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viernes, 24 de agosto de 2018

EL CRIMEN DE LA COHERA (y 2)




Mi caso no tiene pies ni cabeza. Es impensable que por un mísero tirón de bolso mi vecino acabara con mi vida y, de una forma u otra, con la de mis familiares. Por eso hay que calibrar mucho las cosas antes de realizarlas. Ya se que él tenía 18 años recién cumplidos, que era mayor de edad y responsable de sus hechos. Yo tenía 22 años y mis padres me enseñaron a ser responsable de mis actos. Ahora no nos sirve de nada a los dos. Ni a mi porque dejé este mundo muy joven ni a mi asesino porque él mismo de jodió la vida. Dos vidas y dos familias truncadas de por vida. Una con más dolor que otra, pero al fin y al cabo, rotas por dentro.

Yo trabajo en las tiendecitas del Grau. He cursado bachillerato y estoy empleada en una de esas tiendecitas de verano. Soy la responsable de cerrar. Es julio y hace calor. La gente pasea por la avenida de la Paz llena de luces y de tiendas. Es hora de cerrar. Hago caja, me despido de mis amigas compañeras de trabajo y me voy. Subo a mi coche y caminito de Gandia. Llego a mi casa. Son casi las dos de la madrugada. Abro la cochera con el mando y bajo la rampa hasta llegar a mi plaza de garage. Aparco. Salgo. Cierro el coche y me voy andando hasta la puerta de acceso al edificio. Abro el bolso para buscar las llaves de la puerta y noto un tirón. Me asusto. Nunca me había pasado esto. No suelto el bolso. El asa la llevo enrollada y ello me permite que el ladrón no pueda hacerse con el botín. Él tira y yo tiro. En un momento del forcejeo no se cómo pero la luz tenue de la cochera me deja entrever su cara. ¡¡¡Ostras!!!. Mi vecino. Eh, eh, ¿qué haces? Te voy a denunciar. Y sale su furia cogiéndome en volandas y lanzándome contra el pilar y contra suelo. Pierdo un pendiente. Estoy medio atontada por el golpe. Intento defenderme; chillo; le araño; le golpeo, pero él está encima de mi. Intenta hacerme callar. No quiere que nadie le descubra, ni que sepan qué está haciendo, ni que yo le denuncie. No quiere nada. O sí. Se revuelve conmigo y alarga la mano. Coge una cuerda roja que hay en el suelo y me rodea el cuello. No lo puedo creer. Yo intento poner mis dedos entre la cuerda y mi cuello. No puedo. No he sido lo bastante rápida. Él ya me ha rodeado el cuello. Se coloca a horcajadas y tira de ambos extremos. Es mi hora. Es mi final... No como yo lo deseaba ni jamás lo había soñado pero injustamente era mi adiós. A escasos metros del portal de mi casa. De esa casa y esas paredes donde mis padres me dieron el calor, el amor y la educación para que yo fuera una mujer de bien. Y lo era. Pero ¿qué le sucedía a mi vecino?¿Para qué quería el bolso? ¿Era necesario matarme? Yo supongo que se asustaría de mi reacción; que no contaba con mi rebelación, que creía que era una presa fácil; pero todo se torció esa noche. Si me hubiera robado sin yo saber quién era, tal vez todo hubiera acabado en Comisaría con una denuncia por un robo mediante el procedimiento del tirón. Pero le ví la cara. Vi la cara de mi ladrón segundos antes de convertirse en la cara de mi asesino. Y al verle la cara a él pasó del robo al homicidio en cuestión de segundos.

Yo ya he muerto. Estoy aquí, en plena cochera. Sin despedirme de mis seres queridos. Aquí estoy con una cuerda anudada al cuello y un reguero de sangre. Mi asesino no para de dar vueltas y echarse las manos a la cabeza. A buenas horas... Mi joven asesino solo piensa en cómo se lo contará a sus padres. Me coge por los pies y me arrastra por la cochera. Unos catorce metros. Es más o menos la distancia entre donde yo he muerto y donde está aparcado mi coche. Mejor dicho, donde me han matado y donde dejé aparcado mi vehículo. Mi asesino rebusca en mi bolso y encuentra las llaves del coche. Lo abre y me mete por la puerta del copiloto, la que está pegada a la pared. Cierra el coche y se marcha. Se lleva mi bolso.

Se marcha para regresar de nuevo a la escena del crimen. Coge una garrafa de plástico y se marcha andando hacia una Gasolinera de las afueras de Gandia. En su paseo arroja en una obra y en un descampado todo lo que había en el interior del bolso, a pesar de haber un billete de 1.000 pesetas (6 euros ahora). Se queda con las llaves del coche. Se va al surtidor de ciclomotores y llena la garrafa. Tres litros. Cuatrocientas pesetas (2,5 euros). Y regresa de nuevo a la cochera. Se agacha antes de entrar para comprobar que no hay luz en el interior y por tanto, que no hay nadie. Abre el coche con mis llaves, me rocía de gasolina la cara y mi blusa. También echa gasolina a los laterales de ambas puertas del coche. Deja la garrafa en el asiento del conductor a escasos centímetros de mi cabeza. Rebusca en mi bolso y encuentra mi mechero. Yo fumo Nobel. Y acerca la llama al combustible y yo ardo en el interior del coche. El fogonazo es inmenso y por mucho que se apresure a cerrar la puerta del coche, las llamas le alcanzan a las manos y al chándal del Valencia CF que lleva mi asesino. También se le queman los cordones de las zapatillas que lleva y parte del pantalón del chándal.

Se marcha a su casa. Y aquí he de hacer un inciso. Si la falta de oxígeno no llega a apagar el fuego dentro de mi coche y éste arde por completo, hubiera explosionado y por extensión haber creado otros incendios de vehículos en la cochera y un incendio de descomunal magnitud. Ni eso pensó. Imaginad por un momento la que se hubiera liado a las tres de la mañana con el incendio de los bajos de una cochera llena de vehículos... Lo dicho..., se marcha a su casa. Cree que quemándome ha borrado todas sus huellas y su autoría en el crimen. Entra en el portal y se quita el chándal y la camiseta introduciéndolos en una bolsa de un conocido supermercado. En calzonillos se dirige al contenedor de la calle y arroja la bolsa con el chándal quemado y sube a su casa. Se pone algo de ropa y se va a la terraza del edificio. Le da igual que haya una persona ardiendo dentro de un coche pisos más abajo. Se sienta. Oye el camión de la basura y comprueba que vacía el contenedor y por tanto se lleva las pruebas que lo incriminan. Entra un coche en la cochera. Es rojo. Sabe de quién es. 

El fuego se ha consumido. No hay oxígeno y por tanto se ha apagado. El vecino del coche rojo entra. Aparca unos metros más allá. Antes de salir mira por los espejos. Este vecino es muy precavido. Lo conozco. Cuando sale nota un fuerte olor a gasolina. Mira por debajo de varios coches. Sigue olfateando. Le huele raro. Mira hacia mi coche pero se percata de que está sucio posiblemente debido a los días que lleva aparcado en la cochera. No. ¡¡¡No es eso!!! Los cristales de mi coche están sucios, negruzcos porque dentro estoy yo, porque me han quemado... pero no se da cuenta. Nadie puede pensar lo ocurrido hace una hora. Mi coche no está sucio sino que lo que él ve son los restos del hollín. No hay manera. Titubea, camina y se aleja subiendo la rampa. Sale de la cochera y se marcha.
Amanece. Los primeros rayos de sol entran por la rendija de la puerta de la cochera. Me echan en falta en mi casa. No he ido a dormir. Lo primero que hacen tras ver mi cuarto y la cama sin deshacer, es mirar en la cochera si estaba mi coche. Aquí me salto la forma de quién, quiénes y cómo me encontraron. A nadie se le desea eso. Llega la Policía Nacional. Acordonan la zona entre los pilares, avisan al juzgado y a la Científica. La calle se llena de coches de policía y de vecinos. Han matado a una chica en la cochera. Y el rumor y el temor se extendió por Gandia durante un día ante la posibilidad que existiera un asesino que matara en las cocheras. Es el Crimen de la Cochera.

Llega la comisión judicial y realizan el acta de levantamiento y traslado del cadáver. Yo ya he sido reconocida y tienen mis datos. Los agentes policiales comienzan a peinar piso a piso y finca a finca todos los edificios cercanos a donde me asesinaron. Preguntan sobre mi novio, mis amigos, problemas, vida, todo para intentar recomponer mis últimas horas. La cochera está literalmente tomada por policías. No dejan entrar ni salir a nadie por ese espacio. Están en plena inspección ocular. No paran de hacerme fotos, de colocar cintas métricas, uno hace un plano de la cochera, otro alerta del reguero de sangre, se localiza un pendiente junto a un pilar, hay una mancha de sangre en el pilar, el fuego ha destrozado gran parte de las huellas de la puerta, la garrafa de gasolina se ha derretido pero no ha desaparecido... en fin... toda una reconstrucción y datación de todo lo que he vivido yo horas antes.

¿Puedo pasar? No. ¿Quién es usted? Soy vecino. De momento no puede entrar ni salir nadie de la cochera. Su vehículo no podrá utilizarlo hasta que la autoridad judicial determine. Y ¿cómo voy al trabajo? Lo siento. Son órdenes. Se ha cometido un crimen y su vehículo está en el escenario del mismo. Ya se pondrán en contacto con usted. Es lo que se oye a las puertas de mi cochera mientras todos buscan dar con el culpable. Y aparece un chico de 18 años con un casco de moto en la cabeza. ¡¡¡Es él. Es él. Detenedlo!!!. Pero claro... Y le preguntan a dónde va. Dice que a por su moto. Y como la moto estaba aparcada junto a la pared, se la sacan unos agentes. No sin antes tomar datos del vehículo y del joven. Un experto se ha percatado del detalle. Interesante detalle le dice uno al otro ¿Qué detalle? ¿Os habéis fijado que se ha presentado con el casco colocado en la cabeza cuando lo normal es llevarlo colgando del brazo? Marcadlo de cerca.

Mi asesino se marcha con su moto al bar donde trabajaba. No ha dormido en toda la noche y me ha matado para posteriormente quemarme dentro de mi coche. No rinde. No está a lo que está. Se le ve ido. Por eso lo envian de nuevo a casa, a que descanse, porque así no se puede ni se viene a trabajar. Y se marcha a casa. La calle sigue tomada por los policías. Mi asesino regresa a su casa, a la escena donde anoche puso punto y final a mi vida. E intenta acostarse y descansar. Es imposible. Su madre se preocupa por su estado. Está raro. Y ante la insistencia de su madre al ver tanta rareza, le dice que anoche vio "algo" en la cochera cuando aparcaba su moto. Su madre, con los pelos como escarpias, llama a su padre. Vente para casa ya. Y su padre se deja el trabajo porque entiende que algo gordo pasa en casa. Al llegar, la madre le dice al hijo que le cuente lo que le acaba de contar. Les cuenta que llegó con su moto a la cochera y me vio discutiendo con un hombre, de 1,80 metros, moreno. Que estábamos forcejeando y que se acercó a ambos al oir la discusión. Que intentó separarnos y que yo le arañé la cara diciéndole que nos dejara. Y los padres deciden acudir a la Comisaría para que el niño de 18 años recien cumplidos aporte su versión a la Policía y que ayude a esclarecer mi asesinato.

En Comisaría le escuchan atentamente. Esta vez no lleva el casco de moto. El detalle es clave. No lo lleva y por tanto no puede ocultar el harañazo que yo le he hecho mientras forcejeaba con él. Sabe que hay epitetiales. Ha tenido contacto conmigo. Se le recogen muestras. Se le asigna abogado dado que si vio lo que vio y no alertó a la policía de la existencia de una persona agrediendo a otra en una cochera, se procede a su detención bajo la acusación de omisión del deber de socorro. Se le reseña, se le hacen las fotografías y entra en calabozos.

Sus padres están disgustados. De ir a contar y ayudar a resolver un crimen a salir sin hijo. Mis padres ni os cuento cómo estaban. El calabozo de la Comisaría de Gandia da para pensar. Y el jovencito ha pensado. Ahora sí. Ha recapacitado. ¡¡¡Carcelero!!! Llamen a mis padres. Quiero contar la vedad. Esta vez sí. Quiero contar la verdad.Y la cuenta como yo os la acabo de contar.

Me mató por quitarme el bolso. Me mató porque le cegó una multa de tráfico que no podía pagar. Me mató para que no le denunciara. Hoy él es libre, con su pena a cuestas y su condena, pero libre. Yo no. Mi familia tampoco. Habrá quien lo tilde de chiquillada de un joven de 18 años. Cuando matas, cuando asesinas, cuando prendes fuego a una persona estés o no en tus cabales, debes afrontar lo que haces. Ni yo ni mis seres queridos podrán jamás afrontar que les arrebaten a una hija. No he pretendido remover conciencias ni enfrentar a familias o amigos. Son los hechos tal cual. Otra cosa es el grado de perdón que cada uno le quiera dar. Yo ya soy recuerdo.


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