miércoles, 29 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE BELÉN (4ª parte de 7)



Suena el teléfono en mi casa. Mi padre, que parece un alma en pena, lo coge y escucha al otro lado del hilo telefónico una voz que le es familiar. Es el Grupo VI de Homicidios de Madrid. Le dicen que su caso, el mío en verdad, no está durmiendo el juicio de los justos. Que nunca lo han dejado a pesar de haber sido archivado, y que desde Gandia insisten una y otra vez que el asesino es y está en Madrid.

Me viene a la mente la imagen del depósito de cadáveres cuando Marchante y Celestino cogían del hombro a mi padre y mirándole a los ojos le decían que no pararían hasta dar con mi violador y asesino. Con aquella sombra que os describí aquella maldita noche del 29 de agosto de 1990. Han pasado ya tres años y las esperanzas, por mucha fe ciega que tengas, se desvanecen. No puedes estar llamando todos los lunes a la Brigada Central o a los de Homicidios. Ellos tienen su trabajo. Ellos marcan sus tiempos. Ellos son, los únicos que podrían aportar un poco de luz a mi muerte, esa que ocurrió bajo la oscura luna de agosto en la playa de Gandia.

Mis amigas, Judith, María, Ana, Bea, Elia, Amelia y Pilar, se habían resignado a no tenerme entre ellas. Sabían de mi calvario y de que la vida continúa por muy dura que se pueda presentar a los 17 años. Ellas estaban en la flor de la vida. A mí, la flor y la vida me la habían arrebatado. No es momento de preguntarse por qué a mí y no a cualquiera otra. Ellas, aunque en el fondo de su corazón estoy segura que lloran mi pena, lloran mi pérdida, yo no les puedo echar en cara nada. Al contrario. Que hagan lo que cualquiera a esas edades haría. Y lo hacían. Frecuentaban los fines de semana las discotecas Oh Madrid y Four Roses. Las de moda en la década de los 90 en Madrid. Al menos ellas, podían divertirse y bailar. Yo no las envidiaba, había asumido ya con el paso de los años que mí final no podía interponerse en sus vidas ni en sus respectivos futuros.

Tanto ir y venir de discotecas, aunque ellas no lo reconozcan, en las salas adornadas por bolas de cristales que reflejaban la luz y la dispersaban, había un rumor que algunas chavalas conocían y sabían. Unas no lo creían. Otras, sencillamente lo ignoraban. Pero otras, concedían el beneplácito de la duda. Y eso era lo más peligroso, no saber si sí o si no. El rumor se extendió en círculos pequeños, pero ya se sabe que hoy en día cualquiera que sea joven, chico o chica, vista vaqueros y esté en la barra de un pub puede esconder en su bolsillo de atrás una placa policial. Aquella gente, la del Grupo VI de Homicidios tenía un don especial. Yo sé cuál es, pero solo tengo palabras de agradecimiento hacia ellos y ellas, miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Esos tipos de vaqueros y placa al bolsillo, lograron dar tras muchas noches de garito en garito con alguien que reconoció que el crimen de Belén lo cometieron jóvenes de buena posición social de Madrid. Bendito aquel 5 de febrero de 1993, cuando yo iba camino de celebrar, por llamarlo de alguna manera, el tercer aniversario de mi muerte. Que gente como esa se preocupe de un caso como el mío tres años después es, simplemente, para besar por donde pisan. Me reconocieron que habían actuado a requerimiento insistente, a pesar de haber sido archivado el caso, como digo a la insistencia de la Policía Judicial de Gandia. Sabía que Marchante y Celestino no le podían fallar a mi padre. Lo vi en sus ojos y lo comprobé después en sus actuaciones. No me fallaron ni a mí ni a mi familia. Gracias Policías de Gandia por ese apoyo incondicional.

Se volvió a entrevistar de nuevo a personas que tuvieran o hubiesen tenido fuera en la época que fuera, relación conmigo, pero sobre todo a quienes residían en Madrid. La Brigada VI quería obtener datos para esclarecer mi asesinato. Había que partir de cero pero en el kilómetro cero. Y así lo hicieron. Y así obtuvieron el rumor, la antesala de la verdad.

Identificaron a un tal Rubén, él fue quien abrió la caja de pandora al explicarles que tenía una novia que se llamaba Helena. ¿Y? Continua… su anterior novio le dijo que un amigo íntimo intentó tener relaciones sexuales con ella llegándola a amenazar con la frase de que le iba a hacer lo mismo que a la chica de Gandia. Localizaron a la chica en cuestión. Helena confirmó que estuvo saliendo durante algún tiempo con un joven llamado Alex. Y este Alex le dijo que un amigo suyo le había comentado que había violado y matado a una chica en una playa. Demasiadas coincidencias y mucho donde hurgar. Lograron dar con el amigo del amigo y se llamaba Roberto. ¿Os suena este nombre?

Los investigadores se centraron en Roberto. Había sido detenido dos veces por violación, en junio de 1990 (dos meses antes que la mía) por un hecho cometido en Alcobendas y en diciembre de 1992, por los que le hizo a María y a Luisa, y que justamente investigaba al Grupo III de la Brigada de Homicidios que lleva mi caso. El indeseable de Roberto ya tenía cara, nombre y apellidos.

Cruzaron los casos y no por casualidad. Roberto había sido detenido porque Julia le acusó de haberla violado en un descampado de San Sebastián de los Reyes, intimidándola con una navaja, aprovechando el conocimiento previo que existía entre ambos y con ocasión de haberse ofrecido a acompañarla a su domicilio. ¿Os suena, verdad? La segunda detención de Roberto ya la conocéis todos con pelos y señales. Lo ocurrido con María y Luisa. Cuando los investigadores localizan a Roberto, éste está cumpliendo prisión en Carabanchel.

Julia va cantando, va diciendo a los investigadores que su violador pasó la Semana Santa de 1990 en Gandia con un grupo de chicos y chicas. La cuadratura del círculo. Se va estrechando el cerco. Pero os preguntaréis que tiene que ver con mi asesinato. Julia explicó que en esa Semana Santa, y tras haberle ocurrido a ella, sospechó de una amiga suya y que le hubiese ocurrido algo similar. Era Ana. Vivía en Valencia. Y gracias a Julia (violada por Roberto) buscaron a Ana. Y para sorpresa de mis investigadores Ana fue recogida por un zeta de la Comisaría de Gandia aquella Semana Santa de 1990 con lesiones y manifestando que había sido víctima de una violación por parte de una persona armada con navaja. ¿Os vuelve a sonar? Pero Ana expresó su deseo que no formular denuncia y tampoco quiso aportar datos de su violador. Pero Julia detectó que Ana mostraba gran animadversión por Roberto. Porqué. Vosotros mismos lo podéis deducir. Yo ya lo he hecho.

Tenían el perfil, el nombre, la cara y los antecedentes de tan osado hombre. Se indaga, se invierten miles de horas debajo de un flexo en los despachos policiales de la Brigada y se consigue obtener la información de que Roberto en 1990 colaboraba en pubs y discotecas de Madrid, concretamente en el Oh Madrid y Four Roses. A esas discotecas íbamos mis amigas y yo.

Una de mis amigas, en los cientos de folios de declaraciones antes de partir hacia Madrid aquel 29 de agosto de 1990, dijo que un tal Roberto trabajaba en PK2, el pub de Gandia donde yo fui a buscar las malditas llaves. Y además decía que Roberto me conocía y me invitaba a chupitos. Otra amiga mía, también dijo en Gandia que me acompañó a buscar las llaves. Ya tenían el móvil de la violación y asesinato. Convocaron a otras dos amigas mías a la sede central de la Brigada. Y estas dos confirmaron que Roberto el de PK2 era un chico de Madrid que lo habían conocido en la playa de Gandia, concretamente en el mes de mayo de 1990. Aquel año la Semana Santa cayó baja. Y en esa época conocieron a Roberto y a su hermano en Bacarrá. Y curiosamente, volvieron a ver a Roberto en Oh Madrid donde trabajaba de relaciones públicas.

Marchante y Celestino reaccionan rápidamente y piden al juez que se intervengan los teléfonos de Roberto, más bien de su madre puesto que vivía en su casa, y del dueño del pub donde trabajaba Roberto y piden al Fiscal reabrir el caso. Increíble su labor después de tres años de mi muerte. Nunca podré agradecerles lo que hicieron por mí y por mi familia. El juez lo aprueba y la compañía de Telefónica interviene los teléfonos que son escuchados durante días y horas, las 24, por mis agentes de la guarda.

Citan de nuevo en Comisaría al dueño del pub de la playa de Gandia donde yo fui a buscar las llaves y donde trabajaba Roberto. Esa especie de camarero-relaciones-violador en serie. Explica cómo y a quien contrata. Los horarios. Y explica que ese mes de agosto de 1990 colaboró como relaciones públicas de su pub un tal Roberto, de Madrid, que al ir adquiriendo confianza pasó detrás de la barra y servía copas en la terraza. Roberto no percibía sueldo, a cambio tenía sus copas gratis y las de sus amigos y amigas. Reconoce también que veraneaba en la playa de Gandia, con su madre separada, y su hermano. Que a finales del fatídico verano de 1990 apareció una joven muerta y que me reconoció por las fotos que publicó la prensa. Primer error. Mi foto jamás apareció en la prensa y menos esos días. Sólo la conocéis cuando el caso se reabrió en 1993. Que además sabía con certeza que Roberto me conocía a mí. Que nos vio hablando en el pub. Claro, me preguntó qué buscaba y se ofreció a ayudarme. El dueño del pub reveló a los investigadores que Roberto se despidió del trabajo el día 28 (mi cruel noche) ya que le explicó que el 29 de agosto viajaba a Madrid. Reconoció que Roberto estuvo en el pub hasta las 3 o las 3.30 de la madrugada y que esa noche yo también estuve en el pub.

El segundo error del dueño del pub fue no decirles a la policía de Gandia, esa mañana fueron al pub, que Roberto ya había marchado a Madrid. Eso sí, tres años después recordaba perfectamente que Roberto se fue al Bacarrá. Que se lo dijo un matrimonio que coincidió con Roberto. Ay las coartadas y las mentiras… El dueño, que tanta memoria tenía para con Roberto, no supo dar detalles del matrimonio fantasma. Dijo que tendrían unos 27 años, y una niña de 8, es decir la tuvieron a los 20. Y son clientes del pub. Vaya, para ser clientes no sabe quiénes son ni donde viven, ni si vieron, coincidieron o estuvieron con Roberto de 3.30 a 6.00 horas. Al final reconoció que coincidieron en Bacarrá, que no es lo mismo que irse todos juntos a la discoteca.

Roberto volvió en Semana Santa de 1991 y el dueño del pub al verlo comentaron lo de mi muerte. La respuesta de Roberto fue que la policía ya le había tomado declaración en Madrid. Falso. Nunca fue citado ni tan siquiera constaba su nombre en ningún sitio… como la sombra que desapareció dejándome a merced de la muerte a la orilla del mar. En verano de 1991, Roberto volvió a la playa de Gandia. También en Semana Santa de 1992 y ese mismo verano. Nunca más volvieron a comentar el tema de mi muerte, es más, perdieron todo el contacto… Le mostraron la ficha policial de preso que Roberto tiene hecha en Carabanchel. El dueño del pub, lo reconoció sin ningún género de dudas.

Mi padre comenzaba a esbozar una leve sonrisa, sabía que su empeño por descubrir a mi asesino dependía de la pericia policial, de sus excelentes investigadores, y de la ayuda que por circunstancias desagradables mis amigas o las amigas de mis amigas podían brindarle. Cada una pasó su calvario, el mío quedó en las aguas cristalinas del Mediterráneo aquella noche de agosto de 1990. Mi padre, al que siempre he admirado y lo seguiré haciendo, solo esperaba las transcripciones de los teléfonos intervenidos así como de la correspondencia que Roberto emitiera desde la cárcel…

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