Siempre he sido un personaje peculiar. Tal vez porque la sociedad nunca me ha aceptado tal y como soy. Perdonad sino me he presentado. Soy Jesús. Mis apellidos son de sobra conocidos en varios municipios de la Safor, por eso los he obviado. Todos me conocen por mi sobrenombre: El Potxó. Hoy soy libre. Libre por decir algo. Porque una gran parte de mi sigue preso de un amor inicialmente correspondido aunque fuera materialmente pero que se convirtió en mi perdición. Antes de que juzguéis el relato ficticio-real de lo ocurrido aquella noche y os ponga en antecedentes, debéis saber que siempre he sido una persona muy especial, raro, como diríais la mayoría de vosotros. Me gusta leer y escribir. He escrito varios libros, entre ellos "El último tango en Simat de la Valldigna" y me he fotografiado desnudo en nichos y tumbas del cementerio. He sufrido el desprecio de la gente y la incomprensión de muchos. He publicado miles de panfletos contra toda la sociedad, contra el sistema y sus leyes, contra todo. Hoy me tildarían de radical o anti-sistema o hasta de podemita. Yo ya era todo eso y mucho más en mi adolescencia. Por eso seguí creyendo en mi libertad, en la libertad que de daba el pensamiento para aislarme del "mundo mundial" y así decir y hacer lo que mi mente y mi corazón creyeran sin importarme el qué dirán. Para cambiar el sistema podrido este (y os hablo de 1979) incluso llegué a crear un partido político en forma de burla o que llamara la atención de quienes, como corderos, votaban lo que les decían. Uno se llamaba "Partit i Badat (PiB)" y la conjunción que une ambas palabras era una pene. Luego tuve que fundar el PiE, donde seguía el pene y se votaba con el pie. Aún recuerdo esa foto mía votando en las urnas descalzo y con la papeleta en entre los dedos del pie. En fin, como véis, algo rarito sí que debo ser…
No creáis que era un lunático empedernido. Nunca he hecho daño a nadie. Bueno, lo de nunca fue hasta que ocurrió lo que ocurrió. Y fue por amor, por despecho, por odio, por venganza, no sé. Yo creo que no se puede tildar de ninguna manera pero lo hice. Y como lo hice lo pagué. Hoy ella ya no está mientras yo paseo por las calles de los pueblos de la Safor. Llevo conmigo lo que nunca me han arrebatado: mi mente. En ella está lo bueno y lo malo. Sé que lo hice mal. Y por eso, espero que alguien me perdone. Por eso mi última historia arranca aquella madrugada del ocho de octubre de 1995 en un pequeño pueblo de la Safor llamado Simat de la Valldigna.
Yo no había tenido muchas relaciones si sentimentales ni sexuales. Hasta cierto punto normal debido a mi llamémosle rareza. Un día conocí a una mujer que ejercía la prostitución. La visitaba con asiduidad. No siempre hacíamos lo que hacíamos sino que cada vez me atraía más para hablar, para ser su amigo y para que ella fuera mi amiga. O al menos, alguien que me escuchara, que entendiera mi anti-todo, y de esa forma ambos fraguamos una amistad. Una amistad que me llevó de cabeza. Yo diría incluso que llegué a perder la cabeza por ella. Y en una de esas locuras que pasan por mi cabeza le pedí que dejara la prostitución, que no mal vendiera más su cuerpo, que se viniera conmigo ella y su hija pequeña. Mi amiga estaba separada y yo comencé a flirtear con ella en 1993. Todo iba bien, había encontrado el amor de mi vida, y yo solo quería ayudarle a ella y a su hija. Y por eso le pedí que dejara de prostituirse y se viniera a vivir conmigo a mi casa.
En una de esas miles y miles de conversaciones en los años que duró nuestra relación, para dejar la prostitución me pidió ayuda. Yo se la di. Afecta, moral y económicamente. Le dije que sí. Que le ayudaría. Aunque para ello necesitara 3.000 euros (500.000 pesetas de la época). Yo tenía ese dinero porque mi tía me iba dando dinero poco a poco de lo que ganaba limpiando pisos. Yo la verdad es que gasto muy poco. Ni fumo ni bebo, solo escribo y mis gastos son lápices, hojas y la multicopista donde voy a reproducir los panfletos. Tengo una paga por mi invalidez y lo que me dio mi tía durante años me sirvió para poder ayudar a mi amiga a salir de la prostitución. Todo por amor. Y salió de la prostitución. O eso al menos ella fue lo que me dijo. Y ahí comenzó nuestra triste historia de amor y odio. Ella salió de la prostitución y se marchó de mi lado enamorada de un alemán fornido, yo diría que de su último cliente pues a mí ya me había desplumado. Ese al que yo califiqué de "chulo-rambo" se llamaba Walther. Y eso, en un pueblo tan pequeño como el nuestro y donde todos nos conocemos, no podía quedar así.
Yo la increpaba en público. Le pedía que me devolviera los 3.000 euros que le había dejado. Pues si ya había salido de la prostitución me los tenía que devolver. Y ella llorando me decía que los necesitaba para pagar a la funeraria los gastos del entierro de su padre. Y yo -que me lo había creído y se los había dejado ya no sé si para salir de la prostitución o para pagar el entierro o para desplumarme- la veía pavoneándose por todo el pueblo con ese alemán chulo rambo al que había cambiado por mí previo desembolso de miles de euros. Aún sigo creyendo en ella a pesar de lo que le hice, y quiero creer que no me engañó. No lo sé. O sí.
Yo la acosaba pidiéndole el dinero allí donde la veía. Le acusaba de haberme engañado. De haberme cambiado por otro. Pero como dicen los catalanes la pela es la pela y yo quería ese dinero de mi tía. Y me lo tenía que devolver. Me lo tenía que pagar. De una forma u otra pero yo me lo iba a cobrar aunque estuviera toda mi vida reclamándoselo. Supongo que estaría harta de mí y una noche, la del 8 de octubre, me mandó a su nuevo compañero sentimental para aclarar la deuda. Pero yo la quería a ella y también quería mi dinero. Ya os dije al principio que era rarito. Aunque después de todo, uno ya no sabe dónde acaba la rareza y se raya la locura.
Es de madrugada y yo estoy durmiendo. El campanario de Simat marca los cuartos. También las horas. No concilio el sueño. Es 8 de octubre de hace casi 22 años. No paro de dar vueltas en la cama y pegarle al cojín de miraguano. Pongo la mano por debajo y noto el frío metal. Está allí. Como siempre. A mi lado. Me la compré porque todo el mundo quiere atacarme. Y yo me tengo que defender de todo el puto sistema. Y ella no dice nada. Es mi compañera fiel de por vida. La que nunca me ha fallado y la que, aun dejándola en casa, cuando vuelvo está ahí. Fría e impasible. Dispuesta a obedecerme. La acaricio e intento dormir abrazado a ella. Como todas las noches. Es por precaución. En esta España mediocre con casi cuatro décadas de democracia no cumplidas no hay que fiarse de nadie. Bendita pistola que ahoga mis miedos y temblores.
Abrazado yo a mi revólver antiguo solo la rotura de un cristal me sobresalta. Está todo oscuro. Mi casa y la calle. No se oye a nadie dentro ni fuera. Puedo sentir como están forzando la cerradura de mi casa. Oigo el click. Escucho sus pasos. No sé quién es. Me agarro fuertemente al revólver. Estoy asustado. Yo no he hecho daño nunca a nadie. Escucho cómo tropieza con el sofá. Está ya por el comedor. En nada entrará en mi habitación. De un puñetazo rompe la segunda puerta que separa el comedor de mi habitáculo. Quiero cerrar los ojos. Estoy tembloroso. Me harán daño. Sus pasos, noto sus pasos por mi casa. Noto que se me acelera la respiración, estoy nervioso y sudoroso. No viene a robar. Viene directamente a la habitación. Viene a por mí. No sé quién es pero así no se entra en mi casa. Y de repente se abalanza sobre mí a oscuras. Todo su peso, toda esa mole encima de mí. Me revuelvo, estoy de espaldas, forcejeo y yo abrazado al frío metal del revólver saco el brazo y empiezo a disparar por todos los lados de la oscura habitación. Lámpara, paredes, muebles, solo la deflagración del tambor del revólver era la única luz, la luz de mi esperanza para que acabara aquello que no sabía lo que era ni quién era. Al tercer disparo le doy. Lo he notado por la viscosidad que hay sobre la punta de la cama. Es sangre. O eso debe ser. Está todo a oscuras. Hay silencio. Se ha ido. Salgo arrastrándome por el suelo a oscuras. Me marcho de mi propia casa. Deambulo por las calles de Simat. No hay nadie. No se oye nada. Como si al mundo le importara un bledo lo que me acababa de ocurrir a mi, en mi propia casa. Era mi vida o él. No sé quién es. Me da igual. Solo pretendía librarme de esa presa, asustarle. Adiós. Aunque hubiera ido al cuartel de la Guardia Civil allí ya saben cómo soy y las veces que he estado por mis panfletos y mi forma de ser. Tampoco les puedo contar que he disparado a una sombra y no sé quién era o qué quería. Me volverían a tomar declaración y no me harían caso debido a mis rarezas. Seguro.
Y paseo. Deambulo mientras mi mente repasaba nerviosa la escena de lo ocurrido. Me dije a mi mismo que la había cagado. Que me había buscado la ruina. Mi cabeza no carbura. Me duele, oigo voces dentro, a favor y en contra. No sé qué hacer. Yo me he defendido siempre con la palabra y el lápiz. Nunca he hecho daño a nadie. ¿Quién soy?¿Qué me ocurre? Me volví loco. Mi mente me llevó hasta su castillo, el castillo donde habitaba mi amada. Ella se había encerrado en su castillo. Y yo tenía que salvarla. Y logré entrar por detrás. Y allí estaba mi amada, mi princesa. Cuántos recuerdos. La tengo enfrente. Me mira con horror y no sé por qué. Mi brazo se eleva. Al final de mi extremidad está mi vetusto revólver. Quedan todavía balas en el tambor.
Del silencio sepulcral de la escena sale una frase. ¿Qué vas a hacer, Jesús? Yo te quiero. Me duelen los oídos y me retumba la cabeza. Esas palabras jamás las había pronunciado mi amada. Nunca me habían dicho "te quiero". Nunca. Mi brazo baja lentamente. Voy a tirar el revólver al suelo. Pesa mucho mi conciencia. Y veo los brazos de mi amada que intenta quitarme mi otro amor, el amor del frío acero, el amor que nunca me había fallado y dormía siempre junto a mí. Era ella. Eran ellas. Mi amada y mi otro amor. Pero me has hecho tanto daño que… y se me hizo todo negro. Y la pistola, ella sola, comenzó a dispararse. Y mi amada cayó al suelo con su deuda de 3.000 euros, su prostitución, sus engaños… Allí está inmóvil. Sin su palabrería habitual. Y yo de pie.
Despunta el alba. Lo sé porque el silencio de las calles es sustituido por las primeras notas musicales de los pájaros. Habrá que salir de este castillo. Y salí. Volví a mi casa y puse el revólver todavía caliente en una caja. La envolví como un paquete y me fui a casa de mi primo. Le di el paquete y andando me fui al cuartel de la Guardia Civil. Ese edificio ruinoso que tantas veces había visitado por los pasquines y mi vida anti-sistema. Ahora había fallado el sistema. O había fallado yo. No lo sé. Buenos días agente, acabo de matar a La Potasa.
Y comenzaron a preguntarme y a escribir en esos folios con membrete de la Benemérita que todavía usaban calco para hacer tres copias. Una patrulla fue al castillo de mi amada y otros números de la Guardia Civil a mi casa. Así acabó mi madrugada de pasos oscuros dentro de mi casa. Me detuvieron. Fui a la cárcel y al cabo de unos años salí en un furgón de conducción de presos camino de la Audiencia Provincial de Valencia, aquel edificio antiguo junto al Parterre y la Porta de la Mar de Valencia. Querían explicaciones. Y yo las dí.
Llego repartiendo panfletos por todo el pasillo de la audiencia. Todos deben saber mi historia. El fiscal me pide 22 años de cárcel. Yo solo me defendí y muchos lo saben. Hoy sería un crimen de violencia de género. En aquella época, se les llamaba crímenes pasionales. Y eso es lo que me debió ocurrir a mí. La pasión me cegó. Y no pretendía que fuera mía o de nadie, sino que me engañó y mi cabeza dijo hasta aquí. Sé que lo hice mal y por eso he pagado todos estos años. De esos 22 que me pedía el fiscal por homicidio, cuando me escuchó, rebajó la pena. Yo me planté ante el tribunal y les conté la historia de mi amada.
El Tribunal de la Audiencia me regaña. Yo me planto y les digo: Mi amada es tan importante como las Niñas de Alcàsser, así que aquí estaremos todo el tiempo que haga falta. Por lo tanto... los hechos arrancan en 1979 pero comenzaré a narrar desde 1993 que fue la primera vez que pisé el cuartel de la Guardia Civil de Sueca…bla bla bla.
Y me preguntaban por qué no maté al chulo-rambo de Walther cuando entró en mi casa.Yo solo quería asustarlo. Le disparé en la oscuridad. Tres tiros. Supongo que le dí por la sangre que os comenté. Me dicen que le impacté dos en el tórax y uno en el brazo. Walther no ha venido al juicio. No se ha presentado. Pues vaya con el chulo-rambo, ahora ni aparece. Ahora sí sé que él no quería a mi amada. Yo sí la amaba. Él no. Él querría haber vivido a costa del dinero de mi amada, a costa del dinero que ganaba con su cuerpo, seguro. Fue él quien me hizo cambiar mi lápiz por mi pistola. Cuántas veces me he preguntado si le hubiese dado bien a Walther y se hubiese quedado allí, cómo hubiese cambiado mi historia y la de mi amada. Él allanó mi morada con alevosía, premeditación y nocturnidad. No creo que viniese a hablar conmigo. Tal vez hubiese salido yo mejor parado que ahora. Pero me cegó la pasión. Y la perdí a ella. El fiscal me pregunta porqué no maté a Walther. Yo le he contestado que sólo pretendía asustarle. Que ni sabía que era él sino alguien que en la oscuridad entra en mi casa. Como os decía al principio, no hago daño a nadie. Hasta ahora. Hasta que me lo hicieron a mí. Lo dejé marchar, incluso cuando su silueta estaba de espaldas en la puerta de mi habitación. Lo hubiera podido rematar por la espalda. Pero no. Yo no hago eso. Lo otro, es culpa de mi mente.
El fiscal se cabrea e intenta demostrar que, además de asesinar a mi amada me quiere colgar el muerto de homicidio frustrado al disparar al alemán. El orden de los factores sí altera el producto. Tras ver que yo no esperaba a nadie en mi casa y que actué en defensa propia los cargos variaban y de los 22 años que me pedían el Fiscal lo rebaja y pide 10 años por matar a mi amada; 4 años por herir a Walther; y 4 meses por tener un revólver sin licencia. Mi defensa pide 5 años por el asesinato; 1 año por lo del alemán y seis meses por la tenencia ilícita del arma.
Al final, me condenaron a cumplir un montón de años en un hospital psiquiátrico. Al fin entendieron que mi mente no funcionaba correctamente, y por eso hice lo que hice. No me justifico, pues perdí a mi amada y perdí mi vida. Ahora ya he recuperado la libertad después de cumplir años y años en ese hospital. No sin antes rebelarme contra el sistema. En la cárcel psiquiátrica una jueza penitenciaria quiso hacerme la puñeta. Y me la hizo. Ordenó que me requisaran mi libertad, esa que siempre me ha dado el lápiz y el papel. Yo en la prisión era feliz porque seguía escribiendo. Lo escribía todo. Como dicen ahora, todo, todo y todo. Y lo publicaba y lo repartía como hacía por Simat. Mis escritos llegaron a la jueza que, al leerlos, se indignó. Allí escribía mi "Diario de la Cárcel", donde explicaba lo podrido que seguía estando el sistema. Allí ponía nombres y apellidos a la corrupción carcelaria, quién consumía drogas, quién las vendía o las pasaba, dónde y cómo se pinchaban, las peleas, la salubridad, todo al descubierto por culpa de un lápiz y un papel. Mi vida. Y ordenó requisarme mi lápiz y mi papel. Como si no supiera que me obligaron a cambiar ese lápiz por una pistola. Yo quería seguir siendo libre en prisión con mi lápiz.
Y en una de las visitas del capellán de la cárcel le hice una petición bajo secreto de confesión: debía, al salir de la cárcel, echar al buzón de correos mi última carta. Y el capellán lo hizo. Y la carta llegó debidamente franqueada a su destinatario: el Ministerio de Justicia. Y se le abrió un expediente a la jueza penitenciaria. Y le ordenaron la devolución del material requisado: un lápiz y varias hojas en blanco. Volví a mi libertad, a escribir. Ahora sigo en otra libertad, la de la calle, y sigo escribiendo.
He matado a una persona, a una mujer. No me disculpo. Lo he hecho mal. También es cierto que estoy mal. Que mi mente está mal. Y muchos lo sabían. Nunca hice daño a nadie hasta que vino ese alemán quién sabe si a matarme a mí. La historia se torció y lo pagó mi amada a manos mías. Eso sí que mi mente no es capaz de borrar. Ni mi mente ni mi corazón. La echo de menos y le pido disculpas por lo que le hice. Mi lápiz ya no es el mismo. Yo tampoco. Ahora solo me queda esperar. Cuando me reúna con ella, volveremos a hablar. O eso espero. Le pediré perdón aunque ya no valga de nada. El pueblo de Simat y su ayuntamiento me dieron la licencia de armas. Yo no estaba bien. Y sigo sin estarlo.
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