miércoles, 29 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE BELÉN (3ª parte de 7)

Es mediodía. Mi padre acaba de venir a reconocerme el depósito de cadáveres. Oigo como me extraen de una bandeja de hierro, cómo el médico forense levanta la sábana y allí está mi padre. Aquel al que le fallé. Aquel de quien me despedí con un beso la noche anterior. El que estaba dispuesto a reñirme blandamente por haber llegado tarde. Sus ojos lo decían todo. Apretó la mandíbula. Me miró. Dijo un escueto: sí, es ella, es mi hija. Y me acarició el pelo como solía hacer desde que era pequeña. Noté cierto alivio después del infierno que había atravesado en la arena de la playa de Gandia. Al fin y al cabo, no me había podido despedir de él y sin embargo, reunió el coraje y el valor para despedirse de mí, de verme por última vez, de mostrarme que aun así, aún después de haberle fallado él no me falló. Estuvo ahí, con la entereza y autoridad que le caracterizaba. Ya sabéis que las chicas solemos tirar más al padre, pero este padre para mí era especial. Se había preocupado de mí desde el minuto cero de vida y así lo hizo durante los 17 bonitos años que compartimos juntos. Lástima que aquella sombra, aquel cobarde que me atacó, truncase nuestras vidas y nuestros amores de padre e hija. Supe en su mirada, más fría que mi cuerpo, que no cesaría en su empeño por localizar a quien destrozó en vida la vida de su hija y a quien, una vez muerta, destrozó la vida de los Lomba Fernández.

Andrés Marchante y Celestino le cogieron del hombro, estaban uno a cada parte de él. Los dos le prometieron que no descansarían, que trabajarían día y noche hasta dar con el sinvergüenza que había truncado de por vida nuestras vacaciones. Andrés era el jefe del grupo operativo de la Policía Judicial de Gandia. Celestino, un hombre pausado y tranquilo, un Comisario con gran bagaje, experiencia y sabiduría. Los dos se entrevistaron con mi padre. Le preguntaron sobre mis amistades, sobre el círculo íntimo de compañeros que asistieron aquella fatídica noche a la despedida en la arena de la playa. Así comenzaba a iniciarse una compleja investigación de la que siempre informaban a mi padre y a un amigo.

Por las silenciosas salas de la tercera planta de la Comisaría pasaron Álvaro, Eduardo, Isidoro, Javi, Ana, Beatriz, Elia, Judith, Amelia, Nacho, Alfonso, Fofó, Javier, David, Alejandro, Francisco, Víctor, Paco, Jorge, Pilar, María, Santiago, José Antonio, José Joaquín, Valentín, Carlos, Fidel, Guillermo, Octavio, y Miguel. Las máquinas de escribir echaban humo. Las preguntas se repetían una y otra vez. Conocías a Belén. Estuviste en la fiesta. A qué hora llegaste a casa… Sabías si Belén tenía enemigos o alguien la acosaba. Y así, hojas y hojas que después eran leídas por los investigadores para extraer alguna coincidencia, alguna palabra, duda o inconexión. La mayoría de ellos son amigos míos y vivimos en una zona muy característica de Madrid, por eso nos conocemos. Incluso algunos quedábamos para ir de discotecas por Madrid. ¿Habéis visto que entre la retahíla de nombres falta uno? Roberto se había marchado a las 9 de la mañana con su madre y su hermano a Madrid.

Al día siguiente de mi asesinato, el portero de unos apartamentos, de esos que fueron los únicos testigos mudos de mi muerte, encontró mis pantalones. Estaban sobre un seto de unos apartamentos. Un niño que se meaba y había salido de la piscina para hacer sus necesidades junto al arbolito los vio y se lo dijo al portero. El portero no hizo caso. Se pensó que eran de algún vecino que los había puesto a secar. Cosa rara, sí, pero ya se sabe que las costumbres de los alquilados a veces son así. Y al día siguiente, mi pantalón seguía encima del seto. El portero ya mosqueado vio que estaba lleno de arena, con los bolsillos hacia afuera y la pernera enrollada y también llena de arena. Eran mis Lewis 501. Esos con los que me vestí por última vez y con ellos me arrancaron la vida. Aún conservaba el cinturón con pedrería y la hebilla. Entonces llamó a la Policía y lo recogieron. Alguien, ese que solo sabemos él y yo, lo lanzó desde la calle a los apartamentos mientras se marchaba dejándome agonizar. Ese que había sido tan hombre para violarme y matarme, se deshacía de la ropa a medida que la fiera humana volvía a su casa. Seguramente, dormiría plácidamente toda la noche. Para dormir así se necesita tener frialdad o de lo contrario, no podría conciliar el sueño salvo que lo que ha hecho conmigo sea ya una rutina de él. Segura estoy que no es la primera vez que lo hace. Le falló que me dejó inconsciente y a merced de las olas del mar, y eso me supuso la muerte. Por eso no le gusta que le relacionen con mi nombre ni con la playa de Gandia. Siempre irán ambos ligados aunque todos seamos de Madrid.

Mi pantalón entró a engrosar la lista de objetos encontrados esa noche y esos días en la escena del crimen. Solo localizaron una sandalia mía. La otra, y la camiseta, así como el sujetador supongo que las tiraría camino de su casa. Mis braguitas las localizaron dos mujeres a cincuenta metros de donde yo aparecí. También encontraron un calzoncillo, zapatillas de esparto del 41 y diversas prendas más. Ninguna de ellas con trascendencia para poder explicarle a mi padre lo ocurrido.

El Lewis 501 etiqueta roja fue a parar al servicio central de la Policía Científica de Madrid, así como el calzoncillo. En él había unos pelos. Podía ser el inicio para dar con el asqueroso autor de mis delitos. Se analizaron y resultaron ser de un gato. Él tiene siete vidas, yo solo una. Quien me mató, también podría decirse que tiene siete vidas.

Los agentes del Cuerpo Nacional de Policía cumplieron su palabra. No dejaron marchar a nadie a Madrid ese día hasta que no prestaran declaración los 11 chicos y 9 chicas que habíamos estado en la pandilla. Se peinó puerta a puerta todos los edificios colindantes, llamando, interrogando, comprobando coartadas. Obtuvieron pistas. Muchas de ellas falsas y otras engañosas. Y muchos os preguntáis si nadie oyó nada, si nadie escuchó mi desgarrador chillido de auxilio. No. El escenario del crimen era perfecto. Sabían que cualquier ruido podía provenir de las despedidas que se hacían mezcladas con alcohol. Sabían que el ruido del mar, de las olas por la noche, llega a soltar un zumbido que no se puede dejar de oír en la noche gandiense. Y por último, la disco-pub Oh Cielos emitía música muy alta dado que, en esa época de 1990, el ruido y la contaminación acústica no conocían de dobles puertas ni insonorizaciones.

Mientras yo yacía en el depósito y mi padre arreglaba los papeles para trasladarme a Madrid e inhumarme, por la radio se repetía una y otra vez una frase escalofriante, era la primera vez que el Cuerpo Nacional de Policía pedía ayuda ciudadana ante mi muerte. Aún recuerdo la frase lapidaria que emitieron y que decía: Se ruega al paseante anónimo, se persones en la Policía que lo espera desde ayer. Las especulaciones en Gandia y playa se dispararon. Todos se preguntaban de qué iba eso. Quién era ese paseante y encima anónimo. Fue la primera persona que me vio flotando en la orilla del mar y que avisó a la policía. Él y solo él había visto intacta la escena del crimen. Esa madrugada había llovido y la cálida y a la vez fría arena de la playa había quedado dura y, por tanto, las pisadas y demás vestigios que había dejado mi verdugo estaban intactas. Pero pronto de llenó de paseantes habituales, de curiosos, y de policías. Los auxiliares, los dos vigilantes del escenario, los curiosos... todos entraron y salieron de la escena como Pedro por su casa. Es cierto, y no los culpo, que nunca antes se habían enfrentado a un caso de estas características. Yo incluso desconocía que existieran policías con bata blanca, esos que ahora son por todos conocidos por las series policíacas. Los medios con los que contaban eran rudimentarios. Las fotos que me hicieron se revelaban de un carrete y eran en blanco y negro. Nada de pinceles, trasferencias, cinta policial, rastreo palmo a palmo, ni colocación de métricas...


Lamentablemente eran otros tiempos. Hoy, afortunadamente, ya no se actúa así y hay muchos avances. Bendito ADN. De ahí la importancia de localizar al paseante que, anónimamente, llamó a la policía. Y acudió y contó lo que vio. Pobre hombre, menudo susto se llevó.

Y para añadir más caos al caso, una buena mañana de finales de enero, cinco meses después de que yo dejara de respirar sobre la arena, en ese mismo maldito y último lugar, el portero que ya encontró mis pantalones volvió a ser protagonista al encontrar unas llaves. Estaban oxidadas, luego llevaban tiempo allí. Todos, incluido mi padre, llegamos a pensar que se trataba de mis llaves. Celestino y Marchante mandaron las dos llaves al Gabinete Central de la Policía Científica en Madrid para que pudieran restaurarlas de forma urgente. Si no eran mis llaves, podían ser las del asesino. El cerco se iba cerrando. El portero había reconocido las llaves como las del 4B del Hotel Tres Delfines. Se localizó a todo el personal del hotel que trabajó en agosto de 1990. Desde la gobernanta que ya no residía en Gandia hasta el responsable de mantenimiento. Había que tirar del hilo, por si las llaves eran del asesino y no las devolvió al caérsele mientras cometía el crimen. De forma urgente las llaves oxidadas retornaron nuevas a Gandia. Se contactó con el fabricante TESA y se pudo obtener la copia perfecta. Solo quedaba probar.

De nuevo, la zona de San Paulo y President era tomada por agentes del Cuerpo Nacional de Policía. Una a una probaron todas las puertas del Hotel Tres Delfines. Y llegaron al cuarto piso puerta B. Introdujeron la llave. Sorpresa y desolación. Habían cambiado la puerta justo del 4B. De nuevo a la casilla de partida. Podía ser un indicio de alguien que quería ocultar el crimen, y al percatarse de la pérdida de las llaves, evitar así que lo supieran y al mismo tiempo devolver los dos juegos. Y la figura del portero, que es quien custodia las llaves y las copias, no paraba de danzar por cada paso que daba la investigación. Ya encontró los pantalones. Después las llaves. Y había regresado al lugar del crimen. El cerco se estrechaba. Al final, después de días de investigación minuciosa se pudo saber que la puerta se cambió antes del crimen. Pero el portero seguía en el punto de mira de mis investigadores.

Llegan los informes de la Científica de Madrid. Los pelos hallados en el calzoncillo son de origen animal, concretamente de un gato. ¿Y quién de todos tenía un gato? El portero. Él negaba haber tenido nada que ver con el crimen, pero los investigadores supieron que no se acercó a ver mi cuerpo esa mañana cuando estaba flotando yo a orillas del Mediterráneo a merced de la corriente. De nuevo la duda planeó sobre el porqué no se acercó a las escena del crimen. Indagaron mucho, sé que se dejaron horas y horas de investigación y que se las robaban a sus familiares. Os lo agradezco. Sé lo importante que para vosotros fue este caso y el tiempo que le dedicasteis. Vuestro esfuerzo no fue en vano y cumplisteis la promesa que le hicisteis a mi padre cuando me vio en el depósito de cadáveres. Gracias a ese tesón, pudieron saber que el portero en cuestión tenía antecedentes por agresión sexual. El mundo en un pañuelo. Encontraba a tramos cosas de mi caso, los pantalones, las llaves, tenía un gato, antecedentes por agresión sexual, modo de escapar sin ser visto, conocía la zona, tenía todo para ser el candidato. Pero yo sabía que la sombra de mi violador y asesino no era la de él. Negó hasta la saciedad tener relación con el caso y ser inocente. Y lo era. No había de demostrar su inocencia sino su culpabilidad, y en eso los inspectores de policía de Gandia se emplearon a fondo. El resultado fue, una pista que despista. No era él. Se acercaba el final de mi historia. Era enero de 1992. Pronto se cumplirían dos años de mi asesinato y se habían empleado a fondo, pero el trabajo fue en balde, pues dada la complejidad del caso, un magistrado de la Audiencia Provincial de Valencia dictó un auto judicial donde decretaba concluso el sumario. Fue el principio del fin. Tantos esfuerzos para nada. Se habían agotado todas las vías de investigación…

Vuelvo a oír el chirrido de la bandeja como entra en el frigorífico del depósito de cadáveres de Gandia. Me despido por última vez de él. Una sábana cubre mi desnudo y maltratado cuerpo. Mi padre se queda fuera, sigue ahí lo noto, junto a Marchante y Celestino. Le habían prometido que no pararían hasta dar con mi asesino…

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