El
pasillo está repleto de sangre. Levanto una pierna para poder pasar
entre el cuerpo de Haoyi. Está tendido en medio del pasillo y avanzo
sigilosamente. Sé que no están, que se han ido, pero también sé
que saben que falta uno, que éramos seis y no cinco, y por eso temo
que regresen. Tampoco sé cómo están el resto de mis compatriotas,
pero todo hace presagiar que han acabado igual. Tal vez algunos
sepáis o intuyáis cómo sucedió todo esto. Los motivos que había
o no detrás de esta matanza. Pero si una cosa no se me olvidará
jamás es cómo encontré la casa. Silenciosa y viscosa. Teñida de
un rojo oscuro que chocaba con el, hasta ahora blanco de sus paredes.
Era más propio de un sueño, por eso, cada paso que di; cada zancada
que daba para salvar los cuerpos tendidos era para mi, toda una
odisea. Jamás había visto tanto mal y tanta rapidez. Tanto daño y
tanta saña. Pero son cosas que sabes, que te cuentan, que ocurren,
que pasan pero nunca espera ni que te pasen ni mucho menos verlas.
Sigo
andando, atravesando el teñido multicolor en el que se ha convertido
el pasillo. En la primera puerta hay una habitación. Entro, y allí
está. Sobre la cama. Tendida sobre la colcha y rodeada de un gran
charco de sangre. Todavía no se ha coagulado y no ha comenzado a
gotear en el suelo. El colchón ha absorbido gran parte de su sangre
al tiempo que, seguro estoy, ha amortiguado los silenciosos bruscos
cortes que le hicieron. ¡Pobre Chi! Debieron actuar rápido, por
sorpresa, sin darle tiempo a levantarse, a sobreponerse. Un hachazo
mortal. Seco. Limpio y sucio a la vez. Sin piedad, sin oposición,
sin miramientos. Es su justicia, la del silencio, la de las tríadas,
la de las mafias que cumplen el cometido sin importarles nada ni
nadie. Encargo cumplido.
Dos
de dos. Dos de seis. Regreso sobre mis pasos y salgo de la
habitación. Ni tan siquiera llego a darme la vuelta, no vale la
pena. No quiero darle la espalda a quien hasta hace unos días era mi
compatriota. Así que, sin hacer ruido, sin inmutarme, sin llegar a
pensar que al paso que voy me estoy convirtiendo yo, en el único
superviviente de esta matanza china, regreso de nuevo al pasillo. A
ese pasillo del terror, de la sangre por las paredes. Y a pocos
metros... el baño. Allí está Suli. Bañada en sangre. En su
sangre. La sangre china esparcida por azulejos, grifos y cortina.
Como si hubieran batido algo en un turmix o una Thermomix sin la tapa
de arriba. Es imposible tan gran derramamiento de sangre. Su melena
negra cae sobre la bañera. Está colocada como en modo ejecución.
Se resistió. El baño está revuelto. Una resistencia corta, pasiva,
le superaba en fuerza y en sorpresa. Rapidez. Nada de elegancia.
Cortes secos y profundos. Mirada perdida. Está como en posición de
zuòchá. Ni tan siquiera se han parado a cerrarle los ojos. Yo sí
lo hago. Su alma ya no está con nosotros. Su chánnà levita y debe
buscar su felicidad a través del descanso eterno para reencarnarse
de nuevo y volver entre nosotros. En el baño, la sangre lo tiñe
todo de rojo y las salpicaduras denotan que solo opuso resistencia al
primer golpe. Después fue un festín rápido. Las manchas alargadas
de la sangre indican que no hubo saña sino rapidez en la actuación,
celeridad y certeza, concreción y compromiso. No es un ajuste de
cuentas. No es un aquí te pillo aquí te mato. Es lo que es. En
blanco y negro o del revés. Se la han cargado por estar entre
nosotros, por no ser partícipe del pago e involucrarla en todo lo
que concierne al restaurante. Ya no hay vuelta atrás. Está todo
finiquitado...
Salgo
del habitáculo, el baño, para adentrarme en otro baño de sangre,
el del comedor. La fotografía que os pongo en este crimen habla por
sí misma. Hay imágenes de gente; de la comunidad china; de faroles
rojos y budas a la entrada de cualquier restaurante; del olor a
rollitos de primavera o a cerdo agridulce; pero este olor, esta
imagen, este color y esto que vivo yo ahora mismo no se puede
describir en palabras... Mirad fijamente el cuadro. Simplemente o
aparentemente es un paisaje, de esos de los pisos de los años 50 o
60 de una España que se prometía próspera. La imagen no tendría
más valor de no ser para que os hagáis una idea de lo que voy a
ver, de lo que realmente sucedió... en el comedor....
Llego
al centro del piso. Al comedor. Y allí está... en el suelo. Tendido
boca abajo, con los brazos estirados y abierto en canal. Es el único
que ha tenido tiempo. Es quien ha visto el peligro cómo entraba en
casa y cómo arrasaba con todo quisqui viviente. Quien ha podido
levantarse rápidamente del sofá. El que les ha visto la cara a los
cuatro y su acción rápida. Sus movimientos hablan por sí solos. Un
muerto habla más que vivo. Estaba sentado en el sofá cuando ellos
irrumpen en la vivienda, cuando traspasan el umbral del terror. Solo
el ruido silencioso y metálico de los cuchillos les ha delatado. Lo
suficiente. Los segundos aquí son vida. Y se levanta. Y no mira. Y
huye. Rapidez mental. No puede enfrentarse a ellos, son la mafia en
persona. Son matones que cobran. Son asesinos a sueldo que matan.
Mercenarios de la vida. Y ante ello, solo puede huir. Y huye. Y huye
sin pensar qué le puede pasar. Tal es el grado de terror, de miedo,
de impotencia, de sed de supervivencia que prefiere morir de pie...
morir por sí mismo o por culpa de él mismo... Se levanta rápido
del sofá. Los ve entrar al comedor. Uno salta el butacón. Otro
rodea el habitáculo a una velocidad increíble. Con una
silenciosidad como si llevaran almohadillas en sus pies o se
desplazaran levitando. Son ellos. Y él siguiente. Han venido y han
actuado. Y él es el quinto. Por eso, salta a toda prisa del sofá
nada más ver sus sombras. Salta y va en busca de la vida, en busca
de la libertad... al precio que sea... cueste lo que cueste.... Y su
única escapatoria es la ventana. Su único salvavidas por sarcástico
que pueda parecer es saltar al vacío. Es arriesgarse al todo o nada.
Y eso, los chinos sabemos mucho en los casinos. Impar y negro. Esta
vez no vale el caballito. Se dirige rápidamente a la ventana para
abrirla. Para arriesgarse a romperse los pies, las piernas... lo que
sea... con tal de huir de esta matanza china. Es preferible la
probabilidad. El salto al vacío puede o no salir bien. El quedarse
es la muerte segura. Todo o nada. Aire y vida. Muerte o salto. Y en
milésimas de segundo, cuando se dirige a la ventana... cuando
levanta el brazo para coger el mango y abrir el cristal de la hoja de
la ventana. Zasssss. Lo nota. Lo alcanzan. Lo desgarran. Lo abren en
canal por la espalda. Le han clavado el cuchillo afilado que corta el
agua en la espalda. El mango atraviesa la piel y justo al lado de la
columna vertebral comienza a desgarrar. Arrastra con fuerza hacia
abajo, con la misma celeridad, confianza, silenciosidad y saña que
con el resto de compatriotas. Es más. Al ver el cuerpo tendido en el
comedor, justo en la comisura de la ventana, y por el gran corte que
presenta en la espalda de arriba a abajo, yo me atrevería a decir
que actuó con la precisión de un cirujano; que sabía dónde
cortaba y cómo cortaba; que sabía lo que arrastraba y se llevaba;
que no hubo tecla donde tocar y tropezar sino todo limpio, rápido y
hasta me atrevería a decir que suave. Lógicamente para mi
compatriota no. El vio un atisbo de solución, un hilo de vida en esa
ventana y a ella se agarró; a ella se aferró. No tenía otra
escapatoria. Y lo hizo. Lo intentó al menos. Quiso volar, evadirse,
lanzarse al vacío antes que sucumbir a los hombres de negro, a los
justicieros que venían a cobrarse lo suyo aunque fuera con la vida
de otros. Así es, así ha sido y así será.
Fue
tal la escabechina en este segundo piso izquierda del 53 de Calderón
de la Barca que aún hoy sueño con lo que vi... y de lo que me
libré. Me persigue, da igual. He aprendido a convivir con él, con
el terror; con ellas, con las imágenes de quienes un día formaron
parte de mi vida.... Miro el cuadro y me quedo absorto... me atrapa,
me atrae, me lleva consigo... es uno de los testigos de lo que acaba
de ocurrir aquí. Su tela, sus óleos, sus pasteles, su paisaje evoca
paz, tranquilidad, a la vez que terror. Ha sido alterado. Esas
manchas; esas huellas palmarias y digitales; esas salpicaduras
direccionales; esos intermedios entre gotas son... la verdad. La
dura, pura y cruel verdad. Viendo el cuadro que cuelga de la pared en
este piso, veo la crueldad humana; veo el último adiós de quienes
fueron mis compañeros; veo la barbarie humana trasformada en
sicarios vestidos de negro que cumplen a rajatabla las órdenes de
nuestra Comunidad; veo en rencor y el odio de no poder cobrarse el
dinero y abogar por el cobro en especie, aunque ésta sea la especia
humana y ya no sirva para nada una vez muerta. Es así, es lo que veo
en el cuadro de esta casa. No es pintura, no es ketchup, es lo que
es; es lo que veo; es lo que veis ahora vosotros; es lo que hay
impreso e impregnado en su lienzo. Es sangre de una matanza china, es
la sangre de una escabechina de la que yo me salvé.
Sigue
el silencio, aunque el cuadro como testigo me siga mirando o yo a él.
Es el momento de afrontar la realidad. Mal si ando mal si no ando.
Mal si me quedo mal si me voy. Son fracciones de segundo que se
tornan días en el pensamiento. Son momentos donde el cerebro humano
no racionaliza al ver tanto odio repartido y tanta sangre derramada.
Es la callada muerte del silencio en vida. Y yo... me acerco a él...
lo tomo, lo cojo y aprieto....
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