Hola,
me llamo Roberto. Soy joven, apuesto, cachas y llevo una Yamaha TZR.
Practico full-contact y tengo don de gentes. Os voy a contar porqué
he llegado hasta aquí, a formar parte de la historia de un crimen
ocurrido en la playa Gandia tal día como hoy…. esta misma noche…
la del 28 al 29 de agosto… pero de 1990. Aquella noche alguien
violó y asesinó a Belén Lomba Fernández, una joven madrileña,
morena y guapa de 17 años. De ella os hablaré en otro capítulo.
Hoy os hablo de mí.
Y para os hagáis una idea de por qué me complicaron la vida en este crimen, os cuento una de tantas experiencias mías que me ocurrieron donde vivo, en Madrid. Bueno, mías y… de ellas. Tengo bastantes, lo reconozco. En unas me han pillado, en otras no. Yo tenía 19 años cuando estuve en la playa de Gandia. Pero de mi estancia en la playa... otro día. Ahora, venid conmigo a Madrid…
Me acuerdo. Era viernes. Un viernes del mes de febrero de 1991 y a juzgar por el frío, no serían todavía las 12 de la noche. Voy andando por la calle Príncipe de Vergara y a la altura de la Cafetería Nebraska me decido a entrar. El finde promete. Allí están María y Luisa. María tiene 14 añitos. Luisa ya los 16. Nos saludamos. Hablamos. Reímos.
¿Me acompañáis a casa y le pido el coche a mi madre y nos vamos todos juntos a la discoteca Graft? María acepta porque en la disco había quedado con su novio. Todavía me acuerdo cómo brillaban sus ojos de enamorada. ¿Y cómo vamos a tu casa? En mi moto ¿Los tres? Sí, es un momento está cerca. Y llegamos bastante rápido la verdad. A esa hora, viernes casi de madrugada, el tráfico en Madrid ya se sabe. Aparqué en el garaje la moto y recuerdo que les dije a María y a Luisa que esperaran. Subí a casa. Ellas se creyeron que iba a por las llaves del coche de mi madre. La inocencia, ay la inocencia… Realmente fui a por las llaves de la oficina de mi madre. Bajé al garaje y allí estaban las dos pavas mirándome como solo saben mirar las pijas, como solo lo hacen quienes nunca han estado con un hombre. Les dije que mi madre no me había dejado el coche. Se lo creyeron. Y como me mostré dolido, que no cabreado, les dije que me acompañaran a la oficina de mi madre a coger dinero y marcharnos a la discoteca. Subimos los tres a un taxi. Aún recuerdo las miradas de complicidad y sus sonrisas angelicales.
El taxi se detiene. Le pago la carrera y se marcha. Abro la puerta de la oficina y detrás de mi vienen como dos corderitas María y Luisa. Las miro, me pongo el dedo índice en la boca para advertirles que no hagan ruido. Es casi la una de la madrugada. Hay vecinos en el edificio de la oficina de mi madre. Les advierto que no deben encender la luz para no levantar sospechas y no adviertan nuestra presencia. Asienten con la cabeza. Otra vez ay la inocencia… entramos y nos quedamos junto a la puerta. Yo me conozco la oficina. He trabajado en ella, con mi madre, por eso no me hace falta encender ninguna luz. Esperad aquí, no os mováis, ahora vuelvo… y me fui hacia el interior de la oficina. Me fui a la cocina.
María o Luisa, no recuerdo bien quién de las dos, supongo que la mayor, la de 16 añitos, encendió un mechero. Todavía me da la risa recordar sus caras cuando una le dice a la otra “La hemos cagao”. Aquello fue… me dio un subidón que no veas. Imagínate la cara de las dos pijas pavas que al encender el mechero me ven a mí, todo cachas, con un cuchillo en la mano y el brazo en alto. Pues sí, la habían cagado. Para qué son tan pavas, tan pijas, tan de la élite de Madrid. Qué se creen ellas que solo miran la moto que llevas y lo bueno que estas. Pues ahora sabréis como estoy. No lo olvidaréis jamás.
Me acuerdo como si fuera ahora. Le puse el frío metal del cuchillo en el cuello de Luisa. Temblaba. Yo creo que no era de frío. La oficina está enmoquetada. Las pupilas de Luisa se dilataron. Tenía el miedo metido en su cuerpo. Qué excitación. Me encanta ver así a las niñas pijas. Ya se harán mujeres y seguirán igual. Mientras notaba cerca de mí el olor del miedo les dije: ¡Tumbaos! ¡Al suelo las dos! ¡Quitaos la ropa! Y yo sin quitarle el cuchillo del cuello… Fue toda una experiencia, un subidón de adrenalina. Y se quitaron los pantalones y sus braguitas. La sobé, lo reconozco, pero me ponían aquellas dos pijas pavas. Le estaba metiendo mano a María, me subí encima de ella. María miraba a Luisa y Luisa a María. Una me tenía a mí encima. La otra tenía mi cuchillo apretándole la garganta. Más le vale que no se mueva. Mientras las dos compartían terror, angustia y asco, le dije a María: “morréame o me cargo a tu colega”. Y lo hizo, vaya que si lo hizo. Ella no quería hacerlo conmigo. Yo sí. Me encanta dominar así a las mujeres. Soy el puto amo de Madrid. Y comencé a entrar y salir de ella mientras solo se oían respiraciones fuertes. La mía de excitación. La de ellas de dolor. De rabia. De impotencia. De asco. Yo sé que en su interior algo les martilleaba diciéndoles que parte de la culpa la tenían ellas por haberse dejado llevar por mis encantos y haber acudido a la oficina solas. Pero eran dos. Las dos no podían haber fallado, se habían jurado promesa eterna de auto ayudarse la una a la otra siempre que lo necesitaran. Y ahora lo necesitaban. Y no una, sino las dos. No hay nadie. Estamos solos en la oficina. Ni padres, ni madres, ni hermanos o amigos. Soy yo el puto amo de Madrid, ¿os acordáis?
Roto el primer acceso, ya era mía. Ver a María y a Luisa asustadas por el mismo tío y sometidas a mi dominación me hacía más grande. Y para que no me olviden ni olviden este momento me fascina dejar mi marca, la marca de la casa, la marca con la que me identifico porque ¿saben? Yo soy así. Me gusta dejar huella en mis actos, por eso la agarré fuertemente del cuello con mi mano izquierda y se lo apreté. No sé dónde leí una vez o fue mi madre quien me lo dijo que cuando estás haciendo el acto sexual y aprietas la garganta se reduce la entrada de oxígeno y se ralentiza el placer llegando al éxtasis. En ese instante, recuerdo, le puse el cuchillo en la cara a María y le hice un pequeño corte en la mejilla izquierda. La sangre sexual ¡cómo me excita la sangre sexual! y tras el corte de la mejilla izquierda le hice una pequeña marca en el muslo derecho. Así cuando vea la cicatriz se acordará de mí. Las interiores podrá o no curarlas. Podrá o no borrarme de su mente y de su vida. Podrá recuperar algún día la autoestima o querer estar con otro hombre. Pero cuando vista falda por encima de la rodilla, o cuando lleve bikini en la playa o esos pantalones cortos blancos de verano, siempre le preguntarán por la cicatriz, y la pregunta de qué te ocurrió o como te lo hiciste la martilleará en vida. Sigo siendo el puto amo.
Nada más hacerle esos cortes era tal la excitación mía, que tuve que apretar con fuerza y con las dos manos el cuello terso y joven de María. Y apreté su cuello con mis dos manos buscando la asfixia sexual, que supiera del placer de la asfixiofilia... yo estaba encima de ella, yaciendo, y dejé el cuchillo sobre su cabeza, en el suelo, justo detrás de la hermosa melena de María que olía a campos y flores silvestres. Yo estaba sobre ella y me fue fácil dejarlo, pero la muy… levantó los brazos en la oscuridad y lo cogió. Joder, joder, joder yo creía que la distancia era suficiente pero María consiguió coger el cuchillo. ¡Mierda! Y zas, me hizo un corte en la palma de mi mano derecha cuando intenté quitárselo.
María había reaccionado a mi agresión y le dijo a Luisa que saliera corriendo a pedir ayuda, que huyera de aquel infierno. Y así lo hizo. Hay que ver que compenetradas que estaban las dos pijitas. Pero el destino hizo que la vieja, esa que pasea al perro, que conoce a mi madre y se empeña en saludarme, viera como Luisa salía en busca de ayuda. Tras Luisa salí yo cuchillo en mano y detrás de mi María. Obviaré detalles concretos porque la escena fue de típica borrachera, fiesta o bacanal que me había dado yo en la ofi de mi madre. Tiré el cuchillo detrás de un seto mientras intentaba sonreír y saludar a la vieja del perro y me di cuenta que María y Luisa ya habían levantado el brazo y se subían ya a un taxi. Joder, joder… que se me escapan. Y lo contarán, pensé rápidamente. Por poco me pillan con la puerta pero logré subirme al taxi con ellas. Les reñí, lo recuerdo, soy un poco bastante cínico por eso les reñí por la herida que me habían hecho en la palma de la mano. Antes de bajarme del taxi, pedí a María y a Luisa que no dijeran nada a nadie de lo ocurrido en la oficina. Las tenía aterrorizadas, y eso seguía excitándome.
Yo sabía que María y Luisa no iban a decir nada. Tienen 14 y 16 años, y son razones obvias de vergüenza e inmadurez propias de esa edad, y además estoy convencido que existía en ellas un falso sentido o complejo de culpabilidad por el hecho de haberme acompañado aquella noche a la oficina. ¿Y si vuelve y lo repite?
No fue hasta el 28 de octubre de 1992, año y medio después cuando se destapó todo. Los papás de María se enteraron de lo que hice. Era normal que se destapara. María después de nuestro encuentro tuvo graves trastornos psíquicos. Luisa no contó nada a sus padres dado que, para ella, después de lo que le había sucedido a María, el que le metiera mano y la toqueteara, no era para tanto. Bueno, eso dijo Luisa.
A María, año y medio después no pudieron encontrarle lesión ni traumatismo físico de carácter genital, como es lógico, dado el tiempo transcurrido desde nuestro encuentro en febrero de 1991. Me cabreó en gran manera que a María todavía los forenses dijeran que tenía una cicatriz lineal de 4 cm en la cara anterior, tercio medio, del muslo, otra de 3 cm en el párpado inferior y otra en la región malar izquierda, y que además ambas fueran incisas y de una antigüedad superior a los seis meses. Y encima me dicen a mí que muestre la palma de mi mano. Y me localizan los putos forenses una cicatriz en mi mano derecha de 1,5 cm, lineal, junto al metacarpo-falángico del quinto dedo. Está realizada con un objeto inciso-cortante y tiene una antigüedad superior a los 8 meses. No si ya verás como al final tiran tanto del hilo que desenredan el ovillo y nos pillan con el carrito de los helados.
La dulce e inocente María, tras conocerme aquella noche, experimentó un fuerte cambio de carácter y comportamiento en su vida familiar, escolar y social. Pasó de ser una persona extrovertida, alegre, buena estudiante y sin problema psicológico alguno a ser muy introvertida, deprimida generalmente, extraña en su comportamiento, dejó a su novio, dejó a sus amigas de toda la vida, perdió el curso escolar y rompió por completo la armonía y la confianza que tenía con su familia.
A mí, con 20 añitos que tengo, me condenaron por violar a María a 15 años de cárcel y 2 años, 4 meses y un día por las lesiones que le causé en la cara y el muslo de María, junto a un año de cárcel más por agredir sexualmente a Luisa. Total 18 años de cárcel. Si se creen que voy a salir de la trena con 38 tacos, es decir, en 2009 lo llevan claro los pijos legislativos estos. Dentro de nada, en la calle, con mi moto, mis chicas y mi madre. Lo de indemnizar a María con 30.000 euros (5 millones de pesetas) por haberla violado y a Luisa con 3.000 euros (500.000 pesetas) por agredirla sexualmente, ya lo pagará mi madre o me declararé insolvente. Quién tiene a los 20 años 33.000 euros. Como soy mayor de edad, no es responsable mi madre. Que se vuelva a joder el puto sistema.
Este soy yo en Madrid, con mis 20 añitos y mi moto. Del como soy en la playa de Gandia os lo cuento otro día….
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