede ser. Yo lo llamo divertirme y joderles la vida a los demás. Y me ha ido bien en la vida, si no llega a ser por las dos pavas pijas que me rajaron y se chivaron al año y medio, tal vez nunca me hubiesen relacionado con el nombre de Gandia. Ni en las Semana Santas que he pasado ni puentes de mayo ni vacaciones de verano. He sido y sigo siendo el puto amo de Madrid, el cachas al que todas se le acercan, al que todas confían que les lleva a casa o les acerque a algún sitio. Por eso nadie duda de mí. Por eso las atemorizo de tal forma que se quedan bloqueadas y prefieren ni denunciar ni contar nada, simplemente se alejan de mí. No lo entiendo. Han sido mías. Y encima se van… serán putas las mujeres… bueno, no todas claro está, mi madre no lo es.

Y los cabrones de Homicidios, me siguen pinchando el teléfono a mi madre y al dueño del pub…

EL CRIMEN DE BELÉN (4ª parte de 7)



Suena el teléfono en mi casa. Mi padre, que parece un alma en pena, lo coge y escucha al otro lado del hilo telefónico una voz que le es familiar. Es el Grupo VI de Homicidios de Madrid. Le dicen que su caso, el mío en verdad, no está durmiendo el juicio de los justos. Que nunca lo han dejado a pesar de haber sido archivado, y que desde Gandia insisten una y otra vez que el asesino es y está en Madrid.

Me viene a la mente la imagen del depósito de cadáveres cuando Marchante y Celestino cogían del hombro a mi padre y mirándole a los ojos le decían que no pararían hasta dar con mi violador y asesino. Con aquella sombra que os describí aquella maldita noche del 29 de agosto de 1990. Han pasado ya tres años y las esperanzas, por mucha fe ciega que tengas, se desvanecen. No puedes estar llamando todos los lunes a la Brigada Central o a los de Homicidios. Ellos tienen su trabajo. Ellos marcan sus tiempos. Ellos son, los únicos que podrían aportar un poco de luz a mi muerte, esa que ocurrió bajo la oscura luna de agosto en la playa de Gandia.

Mis amigas, Judith, María, Ana, Bea, Elia, Amelia y Pilar, se habían resignado a no tenerme entre ellas. Sabían de mi calvario y de que la vida continúa por muy dura que se pueda presentar a los 17 años. Ellas estaban en la flor de la vida. A mí, la flor y la vida me la habían arrebatado. No es momento de preguntarse por qué a mí y no a cualquiera otra. Ellas, aunque en el fondo de su corazón estoy segura que lloran mi pena, lloran mi pérdida, yo no les puedo echar en cara nada. Al contrario. Que hagan lo que cualquiera a esas edades haría. Y lo hacían. Frecuentaban los fines de semana las discotecas Oh Madrid y Four Roses. Las de moda en la década de los 90 en Madrid. Al menos ellas, podían divertirse y bailar. Yo no las envidiaba, había asumido ya con el paso de los años que mí final no podía interponerse en sus vidas ni en sus respectivos futuros.

Tanto ir y venir de discotecas, aunque ellas no lo reconozcan, en las salas adornadas por bolas de cristales que reflejaban la luz y la dispersaban, había un rumor que algunas chavalas conocían y sabían. Unas no lo creían. Otras, sencillamente lo ignoraban. Pero otras, concedían el beneplácito de la duda. Y eso era lo más peligroso, no saber si sí o si no. El rumor se extendió en círculos pequeños, pero ya se sabe que hoy en día cualquiera que sea joven, chico o chica, vista vaqueros y esté en la barra de un pub puede esconder en su bolsillo de atrás una placa policial. Aquella gente, la del Grupo VI de Homicidios tenía un don especial. Yo sé cuál es, pero solo tengo palabras de agradecimiento hacia ellos y ellas, miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Esos tipos de vaqueros y placa al bolsillo, lograron dar tras muchas noches de garito en garito con alguien que reconoció que el crimen de Belén lo cometieron jóvenes de buena posición social de Madrid. Bendito aquel 5 de febrero de 1993, cuando yo iba camino de celebrar, por llamarlo de alguna manera, el tercer aniversario de mi muerte. Que gente como esa se preocupe de un caso como el mío tres años después es, simplemente, para besar por donde pisan. Me reconocieron que habían actuado a requerimiento insistente, a pesar de haber sido archivado el caso, como digo a la insistencia de la Policía Judicial de Gandia. Sabía que Marchante y Celestino no le podían fallar a mi padre. Lo vi en sus ojos y lo comprobé después en sus actuaciones. No me fallaron ni a mí ni a mi familia. Gracias Policías de Gandia por ese apoyo incondicional.

Se volvió a entrevistar de nuevo a personas que tuvieran o hubiesen tenido fuera en la época que fuera, relación conmigo, pero sobre todo a quienes residían en Madrid. La Brigada VI quería obtener datos para esclarecer mi asesinato. Había que partir de cero pero en el kilómetro cero. Y así lo hicieron. Y así obtuvieron el rumor, la antesala de la verdad.

Identificaron a un tal Rubén, él fue quien abrió la caja de pandora al explicarles que tenía una novia que se llamaba Helena. ¿Y? Continua… su anterior novio le dijo que un amigo íntimo intentó tener relaciones sexuales con ella llegándola a amenazar con la frase de que le iba a hacer lo mismo que a la chica de Gandia. Localizaron a la chica en cuestión. Helena confirmó que estuvo saliendo durante algún tiempo con un joven llamado Alex. Y este Alex le dijo que un amigo suyo le había comentado que había violado y matado a una chica en una playa. Demasiadas coincidencias y mucho donde hurgar. Lograron dar con el amigo del amigo y se llamaba Roberto. ¿Os suena este nombre?

Los investigadores se centraron en Roberto. Había sido detenido dos veces por violación, en junio de 1990 (dos meses antes que la mía) por un hecho cometido en Alcobendas y en diciembre de 1992, por los que le hizo a María y a Luisa, y que justamente investigaba al Grupo III de la Brigada de Homicidios que lleva mi caso. El indeseable de Roberto ya tenía cara, nombre y apellidos.

Cruzaron los casos y no por casualidad. Roberto había sido detenido porque Julia le acusó de haberla violado en un descampado de San Sebastián de los Reyes, intimidándola con una navaja, aprovechando el conocimiento previo que existía entre ambos y con ocasión de haberse ofrecido a acompañarla a su domicilio. ¿Os suena, verdad? La segunda detención de Roberto ya la conocéis todos con pelos y señales. Lo ocurrido con María y Luisa. Cuando los investigadores localizan a Roberto, éste está cumpliendo prisión en Carabanchel.

Julia va cantando, va diciendo a los investigadores que su violador pasó la Semana Santa de 1990 en Gandia con un grupo de chicos y chicas. La cuadratura del círculo. Se va estrechando el cerco. Pero os preguntaréis que tiene que ver con mi asesinato. Julia explicó que en esa Semana Santa, y tras haberle ocurrido a ella, sospechó de una amiga suya y que le hubiese ocurrido algo similar. Era Ana. Vivía en Valencia. Y gracias a Julia (violada por Roberto) buscaron a Ana. Y para sorpresa de mis investigadores Ana fue recogida por un zeta de la Comisaría de Gandia aquella Semana Santa de 1990 con lesiones y manifestando que había sido víctima de una violación por parte de una persona armada con navaja. ¿Os vuelve a sonar? Pero Ana expresó su deseo que no formular denuncia y tampoco quiso aportar datos de su violador. Pero Julia detectó que Ana mostraba gran animadversión por Roberto. Porqué. Vosotros mismos lo podéis deducir. Yo ya lo he hecho.

Tenían el perfil, el nombre, la cara y los antecedentes de tan osado hombre. Se indaga, se invierten miles de horas debajo de un flexo en los despachos policiales de la Brigada y se consigue obtener la información de que Roberto en 1990 colaboraba en pubs y discotecas de Madrid, concretamente en el Oh Madrid y Four Roses. A esas discotecas íbamos mis amigas y yo.

Una de mis amigas, en los cientos de folios de declaraciones antes de partir hacia Madrid aquel 29 de agosto de 1990, dijo que un tal Roberto trabajaba en PK2, el pub de Gandia donde yo fui a buscar las malditas llaves. Y además decía que Roberto me conocía y me invitaba a chupitos. Otra amiga mía, también dijo en Gandia que me acompañó a buscar las llaves. Ya tenían el móvil de la violación y asesinato. Convocaron a otras dos amigas mías a la sede central de la Brigada. Y estas dos confirmaron que Roberto el de PK2 era un chico de Madrid que lo habían conocido en la playa de Gandia, concretamente en el mes de mayo de 1990. Aquel año la Semana Santa cayó baja. Y en esa época conocieron a Roberto y a su hermano en Bacarrá. Y curiosamente, volvieron a ver a Roberto en Oh Madrid donde trabajaba de relaciones públicas.

Marchante y Celestino reaccionan rápidamente y piden al juez que se intervengan los teléfonos de Roberto, más bien de su madre puesto que vivía en su casa, y del dueño del pub donde trabajaba Roberto y piden al Fiscal reabrir el caso. Increíble su labor después de tres años de mi muerte. Nunca podré agradecerles lo que hicieron por mí y por mi familia. El juez lo aprueba y la compañía de Telefónica interviene los teléfonos que son escuchados durante días y horas, las 24, por mis agentes de la guarda.

Citan de nuevo en Comisaría al dueño del pub de la playa de Gandia donde yo fui a buscar las llaves y donde trabajaba Roberto. Esa especie de camarero-relaciones-violador en serie. Explica cómo y a quien contrata. Los horarios. Y explica que ese mes de agosto de 1990 colaboró como relaciones públicas de su pub un tal Roberto, de Madrid, que al ir adquiriendo confianza pasó detrás de la barra y servía copas en la terraza. Roberto no percibía sueldo, a cambio tenía sus copas gratis y las de sus amigos y amigas. Reconoce también que veraneaba en la playa de Gandia, con su madre separada, y su hermano. Que a finales del fatídico verano de 1990 apareció una joven muerta y que me reconoció por las fotos que publicó la prensa. Primer error. Mi foto jamás apareció en la prensa y menos esos días. Sólo la conocéis cuando el caso se reabrió en 1993. Que además sabía con certeza que Roberto me conocía a mí. Que nos vio hablando en el pub. Claro, me preguntó qué buscaba y se ofreció a ayudarme. El dueño del pub reveló a los investigadores que Roberto se despidió del trabajo el día 28 (mi cruel noche) ya que le explicó que el 29 de agosto viajaba a Madrid. Reconoció que Roberto estuvo en el pub hasta las 3 o las 3.30 de la madrugada y que esa noche yo también estuve en el pub.

El segundo error del dueño del pub fue no decirles a la policía de Gandia, esa mañana fueron al pub, que Roberto ya había marchado a Madrid. Eso sí, tres años después recordaba perfectamente que Roberto se fue al Bacarrá. Que se lo dijo un matrimonio que coincidió con Roberto. Ay las coartadas y las mentiras… El dueño, que tanta memoria tenía para con Roberto, no supo dar detalles del matrimonio fantasma. Dijo que tendrían unos 27 años, y una niña de 8, es decir la tuvieron a los 20. Y son clientes del pub. Vaya, para ser clientes no sabe quiénes son ni donde viven, ni si vieron, coincidieron o estuvieron con Roberto de 3.30 a 6.00 horas. Al final reconoció que coincidieron en Bacarrá, que no es lo mismo que irse todos juntos a la discoteca.

Roberto volvió en Semana Santa de 1991 y el dueño del pub al verlo comentaron lo de mi muerte. La respuesta de Roberto fue que la policía ya le había tomado declaración en Madrid. Falso. Nunca fue citado ni tan siquiera constaba su nombre en ningún sitio… como la sombra que desapareció dejándome a merced de la muerte a la orilla del mar. En verano de 1991, Roberto volvió a la playa de Gandia. También en Semana Santa de 1992 y ese mismo verano. Nunca más volvieron a comentar el tema de mi muerte, es más, perdieron todo el contacto… Le mostraron la ficha policial de preso que Roberto tiene hecha en Carabanchel. El dueño del pub, lo reconoció sin ningún género de dudas.

Mi padre comenzaba a esbozar una leve sonrisa, sabía que su empeño por descubrir a mi asesino dependía de la pericia policial, de sus excelentes investigadores, y de la ayuda que por circunstancias desagradables mis amigas o las amigas de mis amigas podían brindarle. Cada una pasó su calvario, el mío quedó en las aguas cristalinas del Mediterráneo aquella noche de agosto de 1990. Mi padre, al que siempre he admirado y lo seguiré haciendo, solo esperaba las transcripciones de los teléfonos intervenidos así como de la correspondencia que Roberto emitiera desde la cárcel…