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miércoles, 29 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE BELÉN (4ª parte de 7)



Suena el teléfono en mi casa. Mi padre, que parece un alma en pena, lo coge y escucha al otro lado del hilo telefónico una voz que le es familiar. Es el Grupo VI de Homicidios de Madrid. Le dicen que su caso, el mío en verdad, no está durmiendo el juicio de los justos. Que nunca lo han dejado a pesar de haber sido archivado, y que desde Gandia insisten una y otra vez que el asesino es y está en Madrid.

Me viene a la mente la imagen del depósito de cadáveres cuando Marchante y Celestino cogían del hombro a mi padre y mirándole a los ojos le decían que no pararían hasta dar con mi violador y asesino. Con aquella sombra que os describí aquella maldita noche del 29 de agosto de 1990. Han pasado ya tres años y las esperanzas, por mucha fe ciega que tengas, se desvanecen. No puedes estar llamando todos los lunes a la Brigada Central o a los de Homicidios. Ellos tienen su trabajo. Ellos marcan sus tiempos. Ellos son, los únicos que podrían aportar un poco de luz a mi muerte, esa que ocurrió bajo la oscura luna de agosto en la playa de Gandia.

Mis amigas, Judith, María, Ana, Bea, Elia, Amelia y Pilar, se habían resignado a no tenerme entre ellas. Sabían de mi calvario y de que la vida continúa por muy dura que se pueda presentar a los 17 años. Ellas estaban en la flor de la vida. A mí, la flor y la vida me la habían arrebatado. No es momento de preguntarse por qué a mí y no a cualquiera otra. Ellas, aunque en el fondo de su corazón estoy segura que lloran mi pena, lloran mi pérdida, yo no les puedo echar en cara nada. Al contrario. Que hagan lo que cualquiera a esas edades haría. Y lo hacían. Frecuentaban los fines de semana las discotecas Oh Madrid y Four Roses. Las de moda en la década de los 90 en Madrid. Al menos ellas, podían divertirse y bailar. Yo no las envidiaba, había asumido ya con el paso de los años que mí final no podía interponerse en sus vidas ni en sus respectivos futuros.

Tanto ir y venir de discotecas, aunque ellas no lo reconozcan, en las salas adornadas por bolas de cristales que reflejaban la luz y la dispersaban, había un rumor que algunas chavalas conocían y sabían. Unas no lo creían. Otras, sencillamente lo ignoraban. Pero otras, concedían el beneplácito de la duda. Y eso era lo más peligroso, no saber si sí o si no. El rumor se extendió en círculos pequeños, pero ya se sabe que hoy en día cualquiera que sea joven, chico o chica, vista vaqueros y esté en la barra de un pub puede esconder en su bolsillo de atrás una placa policial. Aquella gente, la del Grupo VI de Homicidios tenía un don especial. Yo sé cuál es, pero solo tengo palabras de agradecimiento hacia ellos y ellas, miembros del Cuerpo Nacional de Policía. Esos tipos de vaqueros y placa al bolsillo, lograron dar tras muchas noches de garito en garito con alguien que reconoció que el crimen de Belén lo cometieron jóvenes de buena posición social de Madrid. Bendito aquel 5 de febrero de 1993, cuando yo iba camino de celebrar, por llamarlo de alguna manera, el tercer aniversario de mi muerte. Que gente como esa se preocupe de un caso como el mío tres años después es, simplemente, para besar por donde pisan. Me reconocieron que habían actuado a requerimiento insistente, a pesar de haber sido archivado el caso, como digo a la insistencia de la Policía Judicial de Gandia. Sabía que Marchante y Celestino no le podían fallar a mi padre. Lo vi en sus ojos y lo comprobé después en sus actuaciones. No me fallaron ni a mí ni a mi familia. Gracias Policías de Gandia por ese apoyo incondicional.

Se volvió a entrevistar de nuevo a personas que tuvieran o hubiesen tenido fuera en la época que fuera, relación conmigo, pero sobre todo a quienes residían en Madrid. La Brigada VI quería obtener datos para esclarecer mi asesinato. Había que partir de cero pero en el kilómetro cero. Y así lo hicieron. Y así obtuvieron el rumor, la antesala de la verdad.

Identificaron a un tal Rubén, él fue quien abrió la caja de pandora al explicarles que tenía una novia que se llamaba Helena. ¿Y? Continua… su anterior novio le dijo que un amigo íntimo intentó tener relaciones sexuales con ella llegándola a amenazar con la frase de que le iba a hacer lo mismo que a la chica de Gandia. Localizaron a la chica en cuestión. Helena confirmó que estuvo saliendo durante algún tiempo con un joven llamado Alex. Y este Alex le dijo que un amigo suyo le había comentado que había violado y matado a una chica en una playa. Demasiadas coincidencias y mucho donde hurgar. Lograron dar con el amigo del amigo y se llamaba Roberto. ¿Os suena este nombre?

Los investigadores se centraron en Roberto. Había sido detenido dos veces por violación, en junio de 1990 (dos meses antes que la mía) por un hecho cometido en Alcobendas y en diciembre de 1992, por los que le hizo a María y a Luisa, y que justamente investigaba al Grupo III de la Brigada de Homicidios que lleva mi caso. El indeseable de Roberto ya tenía cara, nombre y apellidos.

Cruzaron los casos y no por casualidad. Roberto había sido detenido porque Julia le acusó de haberla violado en un descampado de San Sebastián de los Reyes, intimidándola con una navaja, aprovechando el conocimiento previo que existía entre ambos y con ocasión de haberse ofrecido a acompañarla a su domicilio. ¿Os suena, verdad? La segunda detención de Roberto ya la conocéis todos con pelos y señales. Lo ocurrido con María y Luisa. Cuando los investigadores localizan a Roberto, éste está cumpliendo prisión en Carabanchel.

Julia va cantando, va diciendo a los investigadores que su violador pasó la Semana Santa de 1990 en Gandia con un grupo de chicos y chicas. La cuadratura del círculo. Se va estrechando el cerco. Pero os preguntaréis que tiene que ver con mi asesinato. Julia explicó que en esa Semana Santa, y tras haberle ocurrido a ella, sospechó de una amiga suya y que le hubiese ocurrido algo similar. Era Ana. Vivía en Valencia. Y gracias a Julia (violada por Roberto) buscaron a Ana. Y para sorpresa de mis investigadores Ana fue recogida por un zeta de la Comisaría de Gandia aquella Semana Santa de 1990 con lesiones y manifestando que había sido víctima de una violación por parte de una persona armada con navaja. ¿Os vuelve a sonar? Pero Ana expresó su deseo que no formular denuncia y tampoco quiso aportar datos de su violador. Pero Julia detectó que Ana mostraba gran animadversión por Roberto. Porqué. Vosotros mismos lo podéis deducir. Yo ya lo he hecho.

Tenían el perfil, el nombre, la cara y los antecedentes de tan osado hombre. Se indaga, se invierten miles de horas debajo de un flexo en los despachos policiales de la Brigada y se consigue obtener la información de que Roberto en 1990 colaboraba en pubs y discotecas de Madrid, concretamente en el Oh Madrid y Four Roses. A esas discotecas íbamos mis amigas y yo.

Una de mis amigas, en los cientos de folios de declaraciones antes de partir hacia Madrid aquel 29 de agosto de 1990, dijo que un tal Roberto trabajaba en PK2, el pub de Gandia donde yo fui a buscar las malditas llaves. Y además decía que Roberto me conocía y me invitaba a chupitos. Otra amiga mía, también dijo en Gandia que me acompañó a buscar las llaves. Ya tenían el móvil de la violación y asesinato. Convocaron a otras dos amigas mías a la sede central de la Brigada. Y estas dos confirmaron que Roberto el de PK2 era un chico de Madrid que lo habían conocido en la playa de Gandia, concretamente en el mes de mayo de 1990. Aquel año la Semana Santa cayó baja. Y en esa época conocieron a Roberto y a su hermano en Bacarrá. Y curiosamente, volvieron a ver a Roberto en Oh Madrid donde trabajaba de relaciones públicas.

Marchante y Celestino reaccionan rápidamente y piden al juez que se intervengan los teléfonos de Roberto, más bien de su madre puesto que vivía en su casa, y del dueño del pub donde trabajaba Roberto y piden al Fiscal reabrir el caso. Increíble su labor después de tres años de mi muerte. Nunca podré agradecerles lo que hicieron por mí y por mi familia. El juez lo aprueba y la compañía de Telefónica interviene los teléfonos que son escuchados durante días y horas, las 24, por mis agentes de la guarda.

Citan de nuevo en Comisaría al dueño del pub de la playa de Gandia donde yo fui a buscar las llaves y donde trabajaba Roberto. Esa especie de camarero-relaciones-violador en serie. Explica cómo y a quien contrata. Los horarios. Y explica que ese mes de agosto de 1990 colaboró como relaciones públicas de su pub un tal Roberto, de Madrid, que al ir adquiriendo confianza pasó detrás de la barra y servía copas en la terraza. Roberto no percibía sueldo, a cambio tenía sus copas gratis y las de sus amigos y amigas. Reconoce también que veraneaba en la playa de Gandia, con su madre separada, y su hermano. Que a finales del fatídico verano de 1990 apareció una joven muerta y que me reconoció por las fotos que publicó la prensa. Primer error. Mi foto jamás apareció en la prensa y menos esos días. Sólo la conocéis cuando el caso se reabrió en 1993. Que además sabía con certeza que Roberto me conocía a mí. Que nos vio hablando en el pub. Claro, me preguntó qué buscaba y se ofreció a ayudarme. El dueño del pub reveló a los investigadores que Roberto se despidió del trabajo el día 28 (mi cruel noche) ya que le explicó que el 29 de agosto viajaba a Madrid. Reconoció que Roberto estuvo en el pub hasta las 3 o las 3.30 de la madrugada y que esa noche yo también estuve en el pub.

El segundo error del dueño del pub fue no decirles a la policía de Gandia, esa mañana fueron al pub, que Roberto ya había marchado a Madrid. Eso sí, tres años después recordaba perfectamente que Roberto se fue al Bacarrá. Que se lo dijo un matrimonio que coincidió con Roberto. Ay las coartadas y las mentiras… El dueño, que tanta memoria tenía para con Roberto, no supo dar detalles del matrimonio fantasma. Dijo que tendrían unos 27 años, y una niña de 8, es decir la tuvieron a los 20. Y son clientes del pub. Vaya, para ser clientes no sabe quiénes son ni donde viven, ni si vieron, coincidieron o estuvieron con Roberto de 3.30 a 6.00 horas. Al final reconoció que coincidieron en Bacarrá, que no es lo mismo que irse todos juntos a la discoteca.

Roberto volvió en Semana Santa de 1991 y el dueño del pub al verlo comentaron lo de mi muerte. La respuesta de Roberto fue que la policía ya le había tomado declaración en Madrid. Falso. Nunca fue citado ni tan siquiera constaba su nombre en ningún sitio… como la sombra que desapareció dejándome a merced de la muerte a la orilla del mar. En verano de 1991, Roberto volvió a la playa de Gandia. También en Semana Santa de 1992 y ese mismo verano. Nunca más volvieron a comentar el tema de mi muerte, es más, perdieron todo el contacto… Le mostraron la ficha policial de preso que Roberto tiene hecha en Carabanchel. El dueño del pub, lo reconoció sin ningún género de dudas.

Mi padre comenzaba a esbozar una leve sonrisa, sabía que su empeño por descubrir a mi asesino dependía de la pericia policial, de sus excelentes investigadores, y de la ayuda que por circunstancias desagradables mis amigas o las amigas de mis amigas podían brindarle. Cada una pasó su calvario, el mío quedó en las aguas cristalinas del Mediterráneo aquella noche de agosto de 1990. Mi padre, al que siempre he admirado y lo seguiré haciendo, solo esperaba las transcripciones de los teléfonos intervenidos así como de la correspondencia que Roberto emitiera desde la cárcel…

EL CRIMEN DE BELÉN (3ª parte de 7)

Es mediodía. Mi padre acaba de venir a reconocerme el depósito de cadáveres. Oigo como me extraen de una bandeja de hierro, cómo el médico forense levanta la sábana y allí está mi padre. Aquel al que le fallé. Aquel de quien me despedí con un beso la noche anterior. El que estaba dispuesto a reñirme blandamente por haber llegado tarde. Sus ojos lo decían todo. Apretó la mandíbula. Me miró. Dijo un escueto: sí, es ella, es mi hija. Y me acarició el pelo como solía hacer desde que era pequeña. Noté cierto alivio después del infierno que había atravesado en la arena de la playa de Gandia. Al fin y al cabo, no me había podido despedir de él y sin embargo, reunió el coraje y el valor para despedirse de mí, de verme por última vez, de mostrarme que aun así, aún después de haberle fallado él no me falló. Estuvo ahí, con la entereza y autoridad que le caracterizaba. Ya sabéis que las chicas solemos tirar más al padre, pero este padre para mí era especial. Se había preocupado de mí desde el minuto cero de vida y así lo hizo durante los 17 bonitos años que compartimos juntos. Lástima que aquella sombra, aquel cobarde que me atacó, truncase nuestras vidas y nuestros amores de padre e hija. Supe en su mirada, más fría que mi cuerpo, que no cesaría en su empeño por localizar a quien destrozó en vida la vida de su hija y a quien, una vez muerta, destrozó la vida de los Lomba Fernández.

Andrés Marchante y Celestino le cogieron del hombro, estaban uno a cada parte de él. Los dos le prometieron que no descansarían, que trabajarían día y noche hasta dar con el sinvergüenza que había truncado de por vida nuestras vacaciones. Andrés era el jefe del grupo operativo de la Policía Judicial de Gandia. Celestino, un hombre pausado y tranquilo, un Comisario con gran bagaje, experiencia y sabiduría. Los dos se entrevistaron con mi padre. Le preguntaron sobre mis amistades, sobre el círculo íntimo de compañeros que asistieron aquella fatídica noche a la despedida en la arena de la playa. Así comenzaba a iniciarse una compleja investigación de la que siempre informaban a mi padre y a un amigo.

Por las silenciosas salas de la tercera planta de la Comisaría pasaron Álvaro, Eduardo, Isidoro, Javi, Ana, Beatriz, Elia, Judith, Amelia, Nacho, Alfonso, Fofó, Javier, David, Alejandro, Francisco, Víctor, Paco, Jorge, Pilar, María, Santiago, José Antonio, José Joaquín, Valentín, Carlos, Fidel, Guillermo, Octavio, y Miguel. Las máquinas de escribir echaban humo. Las preguntas se repetían una y otra vez. Conocías a Belén. Estuviste en la fiesta. A qué hora llegaste a casa… Sabías si Belén tenía enemigos o alguien la acosaba. Y así, hojas y hojas que después eran leídas por los investigadores para extraer alguna coincidencia, alguna palabra, duda o inconexión. La mayoría de ellos son amigos míos y vivimos en una zona muy característica de Madrid, por eso nos conocemos. Incluso algunos quedábamos para ir de discotecas por Madrid. ¿Habéis visto que entre la retahíla de nombres falta uno? Roberto se había marchado a las 9 de la mañana con su madre y su hermano a Madrid.

Al día siguiente de mi asesinato, el portero de unos apartamentos, de esos que fueron los únicos testigos mudos de mi muerte, encontró mis pantalones. Estaban sobre un seto de unos apartamentos. Un niño que se meaba y había salido de la piscina para hacer sus necesidades junto al arbolito los vio y se lo dijo al portero. El portero no hizo caso. Se pensó que eran de algún vecino que los había puesto a secar. Cosa rara, sí, pero ya se sabe que las costumbres de los alquilados a veces son así. Y al día siguiente, mi pantalón seguía encima del seto. El portero ya mosqueado vio que estaba lleno de arena, con los bolsillos hacia afuera y la pernera enrollada y también llena de arena. Eran mis Lewis 501. Esos con los que me vestí por última vez y con ellos me arrancaron la vida. Aún conservaba el cinturón con pedrería y la hebilla. Entonces llamó a la Policía y lo recogieron. Alguien, ese que solo sabemos él y yo, lo lanzó desde la calle a los apartamentos mientras se marchaba dejándome agonizar. Ese que había sido tan hombre para violarme y matarme, se deshacía de la ropa a medida que la fiera humana volvía a su casa. Seguramente, dormiría plácidamente toda la noche. Para dormir así se necesita tener frialdad o de lo contrario, no podría conciliar el sueño salvo que lo que ha hecho conmigo sea ya una rutina de él. Segura estoy que no es la primera vez que lo hace. Le falló que me dejó inconsciente y a merced de las olas del mar, y eso me supuso la muerte. Por eso no le gusta que le relacionen con mi nombre ni con la playa de Gandia. Siempre irán ambos ligados aunque todos seamos de Madrid.

Mi pantalón entró a engrosar la lista de objetos encontrados esa noche y esos días en la escena del crimen. Solo localizaron una sandalia mía. La otra, y la camiseta, así como el sujetador supongo que las tiraría camino de su casa. Mis braguitas las localizaron dos mujeres a cincuenta metros de donde yo aparecí. También encontraron un calzoncillo, zapatillas de esparto del 41 y diversas prendas más. Ninguna de ellas con trascendencia para poder explicarle a mi padre lo ocurrido.

El Lewis 501 etiqueta roja fue a parar al servicio central de la Policía Científica de Madrid, así como el calzoncillo. En él había unos pelos. Podía ser el inicio para dar con el asqueroso autor de mis delitos. Se analizaron y resultaron ser de un gato. Él tiene siete vidas, yo solo una. Quien me mató, también podría decirse que tiene siete vidas.

Los agentes del Cuerpo Nacional de Policía cumplieron su palabra. No dejaron marchar a nadie a Madrid ese día hasta que no prestaran declaración los 11 chicos y 9 chicas que habíamos estado en la pandilla. Se peinó puerta a puerta todos los edificios colindantes, llamando, interrogando, comprobando coartadas. Obtuvieron pistas. Muchas de ellas falsas y otras engañosas. Y muchos os preguntáis si nadie oyó nada, si nadie escuchó mi desgarrador chillido de auxilio. No. El escenario del crimen era perfecto. Sabían que cualquier ruido podía provenir de las despedidas que se hacían mezcladas con alcohol. Sabían que el ruido del mar, de las olas por la noche, llega a soltar un zumbido que no se puede dejar de oír en la noche gandiense. Y por último, la disco-pub Oh Cielos emitía música muy alta dado que, en esa época de 1990, el ruido y la contaminación acústica no conocían de dobles puertas ni insonorizaciones.

Mientras yo yacía en el depósito y mi padre arreglaba los papeles para trasladarme a Madrid e inhumarme, por la radio se repetía una y otra vez una frase escalofriante, era la primera vez que el Cuerpo Nacional de Policía pedía ayuda ciudadana ante mi muerte. Aún recuerdo la frase lapidaria que emitieron y que decía: Se ruega al paseante anónimo, se persones en la Policía que lo espera desde ayer. Las especulaciones en Gandia y playa se dispararon. Todos se preguntaban de qué iba eso. Quién era ese paseante y encima anónimo. Fue la primera persona que me vio flotando en la orilla del mar y que avisó a la policía. Él y solo él había visto intacta la escena del crimen. Esa madrugada había llovido y la cálida y a la vez fría arena de la playa había quedado dura y, por tanto, las pisadas y demás vestigios que había dejado mi verdugo estaban intactas. Pero pronto de llenó de paseantes habituales, de curiosos, y de policías. Los auxiliares, los dos vigilantes del escenario, los curiosos... todos entraron y salieron de la escena como Pedro por su casa. Es cierto, y no los culpo, que nunca antes se habían enfrentado a un caso de estas características. Yo incluso desconocía que existieran policías con bata blanca, esos que ahora son por todos conocidos por las series policíacas. Los medios con los que contaban eran rudimentarios. Las fotos que me hicieron se revelaban de un carrete y eran en blanco y negro. Nada de pinceles, trasferencias, cinta policial, rastreo palmo a palmo, ni colocación de métricas...


Lamentablemente eran otros tiempos. Hoy, afortunadamente, ya no se actúa así y hay muchos avances. Bendito ADN. De ahí la importancia de localizar al paseante que, anónimamente, llamó a la policía. Y acudió y contó lo que vio. Pobre hombre, menudo susto se llevó.

Y para añadir más caos al caso, una buena mañana de finales de enero, cinco meses después de que yo dejara de respirar sobre la arena, en ese mismo maldito y último lugar, el portero que ya encontró mis pantalones volvió a ser protagonista al encontrar unas llaves. Estaban oxidadas, luego llevaban tiempo allí. Todos, incluido mi padre, llegamos a pensar que se trataba de mis llaves. Celestino y Marchante mandaron las dos llaves al Gabinete Central de la Policía Científica en Madrid para que pudieran restaurarlas de forma urgente. Si no eran mis llaves, podían ser las del asesino. El cerco se iba cerrando. El portero había reconocido las llaves como las del 4B del Hotel Tres Delfines. Se localizó a todo el personal del hotel que trabajó en agosto de 1990. Desde la gobernanta que ya no residía en Gandia hasta el responsable de mantenimiento. Había que tirar del hilo, por si las llaves eran del asesino y no las devolvió al caérsele mientras cometía el crimen. De forma urgente las llaves oxidadas retornaron nuevas a Gandia. Se contactó con el fabricante TESA y se pudo obtener la copia perfecta. Solo quedaba probar.

De nuevo, la zona de San Paulo y President era tomada por agentes del Cuerpo Nacional de Policía. Una a una probaron todas las puertas del Hotel Tres Delfines. Y llegaron al cuarto piso puerta B. Introdujeron la llave. Sorpresa y desolación. Habían cambiado la puerta justo del 4B. De nuevo a la casilla de partida. Podía ser un indicio de alguien que quería ocultar el crimen, y al percatarse de la pérdida de las llaves, evitar así que lo supieran y al mismo tiempo devolver los dos juegos. Y la figura del portero, que es quien custodia las llaves y las copias, no paraba de danzar por cada paso que daba la investigación. Ya encontró los pantalones. Después las llaves. Y había regresado al lugar del crimen. El cerco se estrechaba. Al final, después de días de investigación minuciosa se pudo saber que la puerta se cambió antes del crimen. Pero el portero seguía en el punto de mira de mis investigadores.

Llegan los informes de la Científica de Madrid. Los pelos hallados en el calzoncillo son de origen animal, concretamente de un gato. ¿Y quién de todos tenía un gato? El portero. Él negaba haber tenido nada que ver con el crimen, pero los investigadores supieron que no se acercó a ver mi cuerpo esa mañana cuando estaba flotando yo a orillas del Mediterráneo a merced de la corriente. De nuevo la duda planeó sobre el porqué no se acercó a las escena del crimen. Indagaron mucho, sé que se dejaron horas y horas de investigación y que se las robaban a sus familiares. Os lo agradezco. Sé lo importante que para vosotros fue este caso y el tiempo que le dedicasteis. Vuestro esfuerzo no fue en vano y cumplisteis la promesa que le hicisteis a mi padre cuando me vio en el depósito de cadáveres. Gracias a ese tesón, pudieron saber que el portero en cuestión tenía antecedentes por agresión sexual. El mundo en un pañuelo. Encontraba a tramos cosas de mi caso, los pantalones, las llaves, tenía un gato, antecedentes por agresión sexual, modo de escapar sin ser visto, conocía la zona, tenía todo para ser el candidato. Pero yo sabía que la sombra de mi violador y asesino no era la de él. Negó hasta la saciedad tener relación con el caso y ser inocente. Y lo era. No había de demostrar su inocencia sino su culpabilidad, y en eso los inspectores de policía de Gandia se emplearon a fondo. El resultado fue, una pista que despista. No era él. Se acercaba el final de mi historia. Era enero de 1992. Pronto se cumplirían dos años de mi asesinato y se habían empleado a fondo, pero el trabajo fue en balde, pues dada la complejidad del caso, un magistrado de la Audiencia Provincial de Valencia dictó un auto judicial donde decretaba concluso el sumario. Fue el principio del fin. Tantos esfuerzos para nada. Se habían agotado todas las vías de investigación…

Vuelvo a oír el chirrido de la bandeja como entra en el frigorífico del depósito de cadáveres de Gandia. Me despido por última vez de él. Una sábana cubre mi desnudo y maltratado cuerpo. Mi padre se queda fuera, sigue ahí lo noto, junto a Marchante y Celestino. Le habían prometido que no pararían hasta dar con mi asesino…

EL CRIMEN DE BELÉN (2ª parte de 7)





Soy de Madrid y tengo 17 años. Mido 1,70 y peso 50 kilos. Mi pelo es castaño y tengo los ojos azules claros. Veraneo como todos los años en la playa de Gandia. Mi abuela compró un apartamento en los 80 y todos los veranos los pasamos en familia. Ya no hemos vuelto a la playa de Gandia. Lo de volver a la playa es un eufemismo. Yo nunca podré volver a la de Gandia, más bien me fui de ella para siempre. Mis padres y hermanos no lo han hecho. Les entiendo. Ellos no tienen la culpa de nada. Se resignan y no ocultan que un día tuvieron una hermana que murió en Gandia.

Mis amigos, los de verdad, los que con ellos compartí el último verano de mi vida residían en los apartamentos Sao Paulo, President, Hawai, Santa María, Mi Descanso, incluso uno en el ya desaparecido Hotel Tres Delfines, donde si no recuerdo mal en sus bajos hubo un supermercado.

Lo que hoy todos conocéis por botellón, en mi época también existía, solo que nuestros padres nos dejaban hacerlo en la playa, en pandilla, sentados en la arena, incluso alguno traía una guitarra y cantábamos y reíamos. Éramos, a nuestra manera, felices. Pero no creáis que esto lo hacíamos todas las noches, que va! Solo se nos permitía como fiesta de despedida de las vacaciones. Había dos días de verano que podíamos salir un poco más tarde. Uno era el día que celebraban las fiestas del apartamento, aquellas que reunían a vecinos disfrazados, cenas todos juntos en la terraza junto a la piscina, y acababa con una caja de cohetes artificiales y un dúo musical. Esa noche nos acostábamos tarde. La otra que teníamos esa ansiada libertad juvenil era cuando finalizaba el verano, cuando sabíamos que cada uno había de partir hacia su destino, hacia Madrid. Y así fue el inicio de mi fin…


Aquel 28-29 de agosto, yo tenía permiso para regresar un poco más tarde de lo habitual. Me había puesto solo colorete y llevaba mi prenda favorita, unos pantalones vaqueros de color azul y una camisa. En mis orejas, unos pendientes pequeños de oro con una perla. Mi madre me insistía que no volviera tarde y que cogiera un suéter y me lo colocara sobre los hombros o me lo anudara en la cintura. Le di un beso a mi padre y nos cruzamos las miradas. Él siempre ha sabido que podía confiar conmigo y yo en él; para eso es mi padre, y sabe que nunca le defraudaría. Mi madre, desde el comedor, me lanzó otro beso al ver la escena mientras atendía a mi hermano y a mi hermana. Mi abuela asentía con la cabeza a modo de comprensión.
Y cerré la puerta mirando a los cinco. La puerta que ya jamás volvería a abrir. Mis amigas están bajo, me marcho dejando atrás y mirando el balcón, ese balcón donde me he hecho la foto por la que todos hoy me conocéis. Habéis puesto cara a mi nombre. Os lo agradezco enormemente. Algunos me conocéis por el nombre, otros por aquello de la chica madrileña de la playa, y otros sin embargo intentáis buscar a través del azul de mis ojos aquellas respuestas que yo nunca os pude ni os podré dar.

Salimos y fuimos desde la plaza de Navarra a la avenida del Nord. Faltaba poco para las diez de la noche de aquel fatídico 28 de agosto. Anduvimos toda la pandilla hasta llegar a la arena de la playa. Una arena cuyo frescor recuerdo todavía. Nos sentamos en círculo, entre los apartamentos Sao Paulo y President. Estábamos tranquilos porque al venir hacia aquí habíamos saludado a un vigilante jurado que custodiaba el escenario de la que fuera televisión valenciana Canal-9 por donde emitían el programa veraniego Pay-Pay. Eso nos daba tranquilidad. No sé por qué, pues no suele ser una noche trágica dado que justo al lado tenemos otra pandilla de Hawai celebrando lo mismo que nosotros: el final del verano. Y más allá casi en las Casitas Jardín hay dos grupos más, de similares edades a la nuestra. Bueno, de la parejita esa que está junto a las hamacas, no os cuento nada, así no les molestaremos…

Nos contamos confidencias las amigas y compartimos con el resto los planes de futuro, lo que haríamos nada más llegar a Madrid. Las carreras que teníamos previsto escoger, las quedadas de los fines de semana, el frío, el invierno, la nieve, Preciados, Callao, Serrano, Claudio Coello… y compartíamos bebida. Los chicos optaron por un vaso grande de plástico con muchas pajitas. Nosotras, más recatadas por aquello de saber que no nos pongan nada en la bebida, optamos por vasos de tubo. Y reímos, y cantamos, y el Martini con limón y el JB iban haciendo efectos entre quienes acudimos a la fiesta.

Nos miramos el reloj y pasaban poco de las doce de la noche. Ya es 29 de agosto. Alejandro, Álvaro, Isidoro, Javier, Ana, Bea, Elia, Judith, Alfonso y yo misma nos preguntamos si ya estarían abiertos los pubs. Me acuerdo como si los viera ahora. Almacén49, Pravatta, PK2, Caballo Loco, Copas, Delos, Way y Kiki… la plaza del Temple repleta de gente. Vimos a Octavio, creo que se llamaba así, y entramos en PK2. También a José y Valentín, en Pravatta. Entre tanto entrar y salir de los pubs, hacía mucho calor y a mí me agobia tanta gente apretada, volví a PK2. Se me había hecho tarde y aunque lo estaba pasando regular, los primeros ya comenzaban a marcharse dado que a las 9 de la mañana partían hacia Madrid y las maletas deberían estar hechas. Yo también creo que es hora de marchar. Y busco y rebusco entre los bolsillos de mi vaquero azul, Nada. Salgo y vuelvo sobre mis pasos y regreso de nuevo a PK2 y él me ve. Noté clavada su mirada. Las luces de colores, el ruido ensordecedor, el ambiente… todo se hacía mucho más vulnerable y como yo sabía que no quería nada porque me marchaba, no tuve miedo. Además él trabajaba allí todo el verano. Pero me giré. Maldita sea, me giré. Y… por la educación que recibí de mis padres, le saludé y le contesté. Me preguntó por qué miraba el suelo, por qué buscaba entre la cabina de aquellos discos de vinilo, qué había perdido. Las llaves le dije mordiéndome el labio inferior. He perdido las llaves. ¿Aquí dentro mujer? No lo sé. Al salir del apartamento las tenía. Hemos ido en pandilla a despedir el verano y… o se me han caído en la playa, por el camino no creo o están por aquí… Si te esperas un segundo te acompaño y las buscamos. Una chica como tú no debe ir sola a la playa ahora a buscar unas llaves. Yo te acompaño…

Anduvimos de la plaza del Temple, por delante de Otilia y Comic’s hasta la avenida del Nord. Nos quitamos los zapatos. Yo me arremangué la pernera del vaquero azul. No quería llenar de arena todo el apartamento. Me delataría ante mi madre y más cuando llego con retraso. Buff son ya casi las 3 de la madrugada. Me preguntará de dónde vengo y con quién he estado a estas horas. Se preocupa mucho por mí, es normal, es amor de madre y eso nunca, repito nunca y pase lo que pase, nos separará.

Y buscamos por la arena... No, más hacia aquí. No, debería ser allí que hay un hueco y pisadas. No las veo, sí… ven aquí. No puede ser ahí, está muy lejos y además está junto al palo de la bandera y ahí no estábamos. A ver, mira he encontrado algo, ¿cómo era el llavero?…. Y fui a toda prisa a ver si era… y noté un golpe seco que me dejó aturdida, semiinconsciente. Caí a la dura y fría arena. Creí haberme golpeado con el palo de la bandera por la oscuridad, con el chiringuito, con las hamacas, yo qué sé…. Y cuando recupero esos segundos idos, me lo veo a horcajadas sobre mí. Me arranca la blusa y yo intento por todos los medios protegerme, golpearle, darle puñetazos para librarme de él al tiempo que quiero tapar mis senos. No llego a pensar que es de noche, que no se me ve nada, solo de verlo a él encima de mí, toqueteándole y obligándome a besarle se me revuelven las tripas...


Como no accedí, me defendí como pude de ese animal encantador del pub. Y me dio dos golpes secos más en los pómulos de la cara. Yo no sé cómo lo hizo pero me dejó K.O. al segundo, inmóvil, aturdida… noté como con sus sucias manos me quitó toda la ropa y me cogió la pierna izquierda estirándola. Me dejó su marca. Yo no entendía muy bien el porqué. Aunque tengo 17 años soy una persona de fuertes convicciones morales no creo en el mal que puedan hacer las personas a otras personas. Cuando me desgarró noté su mano izquierda de nuevo, esta vez sobre mi garganta, apretando, como intentando asfixiarme. Los dedos de mis manos se quemaron de la fuerza con la que me agarraba yo a la fina arena en la que, días antes, me había tostado al sol. Esa arena alegre y divertida que me ha acompañado todos los veranos de mi vida, me estaba acompañando en el verano más trágico de mi vida, en el peor, en el más asqueroso, en el último de mis días… Dios mío, Dios mío porqué me has abandonado…
Se paró todo. El tiempo, las olas, el ruido del mar, todo a mi alrededor, como si estuviera en una nube. Como si Dios me hubiera llamado. Noté que me cogían por el tendón de Aquiles y me arrastraban. El cuerpo me quemaba por la fricción contra la arena. Pero lo que realmente ardía era todo mí ser. Hice una marca en el suelo como la hacen los carros de bebé cuando entran en la playa, era mi último camino, la antesala de la muerte. Tan dulce y tan amarga. Luego me puso perpendicular a la línea del mar y empezó a voltearme hasta que el agua empezaba a entrar en mi cuerpo. Lo sé porque lo noté. Noté ese frío amargo, ese calor que raya la ebullición, cuando las garras del mar me dijeron… Belén ven con nosotros. A lo lejos llegué a divisarle a él. Era su sombra, la recuerdo perfectamente. Llegué a ver cómo recogía mis pantalones y mi ropita interior y se fundía en la noche amarga que amenazaba con despuntar al alba. Fue una imagen que nunca olvidaré. Allá a lo lejos, de espaldas, amparado por la nocturnidad, se marchaba mi violador, mi asesino, y yo sin poder pedir ayuda ni tan siquiera despedirme de mis padres. Y la puerta, aquella puerta de la que os hablaba… ahora sí que se cerró. Se cerró para siempre.

A las siete de la mañana, como todos los veranos, es fácil ver a gente practicando deporte y andando por la orilla del mar. Tres mujeres y un hombre me vieron. Yo no les vi. Mi cuerpo desnudo con mi gran marca de bañador y mis moratones les alertaron. Yo entraba y salía del agua a merced de las olas. Había sido mi último viaje en la vida real. Mi despedida de la playa de Gandia. Me miraron fijamente por unos instantes. Creían que estaba borracha y que me había echado al agua desnuda para que me pasara. Pero vieron que alrededor no estaba ni una amiga, ni un novio, ni un amigo... Y me volvieron a mirar. Yo tenía los ojos cerrados. No les oía, ya estaba muerta, mis pulmones se habían encharcado y mi joven corazón había dicho basta, pero comenzaba a sentir esas palpitaciones que te indican que sí saben la ayuda que necesito. Sale el sol. Son casi las ocho de la mañana. Mi padre y mi madre están en la Comisaría de la Playa de Gandia, un edificio de obra que hay delante de la marisquería As de Oros. Allí Valentín toma sus datos en una vieja Hispano Olivetti. Quieren denunciar que su hija Belén no ha ido a casa a dormir. Yo estoy a un par de kilómetros de ellos. No me ven. No me oyen. Pero sienten que les falta algo… yo sí les siento y siento haberles defraudado, siento haberles fallado, siento no poder estar con ellos ni tan siquiera despedirme. Seguramente me verán en un rato, en el depósito de cadáveres. Allí me reconocerán y sabrán que todo ha acabado y nada ha empezado.

Por cierto, os he de contar también que mi padre hace poco que ha llegado donde estoy yo, a mi lado. Unos le llaman larga enfermedad. A mí me gusta llamarle por su nombre: cáncer. Parecerá incorrecto, pero me alegré. No me gustaba verlo sufrir en vida. Yo le mandaba fuerzas para que sacara adelante a la mami y a los dos peques. Para que nunca desfalleciera. Y así lo hizo. Aguantó, indagó, movió cielo y tierra para buscar al responsable de que yo les dejara tan solo con 17 años. Y lo consiguió. Era tenaz. Buscó esa aguja en un pajar y la encontró. Yo no pude darle muchas pistas, pero él sabía dónde y cómo buscar. El amor de un padre por una hija le llevó hasta donde llegó. Y lo felicito. Los dos sabemos quién truncó nuestras vidas. Ahora, ya puedo hablar con él, abrazarle…. Le echaba tanto de menos, llevaba varios lustros sin poderle acariciar. Solo me despedí con un beso en la mejilla tras aquella puerta que nunca más volví a abrir.

A esas horas de aquel 29 de agosto de 1990, mientras unos subían las maletas a los coches para partir hacia Madrid otros oían por la radio que había aparecido una joven muerta al final de la playa... comenzaba así el cerco a mi violador y asesino, comenzaba así mi historia de la que nunca jamás pensé haber sido la protagonista. Una historia que se prolongaría durante años intentando buscar aquella sombra que me mató y abandonó en aquella fría arena de la playa de Gandia. Comenzaba así un nombre, el mío, el de Belén, ligado para siempre a la historia de la playa de Gandia, una historia de la que se han escrito muchos más capítulos…


EL CRIMEN DE BELÉN (1ª parte de 7)





Hola, me llamo Roberto. Soy joven, apuesto, cachas y llevo una Yamaha TZR. Practico full-contact y tengo don de gentes. Os voy a contar porqué he llegado hasta aquí, a formar parte de la historia de un crimen ocurrido en la playa Gandia tal día como hoy…. esta misma noche… la del 28 al 29 de agosto… pero de 1990. Aquella noche alguien violó y asesinó a Belén Lomba Fernández, una joven madrileña, morena y guapa de 17 años. De ella os hablaré en otro capítulo. Hoy os hablo de mí.

Y para os hagáis una idea de por qué me complicaron la vida en este crimen, os cuento una de tantas experiencias mías que me ocurrieron donde vivo, en Madrid. Bueno, mías y… de ellas. Tengo bastantes, lo reconozco. En unas me han pillado, en otras no. Yo tenía 19 años cuando estuve en la playa de Gandia. Pero de mi estancia en la playa... otro día. Ahora, venid conmigo a Madrid…

Me acuerdo. Era viernes. Un viernes del mes de febrero de 1991 y a juzgar por el frío, no serían todavía las 12 de la noche. Voy andando por la calle Príncipe de Vergara y a la altura de la Cafetería Nebraska me decido a entrar. El finde promete. Allí están María y Luisa. María tiene 14 añitos. Luisa ya los 16. Nos saludamos. Hablamos. Reímos.

¿Me acompañáis a casa y le pido el coche a mi madre y nos vamos todos juntos a la discoteca Graft? María acepta porque en la disco había quedado con su novio. Todavía me acuerdo cómo brillaban sus ojos de enamorada. ¿Y cómo vamos a tu casa? En mi moto ¿Los tres? Sí, es un momento está cerca. Y llegamos bastante rápido la verdad. A esa hora, viernes casi de madrugada, el tráfico en Madrid ya se sabe. Aparqué en el garaje la moto y recuerdo que les dije a María y a Luisa que esperaran. Subí a casa. Ellas se creyeron que iba a por las llaves del coche de mi madre. La inocencia, ay la inocencia… Realmente fui a por las llaves de la oficina de mi madre. Bajé al garaje y allí estaban las dos pavas mirándome como solo saben mirar las pijas, como solo lo hacen quienes nunca han estado con un hombre. Les dije que mi madre no me había dejado el coche. Se lo creyeron. Y como me mostré dolido, que no cabreado, les dije que me acompañaran a la oficina de mi madre a coger dinero y marcharnos a la discoteca. Subimos los tres a un taxi. Aún recuerdo las miradas de complicidad y sus sonrisas angelicales.
El taxi se detiene. Le pago la carrera y se marcha. Abro la puerta de la oficina y detrás de mi vienen como dos corderitas María y Luisa. Las miro, me pongo el dedo índice en la boca para advertirles que no hagan ruido. Es casi la una de la madrugada. Hay vecinos en el edificio de la oficina de mi madre. Les advierto que no deben encender la luz para no levantar sospechas y no adviertan nuestra presencia. Asienten con la cabeza. Otra vez ay la inocencia… entramos y nos quedamos junto a la puerta. Yo me conozco la oficina. He trabajado en ella, con mi madre, por eso no me hace falta encender ninguna luz. Esperad aquí, no os mováis, ahora vuelvo… y me fui hacia el interior de la oficina. Me fui a la cocina.

María o Luisa, no recuerdo bien quién de las dos, supongo que la mayor, la de 16 añitos, encendió un mechero. Todavía me da la risa recordar sus caras cuando una le dice a la otra “La hemos cagao”. Aquello fue… me dio un subidón que no veas. Imagínate la cara de las dos pijas pavas que al encender el mechero me ven a mí, todo cachas, con un cuchillo en la mano y el brazo en alto. Pues sí, la habían cagado. Para qué son tan pavas, tan pijas, tan de la élite de Madrid. Qué se creen ellas que solo miran la moto que llevas y lo bueno que estas. Pues ahora sabréis como estoy. No lo olvidaréis jamás.

Me acuerdo como si fuera ahora. Le puse el frío metal del cuchillo en el cuello de Luisa. Temblaba. Yo creo que no era de frío. La oficina está enmoquetada. Las pupilas de Luisa se dilataron. Tenía el miedo metido en su cuerpo. Qué excitación. Me encanta ver así a las niñas pijas. Ya se harán mujeres y seguirán igual. Mientras notaba cerca de mí el olor del miedo les dije: ¡Tumbaos! ¡Al suelo las dos! ¡Quitaos la ropa! Y yo sin quitarle el cuchillo del cuello… Fue toda una experiencia, un subidón de adrenalina. Y se quitaron los pantalones y sus braguitas. La sobé, lo reconozco, pero me ponían aquellas dos pijas pavas. Le estaba metiendo mano a María, me subí encima de ella. María miraba a Luisa y Luisa a María. Una me tenía a mí encima. La otra tenía mi cuchillo apretándole la garganta. Más le vale que no se mueva. Mientras las dos compartían terror, angustia y asco, le dije a María: “morréame o me cargo a tu colega”. Y lo hizo, vaya que si lo hizo. Ella no quería hacerlo conmigo. Yo sí. Me encanta dominar así a las mujeres. Soy el puto amo de Madrid. Y comencé a entrar y salir de ella mientras solo se oían respiraciones fuertes. La mía de excitación. La de ellas de dolor. De rabia. De impotencia. De asco. Yo sé que en su interior algo les martilleaba diciéndoles que parte de la culpa la tenían ellas por haberse dejado llevar por mis encantos y haber acudido a la oficina solas. Pero eran dos. Las dos no podían haber fallado, se habían jurado promesa eterna de auto ayudarse la una a la otra siempre que lo necesitaran. Y ahora lo necesitaban. Y no una, sino las dos. No hay nadie. Estamos solos en la oficina. Ni padres, ni madres, ni hermanos o amigos. Soy yo el puto amo de Madrid, ¿os acordáis?
Roto el primer acceso, ya era mía. Ver a María y a Luisa asustadas por el mismo tío y sometidas a mi dominación me hacía más grande. Y para que no me olviden ni olviden este momento me fascina dejar mi marca, la marca de la casa, la marca con la que me identifico porque ¿saben? Yo soy así. Me gusta dejar huella en mis actos, por eso la agarré fuertemente del cuello con mi mano izquierda y se lo apreté. No sé dónde leí una vez o fue mi madre quien me lo dijo que cuando estás haciendo el acto sexual y aprietas la garganta se reduce la entrada de oxígeno y se ralentiza el placer llegando al éxtasis. En ese instante, recuerdo, le puse el cuchillo en la cara a María y le hice un pequeño corte en la mejilla izquierda. La sangre sexual ¡cómo me excita la sangre sexual! y tras el corte de la mejilla izquierda le hice una pequeña marca en el muslo derecho. Así cuando vea la cicatriz se acordará de mí. Las interiores podrá o no curarlas. Podrá o no borrarme de su mente y de su vida. Podrá recuperar algún día la autoestima o querer estar con otro hombre. Pero cuando vista falda por encima de la rodilla, o cuando lleve bikini en la playa o esos pantalones cortos blancos de verano, siempre le preguntarán por la cicatriz, y la pregunta de qué te ocurrió o como te lo hiciste la martilleará en vida. Sigo siendo el puto amo.

Nada más hacerle esos cortes era tal la excitación mía, que tuve que apretar con fuerza y con las dos manos el cuello terso y joven de María. Y apreté su cuello con mis dos manos buscando la asfixia sexual, que supiera del placer de la asfixiofilia... yo estaba encima de ella, yaciendo, y dejé el cuchillo sobre su cabeza, en el suelo, justo detrás de la hermosa melena de María que olía a campos y flores silvestres. Yo estaba sobre ella y me fue fácil dejarlo, pero la muy… levantó los brazos en la oscuridad y lo cogió. Joder, joder, joder yo creía que la distancia era suficiente pero María consiguió coger el cuchillo. ¡Mierda! Y zas, me hizo un corte en la palma de mi mano derecha cuando intenté quitárselo.

María había reaccionado a mi agresión y le dijo a Luisa que saliera corriendo a pedir ayuda, que huyera de aquel infierno. Y así lo hizo. Hay que ver que compenetradas que estaban las dos pijitas. Pero el destino hizo que la vieja, esa que pasea al perro, que conoce a mi madre y se empeña en saludarme, viera como Luisa salía en busca de ayuda. Tras Luisa salí yo cuchillo en mano y detrás de mi María. Obviaré detalles concretos porque la escena fue de típica borrachera, fiesta o bacanal que me había dado yo en la ofi de mi madre. Tiré el cuchillo detrás de un seto mientras intentaba sonreír y saludar a la vieja del perro y me di cuenta que María y Luisa ya habían levantado el brazo y se subían ya a un taxi. Joder, joder… que se me escapan. Y lo contarán, pensé rápidamente. Por poco me pillan con la puerta pero logré subirme al taxi con ellas. Les reñí, lo recuerdo, soy un poco bastante cínico por eso les reñí por la herida que me habían hecho en la palma de la mano. Antes de bajarme del taxi, pedí a María y a Luisa que no dijeran nada a nadie de lo ocurrido en la oficina. Las tenía aterrorizadas, y eso seguía excitándome.

Yo sabía que María y Luisa no iban a decir nada. Tienen 14 y 16 años, y son razones obvias de vergüenza e inmadurez propias de esa edad, y además estoy convencido que existía en ellas un falso sentido o complejo de culpabilidad por el hecho de haberme acompañado aquella noche a la oficina. ¿Y si vuelve y lo repite?

No fue hasta el 28 de octubre de 1992, año y medio después cuando se destapó todo. Los papás de María se enteraron de lo que hice. Era normal que se destapara. María después de nuestro encuentro tuvo graves trastornos psíquicos. Luisa no contó nada a sus padres dado que, para ella, después de lo que le había sucedido a María, el que le metiera mano y la toqueteara, no era para tanto. Bueno, eso dijo Luisa.

A María, año y medio después no pudieron encontrarle lesión ni traumatismo físico de carácter genital, como es lógico, dado el tiempo transcurrido desde nuestro encuentro en febrero de 1991. Me cabreó en gran manera que a María todavía los forenses dijeran que tenía una cicatriz lineal de 4 cm en la cara anterior, tercio medio, del muslo, otra de 3 cm en el párpado inferior y otra en la región malar izquierda, y que además ambas fueran incisas y de una antigüedad superior a los seis meses. Y encima me dicen a mí que muestre la palma de mi mano. Y me localizan los putos forenses una cicatriz en mi mano derecha de 1,5 cm, lineal, junto al metacarpo-falángico del quinto dedo. Está realizada con un objeto inciso-cortante y tiene una antigüedad superior a los 8 meses. No si ya verás como al final tiran tanto del hilo que desenredan el ovillo y nos pillan con el carrito de los helados.
La dulce e inocente María, tras conocerme aquella noche, experimentó un fuerte cambio de carácter y comportamiento en su vida familiar, escolar y social. Pasó de ser una persona extrovertida, alegre, buena estudiante y sin problema psicológico alguno a ser muy introvertida, deprimida generalmente, extraña en su comportamiento, dejó a su novio, dejó a sus amigas de toda la vida, perdió el curso escolar y rompió por completo la armonía y la confianza que tenía con su familia.

A mí, con 20 añitos que tengo, me condenaron por violar a María a 15 años de cárcel y 2 años, 4 meses y un día por las lesiones que le causé en la cara y el muslo de María, junto a un año de cárcel más por agredir sexualmente a Luisa. Total 18 años de cárcel. Si se creen que voy a salir de la trena con 38 tacos, es decir, en 2009 lo llevan claro los pijos legislativos estos. Dentro de nada, en la calle, con mi moto, mis chicas y mi madre. Lo de indemnizar a María con 30.000 euros (5 millones de pesetas) por haberla violado y a Luisa con 3.000 euros (500.000 pesetas) por agredirla sexualmente, ya lo pagará mi madre o me declararé insolvente. Quién tiene a los 20 años 33.000 euros. Como soy mayor de edad, no es responsable mi madre. Que se vuelva a joder el puto sistema.

Este soy yo en Madrid, con mis 20 añitos y mi moto. Del como soy en la playa de Gandia os lo cuento otro día….


viernes, 24 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LA RISA


Yo tenía 21 años y un hijo. Era conocida en ciertos círculos de Gandia y la Safor porque había trabajado en diversas casas de familias bien como limpiadora doméstica o cuidadora de menores. Por circunstancias que no vienen al caso, tuve que malvivir para salir adelante; tuve que vender mi cuerpo para poder llevar algo de dinero a casa. De hecho, cuando comencé a ejercer la prostitución siempre temía que alguien me reconociera; que alguna de las personas a las que he servido me identificaran; supongo que en alguna ocasión ocurriría y lo se, pero nunca llegaron a decírmelo.

Era casi la una de la madrugada de aquel frío 9 de noviembre de 2002. Como todas las noches yo andaba mirando faros de coches por la zona de Las Palmeras, zona frecuentada por compañeras mías que no tenían otra forma de ganarse la vida que vendiendo su cuerpo por unos míseros euros. Las hay de Sierra Leona, de Brasil, de los sitios más insospechados y ellas me miran con recelo porque yo soy de aquí. A mi no me controla nadie y eso es lo que más envidia les da. Lo entiendo. Ver las mafias que actúan alrededor de estas mujeres es para pensárselo dos veces. Hasta con el ritual del vudú las tienen amenazadas a ellas y a sus familias. Ellas creen en eso. Yo les digo que no hagan caso. Pero su cultura se lo impide. Les cortan pelos púbicos y trenzas de la cabeza para unirlas a un ritual que las esclaviza para todas sus vidas. Jamás lo entenderé. Es la vida de la calle. Es la supervivencia noche tras noche esperando regresar a casa sana y salva y con algún euro para poder dar de comer a tu hijo. Se que somos amores de compra y venta, en cuyo bolso nos va la vida cada vez que la arriesgamos contactando con un cliente. Te la juegas. Pero es que no hay otra manera de obtener un sustento para mi hijo, así que cada noche me arreglo para salir de casa dejando a mi pequeño al cuidado de quienes nunca me han fallado. No saben a qué me dedico. No me juzguéis. Tenía otras salidas. O no. Pero la vida a veces no es tan de color de rosa como te la pintas tu misma desde pequeña. Cornadas que te da y de las que te debes reponer sin rechistar sobre todo cuando hay otra vida mucho más débil en juego y en peligro. Yo acepté esta vida como mi única salida así que no pido compasión, solo comprensión.
Mi cliente de esa noche, la del 9 de noviembre de 2002, era a priori un chico joven de 25 años que seguramente iba en busca de un desahogo después de dejar a sus amigos, a su novia o su trabajo. Se le veía apuesto y quizá en ese momento de acercarte a la ventanilla para vender tu cuerpo es cuando me di cuenta que a veces no se tiene todo en el mundo. En su coche se notaba que era hijo de papá, bien posicionado y bien colocado. Este último término es el que mejor define a mi cliente, un joven colocado. No paraba de hablar y reír, de ser simpático y agradable, pues se notaba que había bebido y consumido lo que no estaba en los escritos.



Me preguntó por el precio de mis servicios. Yo le dije que por 15 euros nos lo podíamos montar en una zona con poca visibilidad y con poco paso de gente. En principio parecía agradable. Y lo era. Me dijo que sí, que subiera el coche y tras concertar el precio me dio los 15 euros que yo metí en el bolso. Le besé en la mejilla y arrancó el coche. Nuestro código prohíbe besar a los clientes en la boca. Ni tan solo un pico. Ni un morreo. Mucho menos con lengua. Son normas no escritas pero que todas las prostitutas sabemos. Le marqué con carmín las comisuras de mis labios en su mejilla derecha. Y llegamos a una zona apartada de Las Palmeras, concretamente próxima al cauce del río Serpis. Paró el motor y apagó las luces. Yo desde el asiento del copiloto comencé a manosearlo al tiempo que le besaba por el cuello. Él se dejaba y comencé a desabrocharle los botones de la camisa. Lentamente... Mientras él me quitaba la cazadora y abría los botones de mi blusa sin cesar de besarme y de acariciar mis senos. La temperatura subía y subía cada vez más. Tal es así que el vaho que soltábamos los dos cuerpos ardientes dejaban notar en el interior del coche que la escena tórrida iba en aumento cada vez hasta el punto de empañarse tanto que ni desde fuera se podía ver o adivinar si había alguien en el interior del coche de no ser por los vaivenes. Entre tanto ajetreo y traqueteo conseguí desabrocharle los pantalones mientas él ya había alcanzado con sus manos la parte trasera de mi sexo. En este tipo de transacciones hay que limitar el tiempo de actuación dado que minuto que pasa próximo cliente que puedes perder. Así pues, le dije que pasáramos a los asientos de atrás con la finalidad de realizar completamente el acto sexual y acabar cuanto antes este nuevo horrendo pasaje de mi vida. Rapidito vamos. Y así fue. 

Los dos nos desvestimos por completo y pasamos a la parte trasera del vehículo saltando por encima de los asientos como quien salta la valla de un colegio en edad infantil. Yo me recliné sobre los asientos traseros con mi cabeza en una puerta trasera y los pies en la otra, mientras que él se dispuso a yacer encima de mí. La postura del misionero es la más fácil en ese tipo de vehículos y como el cronómetro está en marcha hay que darse aire. Alargo la mano y saco del bolso un preservativo para que se lo coloque antes de penetrarme. Le digo que si quiere que se lo ponga yo. Me dice que sí. Me incorporo de los asientos traseros y lo sitúo a él reclinado. Abro el preservativo con los dientes por un lateral y escupo sobre el salpicadero el envoltorio. Me coloco el preservativo en la boca para colocarselo en su miembro a modo de felación para culminar el éxito este asqueroso trabajo. Solo pienso en mi hija y en llevar esta noche algún euro a casa. Cuando me dispongo a colocarle el preservativo no hay manera. El joven cliente se inquieta. Está tan borracho y ha tomado tanta cocaína que su euforia se desmorona en inquietud para dar paso al enfado. Yo, con el preservativo en la boca y mis labios formando la vocal intento que su miembro responda, que consiga una erección porque sin ella ni coloco el preservativo ni hay sexo pagado esta noche. Así que intento levantarle el ánimo y, nunca mejor dicho, a él y a su miembro. Le tranquilizo, le digo que un gatillazo le pasa a algunos hombres, que no le dé importancia... sin dejar de acariciar su miembro. El lubricante del preservativo que llevo en la boca ya se ha secado por completo ante tanta espera. Meto la mano en el bolso y saco otro. Mismo procedimiento. Todo igual. Como si fuéramos a clases particulares pero esto solo se aprende en la vida real. La vida de una prostituta es así de puta. Y cuando voy a colocarme el segundo preservativo en la boca y comenzar de nuevo toda la parafernalia sexual que conlleva este encuentro económico pactado, me entra la risa. No podía parar de reírme de la situación kafkiana que estaba viviendo. No sabía si tendría bastantes preservativos en el bolso o tendría que ir a buscar más pero por más que tuviera el bolso lleno aquello no había forma de levantarlo. Y sin erección no había finalización. Él, todo un hijo de papá con coche nuevo y dinero, colocado hasta las cejas de alcohol y coca, creyéndose el rey del mambo y ahora resultaba que el mambo no funcionaba. Fruncía el ceño y yo venga reírme. Ni tocando, ni succionando, ni meneando, ni... había forma humana de que aquello funcionara en condiciones normales para poder liberarme yo del preservativo de la boca. Lo escupo de la risa que me da. Y no había forma de pararme. No sabía como iba a contar aquello que me estaba sucediendo, como si yo tuviera la culpa. Si bebes no vayas de putas me retumbaba en el subconsciente. ¿Serán imbéciles aquellos que se emborrachan y luego vienen en busca de sexo? Son las más elementales leyes de la física...

Y de tanta risa que me dio, el jovencito cliente hijo de papá no aceptó que me burlara de él. Y me hizo callar. Y para hacerme callar me agarró fuertemente del cuello y presionó durante varios minutos. Yo no podía respirar. Estaba apretando tan fuerte que no dejaba que el flujo aéreo pasara por la tráquea y llegara a mis pulmones. Mis ojos se salían de las órbitas mientras él seguía apretando. Mi rojez de la piel indicaba que poco a poco me estaba asfixiando de forma mecánica, con sus manos, mientras yo intentaba decirle que me soltara; que no me estaba burlando de él; que no podía respirar; que era una broma; que no pasaba nada; pero lo último que oí o que entendí leer de entre sus labios fue: ¡¡¡ya no te volverás a reír de mi, puta!!! Y dejé de respirar. abrió la puerta trasera del vehículo y me tiró junto a unos cañaverales del Serpis. Se marchó con su flamante coche a su casa, mientras yo quedaba allí tendida con los ojos abiertos y en blanco.

Mi último cliente, este jovencito hijo de papá, llegó a su casa y cogió el coche de su novia para regresar de nuevo al cauce del Serpis donde había abandonado mi cuerpo. Me cogió por los hombros y me arrastró de nuevo al interior de un vehículo. Me arrojó en los asientos traseros y salió en dirección al interior de Gandia. Por la ronda perimetral pasó por el Raval, Benipeixcar hacia Benirredrà, Roís de Corella, y al llegar a Beniopa tomó la carretera de Barx a la altura de Los Naranjos. Siguió unos metros adelante y tras pasar el puente de la autopista, justo enfrente de donde antes había un vertedero de basura, torció a la derecha en dirección a la Urbanización Santa Marta. Pasado el primer tramo del cauce, estacionó el coche en paralelo a una pequeña acequia y me arrojó entre cañas y zarzales. Se subió al coche y se marchó de nuevo a su casa. Con su papá.

Hubiera podido quedarme allí muerta en ese barranco durante días hasta que la descomposición cadavérica o algunos animales hubieran alertado a algún vecino de Marxuquera que yo estaba allí. Pero no. No fue así tampoco. Mi último cliente, el jovencito hijo de papá se arrepintió una vez le pasó la borrachera y el efecto de las drogas. Despertó a su papá y le contó que me había matado. Que anoche se fue de putas. Que había matado a una fulana y la había arrojado a un barranco. Su padre, recién levantado, no sabía cómo responder. No podía ser cierto lo que le estaba contando su hijo. Y sí, papá. Todo es cierto.

Padre e hijo se arreglaron y sobre las diez y media de la mañana de ese 9 de noviembre acudieron al cuartel de la Guardia Civil de Gandia. Buenos días. Buenos días agente... mire es que mi hijo anoche mató a una prostituta y la tiró a un barranco. El agente de puertas no daba crédito a lo que le contaban padre e hijo. Llamó por el interfono del cuartel al equipo de Policía Judicial que estaba de guardia. ¡Bajad, por favor! Y tras escuchar los agentes especializados comienzan a redactar su comparecencia y todos los datos que aportaba. Se comunica al COS y al Capitán de la Compañía que se dirigen con el homicida confeso al lugar de los hechos. A la espera de novedades. Oca.

Mi asesino confesó los hechos a los agentes de Policía Judicial, es más, les dijo que estaba arrepentido por lo que había hecho e indicó el lugar exacto donde se encontraba el cadáver. Y allí estaba yo. Muerta y tirada en el barranco de Santa Marta tal y como indicó mi último cliente. Fue condenado por homicidio. Se le aplicaron las atenuantes de responsabilidad criminal analógica a la anomalía psíquica y a la de embriaguez, y muy cualificada de confesión. Cinco años de cárcel. Cinco años por mi vida. Cinco años por 15 cochinos euros. Ahora ya es libre. Sigue siendo hijo de papá. En aquella época dijeron que padecía un trastorno límite de inestabilidad emocional que le hacía oscilar entre la apatía y el abatimiento,entremezclado con sentimientos más intensos de enfado, euforia o inquietud, y a cuya aparición contribuía el consumo excesivo de alcohol, hecho que influyó a la hora de matarme. Cinco años valió mi vida.

Mis tíos maternos cuidaban de mi hijo. Y así han seguido haciéndolo. Supongo que ya con la edad, habrá preguntado por mi y les habrán contado que un hombre malo le hizo algo malo a su mamá. No se si le contaron la verdad. No la de la prostitución sino la de mi homicida, la del hijo de papá que acabó con mi vida. Espero que no guarde rencor y que no indague en ese pasado turbio que fue mi vida para sacar adelante a quien siempre ha sido y es mi vida: mi hijo. Y que con los 100.000 euros que percibió mi hijo porque un desgraciado le dejó sin su madre, le valgan para labrarse un futuro mejor del que yo pude darle en su día. Querido hijo: te veo y te escucho todas las noches. Tu madre está orgullosa de ti. Te quiero. No lo olvides nunca. Yo sí que me quedo con tu risa. La risa de mi hijo es de felicidad. Esa es mi risa, la risa que yo me perdí con tan solo 21 años. Ríe por mi hijo.

EL CRIMEN DEL CAUDELI (Sin resolver)



En Gandia hay casos de las mafias. Pocos, pero los hay. Yo fui víctima de uno de ellos. Cuando te juntas con este tipo de gente ya sabes a lo que te expones. Poco a poco crees que vas ganando confianza y subiendo escalones pero toda realidad es falsa. Siempre hay quien manda sobre ti. Da igual lo mucho o poco que hayas aportado a la organización. Da igual si has sido válido para ejecutar órdenes sin rechistar. La vida de quienes entramos en este círculo no vale nada. No llegamos ni a ser meros números. Solo somos carne de cañón. Amigos míos llevan años siendo fieles al líder, realizando para él todo lo que pide y al precio que él pone. Yo antes era así. Comencé desde abajo y poco a poco me fui granjeando un sitio y un nombre. Al principio recibía órdenes y las ejecutaba al milímetro. Sin dudas. Sin errores. Ya se sabe que, incluso tus propios compañeros te ponen trampas para ver si realmente estás operativo y eres apto para lo que haces. O también para probar si eres un infiltrado. Aquí no hay límites. No hay leyes. Solo la supervivencia te hace más fuerte.

Poco a poco ascendí en el escalafón. Poco a poco y cada vez más los lugartenientes confiaban en mi persona y, por extensión, el Jefe. Así pasé varios años de mi vida y demostré que era válido. Dejé atrás familia, contactos, amigos y trabajo para dedicarme a esto. Había pasado muchas penurias y no estaba dispuesto a regresar a mi país. Sabía que, aunque esto no era vida, sí que era mi vida. Y en ella me fue. Sonaba el teléfono y concertábamos la cita, nos dan datos y explicaciones, horarios, fotografías y objetivos. Solo nos miramos. No hay preguntas. No vale titubear o dudar si eres capaz de hacerlo o no. Tampoco te puedes echar atrás. Todos sabemos que si nos trincan, no podemos cantar porque seríamos hombres muertos. Así que si te pillan ya sabe... aquí cada cual que salve su culo y con ojito te andes de desvelar algún dato que pueda relacionar a cualquier persona que esté por encima de ti. Solo relacionar, porque al capo pocas veces le ves y es difícil de localizar. Solo a esas que están por encima de ti valen tu vida en plomo.

Robos, atracos, extorsiones, secuestros express, droga, armas, todo vale en este mundo al que acabo de entrar y al que muchos no llegan a pasar la primera prueba. Yo lo he hecho. Lo necesitaba. Aunque a escondidas pensara que mis familiares creen que trabajo en la construcción durante el verano y cortando naranja en una cuadrilla de compatriotas durante el invierno. Les mando dinero y ya está. Y lo mando cada vez desde un sitio distinto. Incluso a veces me obligan a dárselo a mis superiores para que sean ellos los que hagan los giros postales desde cualquier punto de España. Es lo que más me cabreaba pues de esta forma sabían que si les fallaba podían ir a por mi familia. Es el precio que se paga cuando uno entra en estas mafias. Te pagan bien por el mal que haces, pero eres un títere en sus manos. Ellos deciden siempre el cuándo, el cómo, el quién y a qué precio. Tampoco creáis que tenía muchas más salidas en la vida. Me metí en esto porque quise, más bien porque lo necesitaba, pero evidentemente la realidad siempre supera cualquier ficción.

Y fallé. Y me pillaron. Esa realidad de la que os hablo la pude conocer de primera mano. Yo, por decir algo, descanso si así se le puede llamar en uno de esos nichos del cementerio a los que todos siempre pasan por alto. Estoy en una quinta altura. La que nadie quiere. La barata. La dedicada a quienes como yo no tienen quién les reclame; no tienen quién les identifique; o no tienen recursos económicos. No me busquéis por el nombre. Ni por lo que hice. Ni por cómo me descubrieron. Solo pone y así figura unas iniciales que no son las mías: S. I. Es lo mismo que decir, Sin Identificar. Formo parte de los, afortunadamente, pocos casos sin resolver que hay en la Safor. Porque aunque no lo creáis sí que hay casos que se han quedado sin resolver. Los hay porque factores han jugado en contra de quienes intentan esclarecerlo; porque los métodos que habían nada tienen que ver con los de la actualidad; porque antes no había tanta formación en diversas materias; o porque los pocos vestigios hallados quedaron en un callejón sin salida. Eso pasa sobre todo en casos como el mío donde víctima y verdugo somos de fuera, extranjeros. Y donde reconstruir las últimas horas y días es mucho más complejo si no se sabe primero de quién se trata y, segundo, qué círculos frecuentaba. Cuando se habla de mafias el silencio es la primera ley. Y para indagar en un caso donde nadie habla ni lo quiere hacer, es mucho más complejo que se llegue a un final. 

Os decía que fallé y que me pillaron. Me lo esperaba. Sabía que en un momento u otro iban a detectar lo que no había podido hacer o lo que no debía de haber hecho. Tampoco me dejaron explicarme. Sabían a qué venían y yo también sabía a lo que venían. Es como cuando esperas que te visite la muerte. Y ésta no te da largas ni lleva guadaña. Esta viene a lo que viene y sin dejar cabos sueltos. Y así llegaron a mi casa. Eran tres. A los tres los conocía. A uno más que a los otros dos. Era uno de esos lugartenientes fieles al decálogo mafioso. Los otros dos, una especie de alumnos en prácticas pues lo que iban a presenciar les iba a marcar toda la vida y, además, les marcaría su futuro dentro de la organización. No era un bautismo para entrar en el club pero sí era una advertencia para que vieran cómo las gasta esta organización criminal. La organización existe y es real. Como también lo es mi caso.

Cuando entraron en casa yo esperaba que me sentaran en una silla, me ataran y me pegaran una paliza para sacarme la información. No se si fui ingenuo o qué pero no sucedió de esa forma. Simplemente se limitaron, nada más abrirles yo la puerta, a decir a modo de pregunta imperativa si les acompañaba. Yo sabía que no tenía elección. Incluso pensé que me llevarían ante el gran jefe. Sabía que habían venido a por mi y que no se marcharían sin solucionar el problema. ¿De qué forma? No lo sabía. Lo que sí sabía era que si me oponía esto acabaría mal. Aunque ahora os digo que jamás pensé que acabaría como acabé. Sí, son cosas que suceden, que pasan, que son reales, pero jamás las queremos ver porque parece que no ocurran, parecen ciencia ficción, parecen extraídas de un mundo irreal. Pero este mundo es mucho más real del que muchos piensan.

Les acompañé. Les pedí si me dejaban coger el teléfono, la documentación o las llaves y obtuve por respuesta que no, que no me harían falta. Y así fue. Los tres me acompañaron. Uno cerró la puerta de mi casa de un portazo. Abrieron el coche y uno se subió para conducirlo mientras otro accedía por la puerta del copiloto. El tercero me abrió la puerta y me dijo que subiera. Y así lo hice. Inmediatamente se subió él a mi lado. Los cuatro partimos sin rumbo fijo. 

Era de noche. Concretamente la noche del 23 de Julio de 1999. Los cuatro en el coche nos dirigimos a una gasolinera a las afueras de Gandia. Bajó el copiloto y adquirió una garrafa especial para transportar gasolina, de esas que tiene un tapón de rosca y un tubo. Le dijo al gasolinero que nos habíamos quedado sin gasolina en el coche y que necesitaba por lo menos para que no se quedara en el arcén hasta el día siguiente. El gasolinero le vendió la garrafa y le autorizó en el surtidor los litros exactos que cabían en ella. Con eso era más que suficiente para que el teórico coche sin gasolina llegara hasta Gandia. Pagó en metálico y se subió de nuevo al coche. Dispuso la garrafa entre sus piernas. Miró al conductor y tras cruzarse las miradas, arrancó de la gasolinera y nos marchamos.

Salimos de Gandia en dirección a València por la N-332. A la altura de Xeresa se desvió creyendo yo que entrábamos en la autopista AP-7. Pero no ocurrió. Solo era para cambiar de sentido y regresar de nuevo a la nacional. Lo tenían todo planeado. El horario, el itinerario, el lugar, todo. Salimos de Xeresa y cuando nos incorporamos a la nacional, pasadas unas curvas veo que enciende el intermitente. Creía que íbamos a una casa de campo o un camino rural. No. Era un pequeño montículo frente a lo que había sido durante décadas el Camping Caudeli. Una zona de sauces llorones, a modo de área de servicio, donde antaño hubo una piscina de las que hoy diríamos olímpica. Frente a ese desaparecido cámping, en la curva, el vehículo giró y subimos un pequeño terraplén. Puede que estuviera así porque todavía no había desaparecido los restos del camping y ya se comenzaba a trabajar en el desdoblamiento de esa carretera.

Aparcaron el coche y apagaron las luces. Silencio. Noche estrellada. Miles de luces al fondo inundan la costa de la Safor. Pasan segundos que para mi fueron minutos o tal vez horas. Bajan las ventanillas. Nadie pregunta. El conductor se enciende un pitillo. Sus caladas y los dibujos que realiza con el humo me ponen nervioso. Mucho más de lo que estoy. Mucho más de lo que podáis imaginar. Uno no sabe cuando le puede llegar su hora pero si lo intuye se convierte en una tensa y amarga espera. No esperas que ocurra. No quieres o no crees que vaya a suceder. La vida es tan suprema que es ahora cuando te das cuenta del daño que has hecho a otros. No es que yo fuera un sicario pero poco faltaba. Y ahora era tiempo de pagar. Pero dentro de mi hay un algo, una rebelación, un dolor de entrañas que te remueve todo el cuerpo, tienes ganas de vomitar, de llorar y reír a la vez, de marcharte corriendo aun sabiendo que te van a alcanzar, de la duda sobre lo existencial que vas a descubrir en unos segundos cuando hayas muerto o, mejor dicho, te hayan asesinado. ¿Es ya mi hora?¿Qué habrá y será de mi en unos segundos?¿Se sufre en ese traspaso dejando atrás el mundo terrenal? La película de toda mi vida pasa por mi mente en fracciones de segundo. Incluso detalles que apenas recordaba de mi niñez pasan fugaces por mi mente. No se si estoy preparado o qué. No se si merezco este final o no. Pero a lo hecho pecho.

Es la hora. Se abren las puertas del coche. Tira la colilla al suelo y la apaga con la suela del zapato durante para mi un largo rato. Baja el copiloto y anda unos metros. Se gira. Nos mira y la hace una enseña a quien me custodia. Bajamos los dos del coche. Y los cuatro nos dirigimos a ese pequeño montículo que veis en la imagen. Uno de ellos saca un pañuelo de su bolsillo derecho. Me dice que ponga las manos a la espalda. Lo hago sin rechistar. Solo las luces de los coches pasando aportan algo de luz a una escena macabra. Me anuda las manos como si fuera un preso. ¡Andando! -me dice con voz autoritaria. Y yo ando unos metros hasta llegar a donde está el que había sido hasta ahora el conductor hacia mi muerte. ¡Arrodíllate! Y así lo hago encogiéndome de hombros y cerrando los ojos. Escucho cómo se acercan. Ya están los tres detrás de mi. Los noto por el vaho que sale de sus bocas mientras cuchichean. Sacan sus armas... uno, dos y tres disparos secos y certeros. En la cabeza. Yo caigo sobre mi propio peso a un costado. Uno de ellos regresa al coche y coge la garrafa de gasolina. Yo estoy tendido sobre un charco de sangre alrededor de mi cabeza que absorbe la tierra como puede. Tengo las manos anudadas. Ha sido una simple y contundente ejecución al más puro estilo de nuestra organización. Dos suben al coche con las luces apagadas y llegan hasta el borde del arcén. Divisan a lo lejos si hay tráfico o no a esa hora de la madrugada. Mientras, el tercero me echa por encima gasolina y hace un reguero hasta el propio arcén. Arranca el coche, se encienden las luces y prende el acelerante. El vehículo se marcha rápido mientras yo ardo tras la ejecución.

Los pocos vehículos que a esa hora de la madrugada circulaban por la N-332 se dan cuenta de la existencia de un incendio forestal en la cuneta, junto al montículo del Caudeli. Alertan al 112 y se destinan varias unidades del Parque de Bomberos de Gandia a sofocar el, de momento, pequeño incendio forestal causado al parecer por el arrojo de una colilla encendida desde la ventanilla de un coche. Los bomberos apagan las llamas tras casi una intensa hora. Desde que se produjo con ayuda de gasolina hasta que llegaron los primeros medios, el incendio ya tenía considerables dimensiones. Se emplean a fondo y lo sofocan. Con los focos de los camiones de bomberos descubren un bulto en el suelo, se acercan y me ven totalmente calcinado. Alertan de la existencia de un cadáver en el centro del incendio que acaban de sofocar.

Agentes de Criminalística y de Homicidios se hacen cargo de mi caso. No consiguen huellas dactilares porque el fuego las ha destruido. Mi ADN lo obtendrán de restos óseos pero no tienen con qué cotejarlo. Solo mi cráneo habla por mi. Tres orificios de bala. Ajuste de cuentas. Poco se puede indagar en un mundo presidido por el silencio y donde ningún conductor vio nada extraño. Una forma cruel de acabar conmigo. Sigo estando sin identificar, sigo siendo la víctima del Crimen del Caudeli, un caso sin resolver y ya archivado. Así fue mi final. Una ejecución en toda regla. Pagué. Punto y final.

EL CRIMEN DE LA COHERA (y 2)




Mi caso no tiene pies ni cabeza. Es impensable que por un mísero tirón de bolso mi vecino acabara con mi vida y, de una forma u otra, con la de mis familiares. Por eso hay que calibrar mucho las cosas antes de realizarlas. Ya se que él tenía 18 años recién cumplidos, que era mayor de edad y responsable de sus hechos. Yo tenía 22 años y mis padres me enseñaron a ser responsable de mis actos. Ahora no nos sirve de nada a los dos. Ni a mi porque dejé este mundo muy joven ni a mi asesino porque él mismo de jodió la vida. Dos vidas y dos familias truncadas de por vida. Una con más dolor que otra, pero al fin y al cabo, rotas por dentro.

Yo trabajo en las tiendecitas del Grau. He cursado bachillerato y estoy empleada en una de esas tiendecitas de verano. Soy la responsable de cerrar. Es julio y hace calor. La gente pasea por la avenida de la Paz llena de luces y de tiendas. Es hora de cerrar. Hago caja, me despido de mis amigas compañeras de trabajo y me voy. Subo a mi coche y caminito de Gandia. Llego a mi casa. Son casi las dos de la madrugada. Abro la cochera con el mando y bajo la rampa hasta llegar a mi plaza de garage. Aparco. Salgo. Cierro el coche y me voy andando hasta la puerta de acceso al edificio. Abro el bolso para buscar las llaves de la puerta y noto un tirón. Me asusto. Nunca me había pasado esto. No suelto el bolso. El asa la llevo enrollada y ello me permite que el ladrón no pueda hacerse con el botín. Él tira y yo tiro. En un momento del forcejeo no se cómo pero la luz tenue de la cochera me deja entrever su cara. ¡¡¡Ostras!!!. Mi vecino. Eh, eh, ¿qué haces? Te voy a denunciar. Y sale su furia cogiéndome en volandas y lanzándome contra el pilar y contra suelo. Pierdo un pendiente. Estoy medio atontada por el golpe. Intento defenderme; chillo; le araño; le golpeo, pero él está encima de mi. Intenta hacerme callar. No quiere que nadie le descubra, ni que sepan qué está haciendo, ni que yo le denuncie. No quiere nada. O sí. Se revuelve conmigo y alarga la mano. Coge una cuerda roja que hay en el suelo y me rodea el cuello. No lo puedo creer. Yo intento poner mis dedos entre la cuerda y mi cuello. No puedo. No he sido lo bastante rápida. Él ya me ha rodeado el cuello. Se coloca a horcajadas y tira de ambos extremos. Es mi hora. Es mi final... No como yo lo deseaba ni jamás lo había soñado pero injustamente era mi adiós. A escasos metros del portal de mi casa. De esa casa y esas paredes donde mis padres me dieron el calor, el amor y la educación para que yo fuera una mujer de bien. Y lo era. Pero ¿qué le sucedía a mi vecino?¿Para qué quería el bolso? ¿Era necesario matarme? Yo supongo que se asustaría de mi reacción; que no contaba con mi rebelación, que creía que era una presa fácil; pero todo se torció esa noche. Si me hubiera robado sin yo saber quién era, tal vez todo hubiera acabado en Comisaría con una denuncia por un robo mediante el procedimiento del tirón. Pero le ví la cara. Vi la cara de mi ladrón segundos antes de convertirse en la cara de mi asesino. Y al verle la cara a él pasó del robo al homicidio en cuestión de segundos.

Yo ya he muerto. Estoy aquí, en plena cochera. Sin despedirme de mis seres queridos. Aquí estoy con una cuerda anudada al cuello y un reguero de sangre. Mi asesino no para de dar vueltas y echarse las manos a la cabeza. A buenas horas... Mi joven asesino solo piensa en cómo se lo contará a sus padres. Me coge por los pies y me arrastra por la cochera. Unos catorce metros. Es más o menos la distancia entre donde yo he muerto y donde está aparcado mi coche. Mejor dicho, donde me han matado y donde dejé aparcado mi vehículo. Mi asesino rebusca en mi bolso y encuentra las llaves del coche. Lo abre y me mete por la puerta del copiloto, la que está pegada a la pared. Cierra el coche y se marcha. Se lleva mi bolso.

Se marcha para regresar de nuevo a la escena del crimen. Coge una garrafa de plástico y se marcha andando hacia una Gasolinera de las afueras de Gandia. En su paseo arroja en una obra y en un descampado todo lo que había en el interior del bolso, a pesar de haber un billete de 1.000 pesetas (6 euros ahora). Se queda con las llaves del coche. Se va al surtidor de ciclomotores y llena la garrafa. Tres litros. Cuatrocientas pesetas (2,5 euros). Y regresa de nuevo a la cochera. Se agacha antes de entrar para comprobar que no hay luz en el interior y por tanto, que no hay nadie. Abre el coche con mis llaves, me rocía de gasolina la cara y mi blusa. También echa gasolina a los laterales de ambas puertas del coche. Deja la garrafa en el asiento del conductor a escasos centímetros de mi cabeza. Rebusca en mi bolso y encuentra mi mechero. Yo fumo Nobel. Y acerca la llama al combustible y yo ardo en el interior del coche. El fogonazo es inmenso y por mucho que se apresure a cerrar la puerta del coche, las llamas le alcanzan a las manos y al chándal del Valencia CF que lleva mi asesino. También se le queman los cordones de las zapatillas que lleva y parte del pantalón del chándal.

Se marcha a su casa. Y aquí he de hacer un inciso. Si la falta de oxígeno no llega a apagar el fuego dentro de mi coche y éste arde por completo, hubiera explosionado y por extensión haber creado otros incendios de vehículos en la cochera y un incendio de descomunal magnitud. Ni eso pensó. Imaginad por un momento la que se hubiera liado a las tres de la mañana con el incendio de los bajos de una cochera llena de vehículos... Lo dicho..., se marcha a su casa. Cree que quemándome ha borrado todas sus huellas y su autoría en el crimen. Entra en el portal y se quita el chándal y la camiseta introduciéndolos en una bolsa de un conocido supermercado. En calzonillos se dirige al contenedor de la calle y arroja la bolsa con el chándal quemado y sube a su casa. Se pone algo de ropa y se va a la terraza del edificio. Le da igual que haya una persona ardiendo dentro de un coche pisos más abajo. Se sienta. Oye el camión de la basura y comprueba que vacía el contenedor y por tanto se lleva las pruebas que lo incriminan. Entra un coche en la cochera. Es rojo. Sabe de quién es. 

El fuego se ha consumido. No hay oxígeno y por tanto se ha apagado. El vecino del coche rojo entra. Aparca unos metros más allá. Antes de salir mira por los espejos. Este vecino es muy precavido. Lo conozco. Cuando sale nota un fuerte olor a gasolina. Mira por debajo de varios coches. Sigue olfateando. Le huele raro. Mira hacia mi coche pero se percata de que está sucio posiblemente debido a los días que lleva aparcado en la cochera. No. ¡¡¡No es eso!!! Los cristales de mi coche están sucios, negruzcos porque dentro estoy yo, porque me han quemado... pero no se da cuenta. Nadie puede pensar lo ocurrido hace una hora. Mi coche no está sucio sino que lo que él ve son los restos del hollín. No hay manera. Titubea, camina y se aleja subiendo la rampa. Sale de la cochera y se marcha.
Amanece. Los primeros rayos de sol entran por la rendija de la puerta de la cochera. Me echan en falta en mi casa. No he ido a dormir. Lo primero que hacen tras ver mi cuarto y la cama sin deshacer, es mirar en la cochera si estaba mi coche. Aquí me salto la forma de quién, quiénes y cómo me encontraron. A nadie se le desea eso. Llega la Policía Nacional. Acordonan la zona entre los pilares, avisan al juzgado y a la Científica. La calle se llena de coches de policía y de vecinos. Han matado a una chica en la cochera. Y el rumor y el temor se extendió por Gandia durante un día ante la posibilidad que existiera un asesino que matara en las cocheras. Es el Crimen de la Cochera.

Llega la comisión judicial y realizan el acta de levantamiento y traslado del cadáver. Yo ya he sido reconocida y tienen mis datos. Los agentes policiales comienzan a peinar piso a piso y finca a finca todos los edificios cercanos a donde me asesinaron. Preguntan sobre mi novio, mis amigos, problemas, vida, todo para intentar recomponer mis últimas horas. La cochera está literalmente tomada por policías. No dejan entrar ni salir a nadie por ese espacio. Están en plena inspección ocular. No paran de hacerme fotos, de colocar cintas métricas, uno hace un plano de la cochera, otro alerta del reguero de sangre, se localiza un pendiente junto a un pilar, hay una mancha de sangre en el pilar, el fuego ha destrozado gran parte de las huellas de la puerta, la garrafa de gasolina se ha derretido pero no ha desaparecido... en fin... toda una reconstrucción y datación de todo lo que he vivido yo horas antes.

¿Puedo pasar? No. ¿Quién es usted? Soy vecino. De momento no puede entrar ni salir nadie de la cochera. Su vehículo no podrá utilizarlo hasta que la autoridad judicial determine. Y ¿cómo voy al trabajo? Lo siento. Son órdenes. Se ha cometido un crimen y su vehículo está en el escenario del mismo. Ya se pondrán en contacto con usted. Es lo que se oye a las puertas de mi cochera mientras todos buscan dar con el culpable. Y aparece un chico de 18 años con un casco de moto en la cabeza. ¡¡¡Es él. Es él. Detenedlo!!!. Pero claro... Y le preguntan a dónde va. Dice que a por su moto. Y como la moto estaba aparcada junto a la pared, se la sacan unos agentes. No sin antes tomar datos del vehículo y del joven. Un experto se ha percatado del detalle. Interesante detalle le dice uno al otro ¿Qué detalle? ¿Os habéis fijado que se ha presentado con el casco colocado en la cabeza cuando lo normal es llevarlo colgando del brazo? Marcadlo de cerca.

Mi asesino se marcha con su moto al bar donde trabajaba. No ha dormido en toda la noche y me ha matado para posteriormente quemarme dentro de mi coche. No rinde. No está a lo que está. Se le ve ido. Por eso lo envian de nuevo a casa, a que descanse, porque así no se puede ni se viene a trabajar. Y se marcha a casa. La calle sigue tomada por los policías. Mi asesino regresa a su casa, a la escena donde anoche puso punto y final a mi vida. E intenta acostarse y descansar. Es imposible. Su madre se preocupa por su estado. Está raro. Y ante la insistencia de su madre al ver tanta rareza, le dice que anoche vio "algo" en la cochera cuando aparcaba su moto. Su madre, con los pelos como escarpias, llama a su padre. Vente para casa ya. Y su padre se deja el trabajo porque entiende que algo gordo pasa en casa. Al llegar, la madre le dice al hijo que le cuente lo que le acaba de contar. Les cuenta que llegó con su moto a la cochera y me vio discutiendo con un hombre, de 1,80 metros, moreno. Que estábamos forcejeando y que se acercó a ambos al oir la discusión. Que intentó separarnos y que yo le arañé la cara diciéndole que nos dejara. Y los padres deciden acudir a la Comisaría para que el niño de 18 años recien cumplidos aporte su versión a la Policía y que ayude a esclarecer mi asesinato.

En Comisaría le escuchan atentamente. Esta vez no lleva el casco de moto. El detalle es clave. No lo lleva y por tanto no puede ocultar el harañazo que yo le he hecho mientras forcejeaba con él. Sabe que hay epitetiales. Ha tenido contacto conmigo. Se le recogen muestras. Se le asigna abogado dado que si vio lo que vio y no alertó a la policía de la existencia de una persona agrediendo a otra en una cochera, se procede a su detención bajo la acusación de omisión del deber de socorro. Se le reseña, se le hacen las fotografías y entra en calabozos.

Sus padres están disgustados. De ir a contar y ayudar a resolver un crimen a salir sin hijo. Mis padres ni os cuento cómo estaban. El calabozo de la Comisaría de Gandia da para pensar. Y el jovencito ha pensado. Ahora sí. Ha recapacitado. ¡¡¡Carcelero!!! Llamen a mis padres. Quiero contar la vedad. Esta vez sí. Quiero contar la verdad.Y la cuenta como yo os la acabo de contar.

Me mató por quitarme el bolso. Me mató porque le cegó una multa de tráfico que no podía pagar. Me mató para que no le denunciara. Hoy él es libre, con su pena a cuestas y su condena, pero libre. Yo no. Mi familia tampoco. Habrá quien lo tilde de chiquillada de un joven de 18 años. Cuando matas, cuando asesinas, cuando prendes fuego a una persona estés o no en tus cabales, debes afrontar lo que haces. Ni yo ni mis seres queridos podrán jamás afrontar que les arrebaten a una hija. No he pretendido remover conciencias ni enfrentar a familias o amigos. Son los hechos tal cual. Otra cosa es el grado de perdón que cada uno le quiera dar. Yo ya soy recuerdo.