Yo tenía 21 años y un hijo. Era conocida en ciertos círculos de Gandia y la Safor porque había trabajado en diversas casas de familias bien como limpiadora doméstica o cuidadora de menores. Por circunstancias que no vienen al caso, tuve que malvivir para salir adelante; tuve que vender mi cuerpo para poder llevar algo de dinero a casa. De hecho, cuando comencé a ejercer la prostitución siempre temía que alguien me reconociera; que alguna de las personas a las que he servido me identificaran; supongo que en alguna ocasión ocurriría y lo se, pero nunca llegaron a decírmelo.
Era casi la una de la madrugada de aquel frío 9 de noviembre de 2002. Como todas las noches yo andaba mirando faros de coches por la zona de Las Palmeras, zona frecuentada por compañeras mías que no tenían otra forma de ganarse la vida que vendiendo su cuerpo por unos míseros euros. Las hay de Sierra Leona, de Brasil, de los sitios más insospechados y ellas me miran con recelo porque yo soy de aquí. A mi no me controla nadie y eso es lo que más envidia les da. Lo entiendo. Ver las mafias que actúan alrededor de estas mujeres es para pensárselo dos veces. Hasta con el ritual del vudú las tienen amenazadas a ellas y a sus familias. Ellas creen en eso. Yo les digo que no hagan caso. Pero su cultura se lo impide. Les cortan pelos púbicos y trenzas de la cabeza para unirlas a un ritual que las esclaviza para todas sus vidas. Jamás lo entenderé. Es la vida de la calle. Es la supervivencia noche tras noche esperando regresar a casa sana y salva y con algún euro para poder dar de comer a tu hijo. Se que somos amores de compra y venta, en cuyo bolso nos va la vida cada vez que la arriesgamos contactando con un cliente. Te la juegas. Pero es que no hay otra manera de obtener un sustento para mi hijo, así que cada noche me arreglo para salir de casa dejando a mi pequeño al cuidado de quienes nunca me han fallado. No saben a qué me dedico. No me juzguéis. Tenía otras salidas. O no. Pero la vida a veces no es tan de color de rosa como te la pintas tu misma desde pequeña. Cornadas que te da y de las que te debes reponer sin rechistar sobre todo cuando hay otra vida mucho más débil en juego y en peligro. Yo acepté esta vida como mi única salida así que no pido compasión, solo comprensión.
Mi cliente de esa noche, la del 9 de noviembre de 2002, era a priori un chico joven de 25 años que seguramente iba en busca de un desahogo después de dejar a sus amigos, a su novia o su trabajo. Se le veía apuesto y quizá en ese momento de acercarte a la ventanilla para vender tu cuerpo es cuando me di cuenta que a veces no se tiene todo en el mundo. En su coche se notaba que era hijo de papá, bien posicionado y bien colocado. Este último término es el que mejor define a mi cliente, un joven colocado. No paraba de hablar y reír, de ser simpático y agradable, pues se notaba que había bebido y consumido lo que no estaba en los escritos.
Me preguntó por el precio de mis servicios. Yo le dije que por 15 euros nos lo podíamos montar en una zona con poca visibilidad y con poco paso de gente. En principio parecía agradable. Y lo era. Me dijo que sí, que subiera el coche y tras concertar el precio me dio los 15 euros que yo metí en el bolso. Le besé en la mejilla y arrancó el coche. Nuestro código prohíbe besar a los clientes en la boca. Ni tan solo un pico. Ni un morreo. Mucho menos con lengua. Son normas no escritas pero que todas las prostitutas sabemos. Le marqué con carmín las comisuras de mis labios en su mejilla derecha. Y llegamos a una zona apartada de Las Palmeras, concretamente próxima al cauce del río Serpis. Paró el motor y apagó las luces. Yo desde el asiento del copiloto comencé a manosearlo al tiempo que le besaba por el cuello. Él se dejaba y comencé a desabrocharle los botones de la camisa. Lentamente... Mientras él me quitaba la cazadora y abría los botones de mi blusa sin cesar de besarme y de acariciar mis senos. La temperatura subía y subía cada vez más. Tal es así que el vaho que soltábamos los dos cuerpos ardientes dejaban notar en el interior del coche que la escena tórrida iba en aumento cada vez hasta el punto de empañarse tanto que ni desde fuera se podía ver o adivinar si había alguien en el interior del coche de no ser por los vaivenes. Entre tanto ajetreo y traqueteo conseguí desabrocharle los pantalones mientas él ya había alcanzado con sus manos la parte trasera de mi sexo. En este tipo de transacciones hay que limitar el tiempo de actuación dado que minuto que pasa próximo cliente que puedes perder. Así pues, le dije que pasáramos a los asientos de atrás con la finalidad de realizar completamente el acto sexual y acabar cuanto antes este nuevo horrendo pasaje de mi vida. Rapidito vamos. Y así fue.
Los dos nos desvestimos por completo y pasamos a la parte trasera del vehículo saltando por encima de los asientos como quien salta la valla de un colegio en edad infantil. Yo me recliné sobre los asientos traseros con mi cabeza en una puerta trasera y los pies en la otra, mientras que él se dispuso a yacer encima de mí. La postura del misionero es la más fácil en ese tipo de vehículos y como el cronómetro está en marcha hay que darse aire. Alargo la mano y saco del bolso un preservativo para que se lo coloque antes de penetrarme. Le digo que si quiere que se lo ponga yo. Me dice que sí. Me incorporo de los asientos traseros y lo sitúo a él reclinado. Abro el preservativo con los dientes por un lateral y escupo sobre el salpicadero el envoltorio. Me coloco el preservativo en la boca para colocarselo en su miembro a modo de felación para culminar el éxito este asqueroso trabajo. Solo pienso en mi hija y en llevar esta noche algún euro a casa. Cuando me dispongo a colocarle el preservativo no hay manera. El joven cliente se inquieta. Está tan borracho y ha tomado tanta cocaína que su euforia se desmorona en inquietud para dar paso al enfado. Yo, con el preservativo en la boca y mis labios formando la vocal intento que su miembro responda, que consiga una erección porque sin ella ni coloco el preservativo ni hay sexo pagado esta noche. Así que intento levantarle el ánimo y, nunca mejor dicho, a él y a su miembro. Le tranquilizo, le digo que un gatillazo le pasa a algunos hombres, que no le dé importancia... sin dejar de acariciar su miembro. El lubricante del preservativo que llevo en la boca ya se ha secado por completo ante tanta espera. Meto la mano en el bolso y saco otro. Mismo procedimiento. Todo igual. Como si fuéramos a clases particulares pero esto solo se aprende en la vida real. La vida de una prostituta es así de puta. Y cuando voy a colocarme el segundo preservativo en la boca y comenzar de nuevo toda la parafernalia sexual que conlleva este encuentro económico pactado, me entra la risa. No podía parar de reírme de la situación kafkiana que estaba viviendo. No sabía si tendría bastantes preservativos en el bolso o tendría que ir a buscar más pero por más que tuviera el bolso lleno aquello no había forma de levantarlo. Y sin erección no había finalización. Él, todo un hijo de papá con coche nuevo y dinero, colocado hasta las cejas de alcohol y coca, creyéndose el rey del mambo y ahora resultaba que el mambo no funcionaba. Fruncía el ceño y yo venga reírme. Ni tocando, ni succionando, ni meneando, ni... había forma humana de que aquello funcionara en condiciones normales para poder liberarme yo del preservativo de la boca. Lo escupo de la risa que me da. Y no había forma de pararme. No sabía como iba a contar aquello que me estaba sucediendo, como si yo tuviera la culpa. Si bebes no vayas de putas me retumbaba en el subconsciente. ¿Serán imbéciles aquellos que se emborrachan y luego vienen en busca de sexo? Son las más elementales leyes de la física...
Y de tanta risa que me dio, el jovencito cliente hijo de papá no aceptó que me burlara de él. Y me hizo callar. Y para hacerme callar me agarró fuertemente del cuello y presionó durante varios minutos. Yo no podía respirar. Estaba apretando tan fuerte que no dejaba que el flujo aéreo pasara por la tráquea y llegara a mis pulmones. Mis ojos se salían de las órbitas mientras él seguía apretando. Mi rojez de la piel indicaba que poco a poco me estaba asfixiando de forma mecánica, con sus manos, mientras yo intentaba decirle que me soltara; que no me estaba burlando de él; que no podía respirar; que era una broma; que no pasaba nada; pero lo último que oí o que entendí leer de entre sus labios fue: ¡¡¡ya no te volverás a reír de mi, puta!!! Y dejé de respirar. abrió la puerta trasera del vehículo y me tiró junto a unos cañaverales del Serpis. Se marchó con su flamante coche a su casa, mientras yo quedaba allí tendida con los ojos abiertos y en blanco.
Mi último cliente, este jovencito hijo de papá, llegó a su casa y cogió el coche de su novia para regresar de nuevo al cauce del Serpis donde había abandonado mi cuerpo. Me cogió por los hombros y me arrastró de nuevo al interior de un vehículo. Me arrojó en los asientos traseros y salió en dirección al interior de Gandia. Por la ronda perimetral pasó por el Raval, Benipeixcar hacia Benirredrà, Roís de Corella, y al llegar a Beniopa tomó la carretera de Barx a la altura de Los Naranjos. Siguió unos metros adelante y tras pasar el puente de la autopista, justo enfrente de donde antes había un vertedero de basura, torció a la derecha en dirección a la Urbanización Santa Marta. Pasado el primer tramo del cauce, estacionó el coche en paralelo a una pequeña acequia y me arrojó entre cañas y zarzales. Se subió al coche y se marchó de nuevo a su casa. Con su papá.
Hubiera podido quedarme allí muerta en ese barranco durante días hasta que la descomposición cadavérica o algunos animales hubieran alertado a algún vecino de Marxuquera que yo estaba allí. Pero no. No fue así tampoco. Mi último cliente, el jovencito hijo de papá se arrepintió una vez le pasó la borrachera y el efecto de las drogas. Despertó a su papá y le contó que me había matado. Que anoche se fue de putas. Que había matado a una fulana y la había arrojado a un barranco. Su padre, recién levantado, no sabía cómo responder. No podía ser cierto lo que le estaba contando su hijo. Y sí, papá. Todo es cierto.
Padre e hijo se arreglaron y sobre las diez y media de la mañana de ese 9 de noviembre acudieron al cuartel de la Guardia Civil de Gandia. Buenos días. Buenos días agente... mire es que mi hijo anoche mató a una prostituta y la tiró a un barranco. El agente de puertas no daba crédito a lo que le contaban padre e hijo. Llamó por el interfono del cuartel al equipo de Policía Judicial que estaba de guardia. ¡Bajad, por favor! Y tras escuchar los agentes especializados comienzan a redactar su comparecencia y todos los datos que aportaba. Se comunica al COS y al Capitán de la Compañía que se dirigen con el homicida confeso al lugar de los hechos. A la espera de novedades. Oca.
Mi asesino confesó los hechos a los agentes de Policía Judicial, es más, les dijo que estaba arrepentido por lo que había hecho e indicó el lugar exacto donde se encontraba el cadáver. Y allí estaba yo. Muerta y tirada en el barranco de Santa Marta tal y como indicó mi último cliente. Fue condenado por homicidio. Se le aplicaron las atenuantes de responsabilidad criminal analógica a la anomalía psíquica y a la de embriaguez, y muy cualificada de confesión. Cinco años de cárcel. Cinco años por mi vida. Cinco años por 15 cochinos euros. Ahora ya es libre. Sigue siendo hijo de papá. En aquella época dijeron que padecía un trastorno límite de inestabilidad emocional que le hacía oscilar entre la apatía y el abatimiento,entremezclado con sentimientos más intensos de enfado, euforia o inquietud, y a cuya aparición contribuía el consumo excesivo de alcohol, hecho que influyó a la hora de matarme. Cinco años valió mi vida.
Mis tíos maternos cuidaban de mi hijo. Y así han seguido haciéndolo. Supongo que ya con la edad, habrá preguntado por mi y les habrán contado que un hombre malo le hizo algo malo a su mamá. No se si le contaron la verdad. No la de la prostitución sino la de mi homicida, la del hijo de papá que acabó con mi vida. Espero que no guarde rencor y que no indague en ese pasado turbio que fue mi vida para sacar adelante a quien siempre ha sido y es mi vida: mi hijo. Y que con los 100.000 euros que percibió mi hijo porque un desgraciado le dejó sin su madre, le valgan para labrarse un futuro mejor del que yo pude darle en su día. Querido hijo: te veo y te escucho todas las noches. Tu madre está orgullosa de ti. Te quiero. No lo olvides nunca. Yo sí que me quedo con tu risa. La risa de mi hijo es de felicidad. Esa es mi risa, la risa que yo me perdí con tan solo 21 años. Ríe por mi hijo.


Almenos estaria bien publicar el nombre del asesino puesto que queda en libertad y puede estar entre nuestro circulo de amistades,nos gustaria saber quien es,
ResponderEliminarEsta.
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