Estoy casado y tengo hijos. Una vez tuve 18 años. Ahora, ya con el paso de los años, cada día me pregunto cómo se lo voy a contar a mis hijos. Si se lo cuento ¿cómo reaccionaran? Si no lo hago y algún día lo encuentran en internet ¿será peor? No hace falta que os adelantéis a ponerme nombre a mi o a ella. No hace falta que busquéis por internet quién soy, qué hice o qué le hice. Eso solo lo pasé yo. Lo sufrió de por vida su familia y yo lo arrastraré hasta la muerte. Pero hoy os hablo desde la distancia que da la edad, desde la búsqueda del perdón que no lo habrá jamás y desde cómo te puede cambiar tu vida y la de los demás por un simple motivo. Un motivo banal para algunos pero que para mi, por la edad y las circunstancias familiares, esa noche supuso uno de mis mayores errores.
Yo he cumplido con la sociedad. He pagado la pena de matar a una joven de Gandia de 22 años con los años de cárcel que me impuso un Jurado Popular. Vale. He pagado ya. Soy un ciudadano libre. Con antecedentes penales por homicidio pero libre. Ya. Y ¿para qué sirve? Os preguntareis algunos. Yo, afortunadamente, veo amanecer todos los días. Ella nunca jamás lo hará. Y todo por mi culpa, por esa edad inmadura que me llevó a hacer cosas de las que siempre me he arrepentido. Ha pasado mucho tiempo ya de ello, por eso os pido que no pongáis nombres aunque muchos los sepáis. Su familia no se merece más daño y tampoco creo yo que deba algo la que yo he conseguido formar. Un asesino como yo ¿se puede reformar?
Yo venía esa noche con mi novia desde Oliva. Íbamos en mi ciclomotor cuando una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico me dio el alto en las proximidades de un supermercado que se llamaba Amica. Para vosotros hoy es el Family Cash, en l'Alqueria de la Comtessa. Me denunciaron por ir dos personas en un ciclomotor. Era una infracción típica de la época. Me recetaron una denuncia por valor de 10.000 pesetas. Era mucho para la época. Hoy son 60 euros pensaréis muchos. Mi novia, que iba de paquete, se sentía un poco culpable y en la puerta de su casa, mientras charlábamos me dijo que me pagaría la mitad. No hace falta -le dije yo- porque en el bote del restaurante de mi hermano tengo unas 7.000 pesetas de las propinas y con un poco llegaré a pagarla. Le dí un beso, entró en el portal y se subió a su casa. Yo arranqué la moto y me fui para la mía.
Le daba vueltas a cómo pagar la denuncia. Hoy, desde la distancia de los años y los hechos, me he preguntado cuántas personas hubiesen pagado 60 euros y que mi historia no acabara como acabó. Empezando por mi o por el guardia que me multó, que si hubiera podido intuir que esa denuncia iba a acabar con la vida de una persona estoy seguro que no me la hubiera puesto. O cualquier amigo o familiar de la chica a la que maté hubiesen pagado no 60 sino cualquier cantidad porque la vida de una persona no tiene precio. Yo, sí se lo puse. Yo sí la cagué y bien cagada. Hice una cosa que jamás se borrará de mi mente. Habrá quien no me perdone jamás. Lo entiendo y lo seguiré entendiendo. Ni yo mismo me he perdonado.
Pero esta es la versión de qué ocurre cuando no mides tus actos y eres jóven. Y de lo que ocurre cuando tu sí puedes rehacer tu vida y la persona asesinada no. Además de sus familiares a quienes, en vida, también les matas. Como véis no tengo perdón de Dios. Pero he de seguir con mi vida. Cobarde o valiente, no lo se. No se si mis hijos deben saber que su padre, cuanto tuvo 18 años, fue un asesino. Porque aunque intente suavizarles la historia, aunque intente decirles que discutimos, que se cayó y se dio en la cabeza... que fue un accidente... lo que hice ahí está y la verdad, tarde o pronto aflora. Pero no se si suavizarselo a mis hijos y que lo sepan de mi propia voz o, por el contrario, mantenerlos al margen y que sean felices hasta que ya bien mayores pueda abordar el tema. Ellos supongo que me dirán que me quieren igual. Que no quieren oír que son hijos de un padre que fue un joven asesino. Pero también es cierto que lo son. Por eso muchas veces uno no sabe si cuando ya ha pagado la pena ante la sociedad la debe de arrastrar toda su vida. Si es así me conformo. Yo lo hice. Y lo asumí. Pero mi razonamiento lo era para con mis hijos. Es un debate que tengo por las noches en mi cabeza.
Me dejaron solo, sabéis. Entré en volandas en el juzgado para que no me vieran la cara. Reyes, el policía nacional con el que pasé a disposición judicial me sacó por la cochera de la Comisaría cosa bastante extraña y entré solo con él al juzgado. Yo llevaba solo una mochila a mi espalda. Ese era mi equipaje para Picassent. Ni familiares ni amigos. Todos me dieron la espalda en ese momento. Yo era tan joven que no era ni consciente de todo lo que acontecía a mi alrededor. Hacía mes y medio que había cumplido la mayoría de edad.
Como os decía antes de esta reflexión sobre el padre que de joven fue un asesino, yo acababa de dejar a mi novia en su casa y me marché a la mía. Abrí la cochera, bajé la rampa y aparqué la moto. Y mientras estaba candándola se volvió a abrir la puerta de la cochera y entró un coche. Eran casi las dos de la madrugada. Aparcó, cerró el coche y se dirigió a la puerta que comparten ambas fincas para subir a las viviendas desde la cochera. Era ella. Mi vecina. Venía de trabajar en las tiendas del Grau. No se si llevaría la recaudación o simplemente una cartera con dinero. Mientras ella abría el bolso para rebuscar y encontrar las llaves yo me acerqué por detrás y le arrebaté el bolso. Ella no lo soltaba. Era pequeñita pero tenía mucho carácter. Forcejeamos. Ella consiguió no soltar el asa que tenía alrededor de la mano y mientras yo intentaba huir corriendo con el bolso ella me retenía dado que era imposible deshacerse del asa. En ese tira y afloja pasamos de la penumbra del acceso a la puerta de la escalera a la luz de la cochera. Y me ve la cara. Y me reconoce. Y se pone a chillar que me va a denunciar. Yo la cojo en volandas y la tiro al suelo. Unos dicen que la golpeé contra un pilar otros que al caer se golpeó. Sea como fuere no paraba de arañarme y de chillar. Yo me puse encima de ella y cogí una cuerda roja que había en el suelo, a pocos metros nuestros. Se la enrollé por el cuello, apreté y dejó de moverse. La había asfixiado.

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