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jueves, 6 de septiembre de 2018

EL CRIMEN DE LOS CHINOS (4)



 El pasillo está repleto de sangre. Levanto una pierna para poder pasar entre el cuerpo de Haoyi. Está tendido en medio del pasillo y avanzo sigilosamente. Sé que no están, que se han ido, pero también sé que saben que falta uno, que éramos seis y no cinco, y por eso temo que regresen. Tampoco sé cómo están el resto de mis compatriotas, pero todo hace presagiar que han acabado igual. Tal vez algunos sepáis o intuyáis cómo sucedió todo esto. Los motivos que había o no detrás de esta matanza. Pero si una cosa no se me olvidará jamás es cómo encontré la casa. Silenciosa y viscosa. Teñida de un rojo oscuro que chocaba con el, hasta ahora blanco de sus paredes. Era más propio de un sueño, por eso, cada paso que di; cada zancada que daba para salvar los cuerpos tendidos era para mi, toda una odisea. Jamás había visto tanto mal y tanta rapidez. Tanto daño y tanta saña. Pero son cosas que sabes, que te cuentan, que ocurren, que pasan pero nunca espera ni que te pasen ni mucho menos verlas.

Sigo andando, atravesando el teñido multicolor en el que se ha convertido el pasillo. En la primera puerta hay una habitación. Entro, y allí está. Sobre la cama. Tendida sobre la colcha y rodeada de un gran charco de sangre. Todavía no se ha coagulado y no ha comenzado a gotear en el suelo. El colchón ha absorbido gran parte de su sangre al tiempo que, seguro estoy, ha amortiguado los silenciosos bruscos cortes que le hicieron. ¡Pobre Chi! Debieron actuar rápido, por sorpresa, sin darle tiempo a levantarse, a sobreponerse. Un hachazo mortal. Seco. Limpio y sucio a la vez. Sin piedad, sin oposición, sin miramientos. Es su justicia, la del silencio, la de las tríadas, la de las mafias que cumplen el cometido sin importarles nada ni nadie. Encargo cumplido.

Dos de dos. Dos de seis. Regreso sobre mis pasos y salgo de la habitación. Ni tan siquiera llego a darme la vuelta, no vale la pena. No quiero darle la espalda a quien hasta hace unos días era mi compatriota. Así que, sin hacer ruido, sin inmutarme, sin llegar a pensar que al paso que voy me estoy convirtiendo yo, en el único superviviente de esta matanza china, regreso de nuevo al pasillo. A ese pasillo del terror, de la sangre por las paredes. Y a pocos metros... el baño. Allí está Suli. Bañada en sangre. En su sangre. La sangre china esparcida por azulejos, grifos y cortina. Como si hubieran batido algo en un turmix o una Thermomix sin la tapa de arriba. Es imposible tan gran derramamiento de sangre. Su melena negra cae sobre la bañera. Está colocada como en modo ejecución. Se resistió. El baño está revuelto. Una resistencia corta, pasiva, le superaba en fuerza y en sorpresa. Rapidez. Nada de elegancia. Cortes secos y profundos. Mirada perdida. Está como en posición de zuòchá. Ni tan siquiera se han parado a cerrarle los ojos. Yo sí lo hago. Su alma ya no está con nosotros. Su chánnà levita y debe buscar su felicidad a través del descanso eterno para reencarnarse de nuevo y volver entre nosotros. En el baño, la sangre lo tiñe todo de rojo y las salpicaduras denotan que solo opuso resistencia al primer golpe. Después fue un festín rápido. Las manchas alargadas de la sangre indican que no hubo saña sino rapidez en la actuación, celeridad y certeza, concreción y compromiso. No es un ajuste de cuentas. No es un aquí te pillo aquí te mato. Es lo que es. En blanco y negro o del revés. Se la han cargado por estar entre nosotros, por no ser partícipe del pago e involucrarla en todo lo que concierne al restaurante. Ya no hay vuelta atrás. Está todo finiquitado...

Salgo del habitáculo, el baño, para adentrarme en otro baño de sangre, el del comedor. La fotografía que os pongo en este crimen habla por sí misma. Hay imágenes de gente; de la comunidad china; de faroles rojos y budas a la entrada de cualquier restaurante; del olor a rollitos de primavera o a cerdo agridulce; pero este olor, esta imagen, este color y esto que vivo yo ahora mismo no se puede describir en palabras... Mirad fijamente el cuadro. Simplemente o aparentemente es un paisaje, de esos de los pisos de los años 50 o 60 de una España que se prometía próspera. La imagen no tendría más valor de no ser para que os hagáis una idea de lo que voy a ver, de lo que realmente sucedió... en el comedor....

Llego al centro del piso. Al comedor. Y allí está... en el suelo. Tendido boca abajo, con los brazos estirados y abierto en canal. Es el único que ha tenido tiempo. Es quien ha visto el peligro cómo entraba en casa y cómo arrasaba con todo quisqui viviente. Quien ha podido levantarse rápidamente del sofá. El que les ha visto la cara a los cuatro y su acción rápida. Sus movimientos hablan por sí solos. Un muerto habla más que vivo. Estaba sentado en el sofá cuando ellos irrumpen en la vivienda, cuando traspasan el umbral del terror. Solo el ruido silencioso y metálico de los cuchillos les ha delatado. Lo suficiente. Los segundos aquí son vida. Y se levanta. Y no mira. Y huye. Rapidez mental. No puede enfrentarse a ellos, son la mafia en persona. Son matones que cobran. Son asesinos a sueldo que matan. Mercenarios de la vida. Y ante ello, solo puede huir. Y huye. Y huye sin pensar qué le puede pasar. Tal es el grado de terror, de miedo, de impotencia, de sed de supervivencia que prefiere morir de pie... morir por sí mismo o por culpa de él mismo... Se levanta rápido del sofá. Los ve entrar al comedor. Uno salta el butacón. Otro rodea el habitáculo a una velocidad increíble. Con una silenciosidad como si llevaran almohadillas en sus pies o se desplazaran levitando. Son ellos. Y él siguiente. Han venido y han actuado. Y él es el quinto. Por eso, salta a toda prisa del sofá nada más ver sus sombras. Salta y va en busca de la vida, en busca de la libertad... al precio que sea... cueste lo que cueste.... Y su única escapatoria es la ventana. Su único salvavidas por sarcástico que pueda parecer es saltar al vacío. Es arriesgarse al todo o nada. Y eso, los chinos sabemos mucho en los casinos. Impar y negro. Esta vez no vale el caballito. Se dirige rápidamente a la ventana para abrirla. Para arriesgarse a romperse los pies, las piernas... lo que sea... con tal de huir de esta matanza china. Es preferible la probabilidad. El salto al vacío puede o no salir bien. El quedarse es la muerte segura. Todo o nada. Aire y vida. Muerte o salto. Y en milésimas de segundo, cuando se dirige a la ventana... cuando levanta el brazo para coger el mango y abrir el cristal de la hoja de la ventana. Zasssss. Lo nota. Lo alcanzan. Lo desgarran. Lo abren en canal por la espalda. Le han clavado el cuchillo afilado que corta el agua en la espalda. El mango atraviesa la piel y justo al lado de la columna vertebral comienza a desgarrar. Arrastra con fuerza hacia abajo, con la misma celeridad, confianza, silenciosidad y saña que con el resto de compatriotas. Es más. Al ver el cuerpo tendido en el comedor, justo en la comisura de la ventana, y por el gran corte que presenta en la espalda de arriba a abajo, yo me atrevería a decir que actuó con la precisión de un cirujano; que sabía dónde cortaba y cómo cortaba; que sabía lo que arrastraba y se llevaba; que no hubo tecla donde tocar y tropezar sino todo limpio, rápido y hasta me atrevería a decir que suave. Lógicamente para mi compatriota no. El vio un atisbo de solución, un hilo de vida en esa ventana y a ella se agarró; a ella se aferró. No tenía otra escapatoria. Y lo hizo. Lo intentó al menos. Quiso volar, evadirse, lanzarse al vacío antes que sucumbir a los hombres de negro, a los justicieros que venían a cobrarse lo suyo aunque fuera con la vida de otros. Así es, así ha sido y así será.

Fue tal la escabechina en este segundo piso izquierda del 53 de Calderón de la Barca que aún hoy sueño con lo que vi... y de lo que me libré. Me persigue, da igual. He aprendido a convivir con él, con el terror; con ellas, con las imágenes de quienes un día formaron parte de mi vida.... Miro el cuadro y me quedo absorto... me atrapa, me atrae, me lleva consigo... es uno de los testigos de lo que acaba de ocurrir aquí. Su tela, sus óleos, sus pasteles, su paisaje evoca paz, tranquilidad, a la vez que terror. Ha sido alterado. Esas manchas; esas huellas palmarias y digitales; esas salpicaduras direccionales; esos intermedios entre gotas son... la verdad. La dura, pura y cruel verdad. Viendo el cuadro que cuelga de la pared en este piso, veo la crueldad humana; veo el último adiós de quienes fueron mis compañeros; veo la barbarie humana trasformada en sicarios vestidos de negro que cumplen a rajatabla las órdenes de nuestra Comunidad; veo en rencor y el odio de no poder cobrarse el dinero y abogar por el cobro en especie, aunque ésta sea la especia humana y ya no sirva para nada una vez muerta. Es así, es lo que veo en el cuadro de esta casa. No es pintura, no es ketchup, es lo que es; es lo que veo; es lo que veis ahora vosotros; es lo que hay impreso e impregnado en su lienzo. Es sangre de una matanza china, es la sangre de una escabechina de la que yo me salvé.
Sigue el silencio, aunque el cuadro como testigo me siga mirando o yo a él. Es el momento de afrontar la realidad. Mal si ando mal si no ando. Mal si me quedo mal si me voy. Son fracciones de segundo que se tornan días en el pensamiento. Son momentos donde el cerebro humano no racionaliza al ver tanto odio repartido y tanta sangre derramada. Es la callada muerte del silencio en vida. Y yo... me acerco a él... lo tomo, lo cojo y aprieto....

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