Soy de
Madrid y tengo 17 años. Mido 1,70 y peso 50 kilos. Mi pelo es
castaño y tengo los ojos azules claros. Veraneo como todos los años
en la playa de Gandia. Mi abuela compró un apartamento en los 80 y
todos los veranos los pasamos en familia. Ya no hemos vuelto a la
playa de Gandia. Lo de volver a la playa es un eufemismo. Yo nunca
podré volver a la de Gandia, más bien me fui de ella para siempre.
Mis padres y hermanos no lo han hecho. Les entiendo. Ellos no tienen
la culpa de nada. Se resignan y no ocultan que un día tuvieron una
hermana que murió en Gandia.
Mis amigos, los de verdad, los que con ellos compartí el último verano de mi vida residían en los apartamentos Sao Paulo, President, Hawai, Santa María, Mi Descanso, incluso uno en el ya desaparecido Hotel Tres Delfines, donde si no recuerdo mal en sus bajos hubo un supermercado.
Lo que hoy todos conocéis por botellón, en mi época también existía, solo que nuestros padres nos dejaban hacerlo en la playa, en pandilla, sentados en la arena, incluso alguno traía una guitarra y cantábamos y reíamos. Éramos, a nuestra manera, felices. Pero no creáis que esto lo hacíamos todas las noches, que va! Solo se nos permitía como fiesta de despedida de las vacaciones. Había dos días de verano que podíamos salir un poco más tarde. Uno era el día que celebraban las fiestas del apartamento, aquellas que reunían a vecinos disfrazados, cenas todos juntos en la terraza junto a la piscina, y acababa con una caja de cohetes artificiales y un dúo musical. Esa noche nos acostábamos tarde. La otra que teníamos esa ansiada libertad juvenil era cuando finalizaba el verano, cuando sabíamos que cada uno había de partir hacia su destino, hacia Madrid. Y así fue el inicio de mi fin…
Aquel
28-29 de agosto, yo tenía permiso para regresar un poco más tarde
de lo habitual. Me había puesto solo colorete y llevaba mi prenda
favorita, unos pantalones vaqueros de color azul y una camisa. En
mis orejas, unos pendientes pequeños de oro con una perla. Mi madre
me insistía que no volviera tarde y que cogiera un suéter y me lo
colocara sobre los hombros o me lo anudara en la cintura. Le di un
beso a mi padre y nos cruzamos las miradas. Él siempre ha sabido
que podía confiar conmigo y yo en él; para eso es mi padre, y sabe
que nunca le defraudaría. Mi madre, desde el comedor, me lanzó
otro beso al ver la escena mientras atendía a mi hermano y a mi
hermana. Mi abuela asentía con la cabeza a modo de comprensión.
Y cerré la puerta mirando a los cinco. La puerta que ya jamás volvería a abrir. Mis amigas están bajo, me marcho dejando atrás y mirando el balcón, ese balcón donde me he hecho la foto por la que todos hoy me conocéis. Habéis puesto cara a mi nombre. Os lo agradezco enormemente. Algunos me conocéis por el nombre, otros por aquello de la chica madrileña de la playa, y otros sin embargo intentáis buscar a través del azul de mis ojos aquellas respuestas que yo nunca os pude ni os podré dar.
Y cerré la puerta mirando a los cinco. La puerta que ya jamás volvería a abrir. Mis amigas están bajo, me marcho dejando atrás y mirando el balcón, ese balcón donde me he hecho la foto por la que todos hoy me conocéis. Habéis puesto cara a mi nombre. Os lo agradezco enormemente. Algunos me conocéis por el nombre, otros por aquello de la chica madrileña de la playa, y otros sin embargo intentáis buscar a través del azul de mis ojos aquellas respuestas que yo nunca os pude ni os podré dar.
Salimos y fuimos desde la plaza de Navarra a la avenida del Nord. Faltaba poco para las diez de la noche de aquel fatídico 28 de agosto. Anduvimos toda la pandilla hasta llegar a la arena de la playa. Una arena cuyo frescor recuerdo todavía. Nos sentamos en círculo, entre los apartamentos Sao Paulo y President. Estábamos tranquilos porque al venir hacia aquí habíamos saludado a un vigilante jurado que custodiaba el escenario de la que fuera televisión valenciana Canal-9 por donde emitían el programa veraniego Pay-Pay. Eso nos daba tranquilidad. No sé por qué, pues no suele ser una noche trágica dado que justo al lado tenemos otra pandilla de Hawai celebrando lo mismo que nosotros: el final del verano. Y más allá casi en las Casitas Jardín hay dos grupos más, de similares edades a la nuestra. Bueno, de la parejita esa que está junto a las hamacas, no os cuento nada, así no les molestaremos…
Nos contamos confidencias las amigas y compartimos con el resto los planes de futuro, lo que haríamos nada más llegar a Madrid. Las carreras que teníamos previsto escoger, las quedadas de los fines de semana, el frío, el invierno, la nieve, Preciados, Callao, Serrano, Claudio Coello… y compartíamos bebida. Los chicos optaron por un vaso grande de plástico con muchas pajitas. Nosotras, más recatadas por aquello de saber que no nos pongan nada en la bebida, optamos por vasos de tubo. Y reímos, y cantamos, y el Martini con limón y el JB iban haciendo efectos entre quienes acudimos a la fiesta.
Nos miramos el reloj y pasaban poco de las doce de la noche. Ya es 29 de agosto. Alejandro, Álvaro, Isidoro, Javier, Ana, Bea, Elia, Judith, Alfonso y yo misma nos preguntamos si ya estarían abiertos los pubs. Me acuerdo como si los viera ahora. Almacén49, Pravatta, PK2, Caballo Loco, Copas, Delos, Way y Kiki… la plaza del Temple repleta de gente. Vimos a Octavio, creo que se llamaba así, y entramos en PK2. También a José y Valentín, en Pravatta. Entre tanto entrar y salir de los pubs, hacía mucho calor y a mí me agobia tanta gente apretada, volví a PK2. Se me había hecho tarde y aunque lo estaba pasando regular, los primeros ya comenzaban a marcharse dado que a las 9 de la mañana partían hacia Madrid y las maletas deberían estar hechas. Yo también creo que es hora de marchar. Y busco y rebusco entre los bolsillos de mi vaquero azul, Nada. Salgo y vuelvo sobre mis pasos y regreso de nuevo a PK2 y él me ve. Noté clavada su mirada. Las luces de colores, el ruido ensordecedor, el ambiente… todo se hacía mucho más vulnerable y como yo sabía que no quería nada porque me marchaba, no tuve miedo. Además él trabajaba allí todo el verano. Pero me giré. Maldita sea, me giré. Y… por la educación que recibí de mis padres, le saludé y le contesté. Me preguntó por qué miraba el suelo, por qué buscaba entre la cabina de aquellos discos de vinilo, qué había perdido. Las llaves le dije mordiéndome el labio inferior. He perdido las llaves. ¿Aquí dentro mujer? No lo sé. Al salir del apartamento las tenía. Hemos ido en pandilla a despedir el verano y… o se me han caído en la playa, por el camino no creo o están por aquí… Si te esperas un segundo te acompaño y las buscamos. Una chica como tú no debe ir sola a la playa ahora a buscar unas llaves. Yo te acompaño…
Anduvimos de la plaza del Temple, por delante de Otilia y Comic’s hasta la avenida del Nord. Nos quitamos los zapatos. Yo me arremangué la pernera del vaquero azul. No quería llenar de arena todo el apartamento. Me delataría ante mi madre y más cuando llego con retraso. Buff son ya casi las 3 de la madrugada. Me preguntará de dónde vengo y con quién he estado a estas horas. Se preocupa mucho por mí, es normal, es amor de madre y eso nunca, repito nunca y pase lo que pase, nos separará.
Y buscamos por la arena... No, más hacia aquí. No, debería ser allí que hay un hueco y pisadas. No las veo, sí… ven aquí. No puede ser ahí, está muy lejos y además está junto al palo de la bandera y ahí no estábamos. A ver, mira he encontrado algo, ¿cómo era el llavero?…. Y fui a toda prisa a ver si era… y noté un golpe seco que me dejó aturdida, semiinconsciente. Caí a la dura y fría arena. Creí haberme golpeado con el palo de la bandera por la oscuridad, con el chiringuito, con las hamacas, yo qué sé…. Y cuando recupero esos segundos idos, me lo veo a horcajadas sobre mí. Me arranca la blusa y yo intento por todos los medios protegerme, golpearle, darle puñetazos para librarme de él al tiempo que quiero tapar mis senos. No llego a pensar que es de noche, que no se me ve nada, solo de verlo a él encima de mí, toqueteándole y obligándome a besarle se me revuelven las tripas...
Como no
accedí, me defendí como pude de ese animal encantador del pub. Y
me dio dos golpes secos más en los pómulos de la cara. Yo no sé
cómo lo hizo pero me dejó K.O. al segundo, inmóvil, aturdida…
noté como con sus sucias manos me quitó toda la ropa y me cogió
la pierna izquierda estirándola. Me dejó su marca. Yo no entendía
muy bien el porqué. Aunque tengo 17 años soy una persona de
fuertes convicciones morales no creo en el mal que puedan hacer las
personas a otras personas. Cuando me desgarró noté su mano
izquierda de nuevo, esta vez sobre mi garganta, apretando, como
intentando asfixiarme. Los dedos de mis manos se quemaron de la
fuerza con la que me agarraba yo a la fina arena en la que, días
antes, me había tostado al sol. Esa arena alegre y divertida que me
ha acompañado todos los veranos de mi vida, me estaba acompañando
en el verano más trágico de mi vida, en el peor, en el más
asqueroso, en el último de mis días… Dios mío, Dios mío porqué
me has abandonado…
Se paró todo. El tiempo, las olas, el ruido del mar, todo a mi alrededor, como si estuviera en una nube. Como si Dios me hubiera llamado. Noté que me cogían por el tendón de Aquiles y me arrastraban. El cuerpo me quemaba por la fricción contra la arena. Pero lo que realmente ardía era todo mí ser. Hice una marca en el suelo como la hacen los carros de bebé cuando entran en la playa, era mi último camino, la antesala de la muerte. Tan dulce y tan amarga. Luego me puso perpendicular a la línea del mar y empezó a voltearme hasta que el agua empezaba a entrar en mi cuerpo. Lo sé porque lo noté. Noté ese frío amargo, ese calor que raya la ebullición, cuando las garras del mar me dijeron… Belén ven con nosotros. A lo lejos llegué a divisarle a él. Era su sombra, la recuerdo perfectamente. Llegué a ver cómo recogía mis pantalones y mi ropita interior y se fundía en la noche amarga que amenazaba con despuntar al alba. Fue una imagen que nunca olvidaré. Allá a lo lejos, de espaldas, amparado por la nocturnidad, se marchaba mi violador, mi asesino, y yo sin poder pedir ayuda ni tan siquiera despedirme de mis padres. Y la puerta, aquella puerta de la que os hablaba… ahora sí que se cerró. Se cerró para siempre.
Se paró todo. El tiempo, las olas, el ruido del mar, todo a mi alrededor, como si estuviera en una nube. Como si Dios me hubiera llamado. Noté que me cogían por el tendón de Aquiles y me arrastraban. El cuerpo me quemaba por la fricción contra la arena. Pero lo que realmente ardía era todo mí ser. Hice una marca en el suelo como la hacen los carros de bebé cuando entran en la playa, era mi último camino, la antesala de la muerte. Tan dulce y tan amarga. Luego me puso perpendicular a la línea del mar y empezó a voltearme hasta que el agua empezaba a entrar en mi cuerpo. Lo sé porque lo noté. Noté ese frío amargo, ese calor que raya la ebullición, cuando las garras del mar me dijeron… Belén ven con nosotros. A lo lejos llegué a divisarle a él. Era su sombra, la recuerdo perfectamente. Llegué a ver cómo recogía mis pantalones y mi ropita interior y se fundía en la noche amarga que amenazaba con despuntar al alba. Fue una imagen que nunca olvidaré. Allá a lo lejos, de espaldas, amparado por la nocturnidad, se marchaba mi violador, mi asesino, y yo sin poder pedir ayuda ni tan siquiera despedirme de mis padres. Y la puerta, aquella puerta de la que os hablaba… ahora sí que se cerró. Se cerró para siempre.
A las siete de la mañana, como todos los veranos, es fácil ver a gente practicando deporte y andando por la orilla del mar. Tres mujeres y un hombre me vieron. Yo no les vi. Mi cuerpo desnudo con mi gran marca de bañador y mis moratones les alertaron. Yo entraba y salía del agua a merced de las olas. Había sido mi último viaje en la vida real. Mi despedida de la playa de Gandia. Me miraron fijamente por unos instantes. Creían que estaba borracha y que me había echado al agua desnuda para que me pasara. Pero vieron que alrededor no estaba ni una amiga, ni un novio, ni un amigo... Y me volvieron a mirar. Yo tenía los ojos cerrados. No les oía, ya estaba muerta, mis pulmones se habían encharcado y mi joven corazón había dicho basta, pero comenzaba a sentir esas palpitaciones que te indican que sí saben la ayuda que necesito. Sale el sol. Son casi las ocho de la mañana. Mi padre y mi madre están en la Comisaría de la Playa de Gandia, un edificio de obra que hay delante de la marisquería As de Oros. Allí Valentín toma sus datos en una vieja Hispano Olivetti. Quieren denunciar que su hija Belén no ha ido a casa a dormir. Yo estoy a un par de kilómetros de ellos. No me ven. No me oyen. Pero sienten que les falta algo… yo sí les siento y siento haberles defraudado, siento haberles fallado, siento no poder estar con ellos ni tan siquiera despedirme. Seguramente me verán en un rato, en el depósito de cadáveres. Allí me reconocerán y sabrán que todo ha acabado y nada ha empezado.
Por cierto, os he de contar también que mi padre hace poco que ha llegado donde estoy yo, a mi lado. Unos le llaman larga enfermedad. A mí me gusta llamarle por su nombre: cáncer. Parecerá incorrecto, pero me alegré. No me gustaba verlo sufrir en vida. Yo le mandaba fuerzas para que sacara adelante a la mami y a los dos peques. Para que nunca desfalleciera. Y así lo hizo. Aguantó, indagó, movió cielo y tierra para buscar al responsable de que yo les dejara tan solo con 17 años. Y lo consiguió. Era tenaz. Buscó esa aguja en un pajar y la encontró. Yo no pude darle muchas pistas, pero él sabía dónde y cómo buscar. El amor de un padre por una hija le llevó hasta donde llegó. Y lo felicito. Los dos sabemos quién truncó nuestras vidas. Ahora, ya puedo hablar con él, abrazarle…. Le echaba tanto de menos, llevaba varios lustros sin poderle acariciar. Solo me despedí con un beso en la mejilla tras aquella puerta que nunca más volví a abrir.
A esas horas de aquel 29 de agosto de 1990, mientras unos subían las maletas a los coches para partir hacia Madrid otros oían por la radio que había aparecido una joven muerta al final de la playa... comenzaba así el cerco a mi violador y asesino, comenzaba así mi historia de la que nunca jamás pensé haber sido la protagonista. Una historia que se prolongaría durante años intentando buscar aquella sombra que me mató y abandonó en aquella fría arena de la playa de Gandia. Comenzaba así un nombre, el mío, el de Belén, ligado para siempre a la historia de la playa de Gandia, una historia de la que se han escrito muchos más capítulos…
Me los he leido todos!!!
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