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viernes, 24 de agosto de 2018

EL CRIMEN DEL CAUDELI (Sin resolver)



En Gandia hay casos de las mafias. Pocos, pero los hay. Yo fui víctima de uno de ellos. Cuando te juntas con este tipo de gente ya sabes a lo que te expones. Poco a poco crees que vas ganando confianza y subiendo escalones pero toda realidad es falsa. Siempre hay quien manda sobre ti. Da igual lo mucho o poco que hayas aportado a la organización. Da igual si has sido válido para ejecutar órdenes sin rechistar. La vida de quienes entramos en este círculo no vale nada. No llegamos ni a ser meros números. Solo somos carne de cañón. Amigos míos llevan años siendo fieles al líder, realizando para él todo lo que pide y al precio que él pone. Yo antes era así. Comencé desde abajo y poco a poco me fui granjeando un sitio y un nombre. Al principio recibía órdenes y las ejecutaba al milímetro. Sin dudas. Sin errores. Ya se sabe que, incluso tus propios compañeros te ponen trampas para ver si realmente estás operativo y eres apto para lo que haces. O también para probar si eres un infiltrado. Aquí no hay límites. No hay leyes. Solo la supervivencia te hace más fuerte.

Poco a poco ascendí en el escalafón. Poco a poco y cada vez más los lugartenientes confiaban en mi persona y, por extensión, el Jefe. Así pasé varios años de mi vida y demostré que era válido. Dejé atrás familia, contactos, amigos y trabajo para dedicarme a esto. Había pasado muchas penurias y no estaba dispuesto a regresar a mi país. Sabía que, aunque esto no era vida, sí que era mi vida. Y en ella me fue. Sonaba el teléfono y concertábamos la cita, nos dan datos y explicaciones, horarios, fotografías y objetivos. Solo nos miramos. No hay preguntas. No vale titubear o dudar si eres capaz de hacerlo o no. Tampoco te puedes echar atrás. Todos sabemos que si nos trincan, no podemos cantar porque seríamos hombres muertos. Así que si te pillan ya sabe... aquí cada cual que salve su culo y con ojito te andes de desvelar algún dato que pueda relacionar a cualquier persona que esté por encima de ti. Solo relacionar, porque al capo pocas veces le ves y es difícil de localizar. Solo a esas que están por encima de ti valen tu vida en plomo.

Robos, atracos, extorsiones, secuestros express, droga, armas, todo vale en este mundo al que acabo de entrar y al que muchos no llegan a pasar la primera prueba. Yo lo he hecho. Lo necesitaba. Aunque a escondidas pensara que mis familiares creen que trabajo en la construcción durante el verano y cortando naranja en una cuadrilla de compatriotas durante el invierno. Les mando dinero y ya está. Y lo mando cada vez desde un sitio distinto. Incluso a veces me obligan a dárselo a mis superiores para que sean ellos los que hagan los giros postales desde cualquier punto de España. Es lo que más me cabreaba pues de esta forma sabían que si les fallaba podían ir a por mi familia. Es el precio que se paga cuando uno entra en estas mafias. Te pagan bien por el mal que haces, pero eres un títere en sus manos. Ellos deciden siempre el cuándo, el cómo, el quién y a qué precio. Tampoco creáis que tenía muchas más salidas en la vida. Me metí en esto porque quise, más bien porque lo necesitaba, pero evidentemente la realidad siempre supera cualquier ficción.

Y fallé. Y me pillaron. Esa realidad de la que os hablo la pude conocer de primera mano. Yo, por decir algo, descanso si así se le puede llamar en uno de esos nichos del cementerio a los que todos siempre pasan por alto. Estoy en una quinta altura. La que nadie quiere. La barata. La dedicada a quienes como yo no tienen quién les reclame; no tienen quién les identifique; o no tienen recursos económicos. No me busquéis por el nombre. Ni por lo que hice. Ni por cómo me descubrieron. Solo pone y así figura unas iniciales que no son las mías: S. I. Es lo mismo que decir, Sin Identificar. Formo parte de los, afortunadamente, pocos casos sin resolver que hay en la Safor. Porque aunque no lo creáis sí que hay casos que se han quedado sin resolver. Los hay porque factores han jugado en contra de quienes intentan esclarecerlo; porque los métodos que habían nada tienen que ver con los de la actualidad; porque antes no había tanta formación en diversas materias; o porque los pocos vestigios hallados quedaron en un callejón sin salida. Eso pasa sobre todo en casos como el mío donde víctima y verdugo somos de fuera, extranjeros. Y donde reconstruir las últimas horas y días es mucho más complejo si no se sabe primero de quién se trata y, segundo, qué círculos frecuentaba. Cuando se habla de mafias el silencio es la primera ley. Y para indagar en un caso donde nadie habla ni lo quiere hacer, es mucho más complejo que se llegue a un final. 

Os decía que fallé y que me pillaron. Me lo esperaba. Sabía que en un momento u otro iban a detectar lo que no había podido hacer o lo que no debía de haber hecho. Tampoco me dejaron explicarme. Sabían a qué venían y yo también sabía a lo que venían. Es como cuando esperas que te visite la muerte. Y ésta no te da largas ni lleva guadaña. Esta viene a lo que viene y sin dejar cabos sueltos. Y así llegaron a mi casa. Eran tres. A los tres los conocía. A uno más que a los otros dos. Era uno de esos lugartenientes fieles al decálogo mafioso. Los otros dos, una especie de alumnos en prácticas pues lo que iban a presenciar les iba a marcar toda la vida y, además, les marcaría su futuro dentro de la organización. No era un bautismo para entrar en el club pero sí era una advertencia para que vieran cómo las gasta esta organización criminal. La organización existe y es real. Como también lo es mi caso.

Cuando entraron en casa yo esperaba que me sentaran en una silla, me ataran y me pegaran una paliza para sacarme la información. No se si fui ingenuo o qué pero no sucedió de esa forma. Simplemente se limitaron, nada más abrirles yo la puerta, a decir a modo de pregunta imperativa si les acompañaba. Yo sabía que no tenía elección. Incluso pensé que me llevarían ante el gran jefe. Sabía que habían venido a por mi y que no se marcharían sin solucionar el problema. ¿De qué forma? No lo sabía. Lo que sí sabía era que si me oponía esto acabaría mal. Aunque ahora os digo que jamás pensé que acabaría como acabé. Sí, son cosas que suceden, que pasan, que son reales, pero jamás las queremos ver porque parece que no ocurran, parecen ciencia ficción, parecen extraídas de un mundo irreal. Pero este mundo es mucho más real del que muchos piensan.

Les acompañé. Les pedí si me dejaban coger el teléfono, la documentación o las llaves y obtuve por respuesta que no, que no me harían falta. Y así fue. Los tres me acompañaron. Uno cerró la puerta de mi casa de un portazo. Abrieron el coche y uno se subió para conducirlo mientras otro accedía por la puerta del copiloto. El tercero me abrió la puerta y me dijo que subiera. Y así lo hice. Inmediatamente se subió él a mi lado. Los cuatro partimos sin rumbo fijo. 

Era de noche. Concretamente la noche del 23 de Julio de 1999. Los cuatro en el coche nos dirigimos a una gasolinera a las afueras de Gandia. Bajó el copiloto y adquirió una garrafa especial para transportar gasolina, de esas que tiene un tapón de rosca y un tubo. Le dijo al gasolinero que nos habíamos quedado sin gasolina en el coche y que necesitaba por lo menos para que no se quedara en el arcén hasta el día siguiente. El gasolinero le vendió la garrafa y le autorizó en el surtidor los litros exactos que cabían en ella. Con eso era más que suficiente para que el teórico coche sin gasolina llegara hasta Gandia. Pagó en metálico y se subió de nuevo al coche. Dispuso la garrafa entre sus piernas. Miró al conductor y tras cruzarse las miradas, arrancó de la gasolinera y nos marchamos.

Salimos de Gandia en dirección a València por la N-332. A la altura de Xeresa se desvió creyendo yo que entrábamos en la autopista AP-7. Pero no ocurrió. Solo era para cambiar de sentido y regresar de nuevo a la nacional. Lo tenían todo planeado. El horario, el itinerario, el lugar, todo. Salimos de Xeresa y cuando nos incorporamos a la nacional, pasadas unas curvas veo que enciende el intermitente. Creía que íbamos a una casa de campo o un camino rural. No. Era un pequeño montículo frente a lo que había sido durante décadas el Camping Caudeli. Una zona de sauces llorones, a modo de área de servicio, donde antaño hubo una piscina de las que hoy diríamos olímpica. Frente a ese desaparecido cámping, en la curva, el vehículo giró y subimos un pequeño terraplén. Puede que estuviera así porque todavía no había desaparecido los restos del camping y ya se comenzaba a trabajar en el desdoblamiento de esa carretera.

Aparcaron el coche y apagaron las luces. Silencio. Noche estrellada. Miles de luces al fondo inundan la costa de la Safor. Pasan segundos que para mi fueron minutos o tal vez horas. Bajan las ventanillas. Nadie pregunta. El conductor se enciende un pitillo. Sus caladas y los dibujos que realiza con el humo me ponen nervioso. Mucho más de lo que estoy. Mucho más de lo que podáis imaginar. Uno no sabe cuando le puede llegar su hora pero si lo intuye se convierte en una tensa y amarga espera. No esperas que ocurra. No quieres o no crees que vaya a suceder. La vida es tan suprema que es ahora cuando te das cuenta del daño que has hecho a otros. No es que yo fuera un sicario pero poco faltaba. Y ahora era tiempo de pagar. Pero dentro de mi hay un algo, una rebelación, un dolor de entrañas que te remueve todo el cuerpo, tienes ganas de vomitar, de llorar y reír a la vez, de marcharte corriendo aun sabiendo que te van a alcanzar, de la duda sobre lo existencial que vas a descubrir en unos segundos cuando hayas muerto o, mejor dicho, te hayan asesinado. ¿Es ya mi hora?¿Qué habrá y será de mi en unos segundos?¿Se sufre en ese traspaso dejando atrás el mundo terrenal? La película de toda mi vida pasa por mi mente en fracciones de segundo. Incluso detalles que apenas recordaba de mi niñez pasan fugaces por mi mente. No se si estoy preparado o qué. No se si merezco este final o no. Pero a lo hecho pecho.

Es la hora. Se abren las puertas del coche. Tira la colilla al suelo y la apaga con la suela del zapato durante para mi un largo rato. Baja el copiloto y anda unos metros. Se gira. Nos mira y la hace una enseña a quien me custodia. Bajamos los dos del coche. Y los cuatro nos dirigimos a ese pequeño montículo que veis en la imagen. Uno de ellos saca un pañuelo de su bolsillo derecho. Me dice que ponga las manos a la espalda. Lo hago sin rechistar. Solo las luces de los coches pasando aportan algo de luz a una escena macabra. Me anuda las manos como si fuera un preso. ¡Andando! -me dice con voz autoritaria. Y yo ando unos metros hasta llegar a donde está el que había sido hasta ahora el conductor hacia mi muerte. ¡Arrodíllate! Y así lo hago encogiéndome de hombros y cerrando los ojos. Escucho cómo se acercan. Ya están los tres detrás de mi. Los noto por el vaho que sale de sus bocas mientras cuchichean. Sacan sus armas... uno, dos y tres disparos secos y certeros. En la cabeza. Yo caigo sobre mi propio peso a un costado. Uno de ellos regresa al coche y coge la garrafa de gasolina. Yo estoy tendido sobre un charco de sangre alrededor de mi cabeza que absorbe la tierra como puede. Tengo las manos anudadas. Ha sido una simple y contundente ejecución al más puro estilo de nuestra organización. Dos suben al coche con las luces apagadas y llegan hasta el borde del arcén. Divisan a lo lejos si hay tráfico o no a esa hora de la madrugada. Mientras, el tercero me echa por encima gasolina y hace un reguero hasta el propio arcén. Arranca el coche, se encienden las luces y prende el acelerante. El vehículo se marcha rápido mientras yo ardo tras la ejecución.

Los pocos vehículos que a esa hora de la madrugada circulaban por la N-332 se dan cuenta de la existencia de un incendio forestal en la cuneta, junto al montículo del Caudeli. Alertan al 112 y se destinan varias unidades del Parque de Bomberos de Gandia a sofocar el, de momento, pequeño incendio forestal causado al parecer por el arrojo de una colilla encendida desde la ventanilla de un coche. Los bomberos apagan las llamas tras casi una intensa hora. Desde que se produjo con ayuda de gasolina hasta que llegaron los primeros medios, el incendio ya tenía considerables dimensiones. Se emplean a fondo y lo sofocan. Con los focos de los camiones de bomberos descubren un bulto en el suelo, se acercan y me ven totalmente calcinado. Alertan de la existencia de un cadáver en el centro del incendio que acaban de sofocar.

Agentes de Criminalística y de Homicidios se hacen cargo de mi caso. No consiguen huellas dactilares porque el fuego las ha destruido. Mi ADN lo obtendrán de restos óseos pero no tienen con qué cotejarlo. Solo mi cráneo habla por mi. Tres orificios de bala. Ajuste de cuentas. Poco se puede indagar en un mundo presidido por el silencio y donde ningún conductor vio nada extraño. Una forma cruel de acabar conmigo. Sigo estando sin identificar, sigo siendo la víctima del Crimen del Caudeli, un caso sin resolver y ya archivado. Así fue mi final. Una ejecución en toda regla. Pagué. Punto y final.

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